Jaime Nava

Imagina que trabajas en un lugar donde pocas veces se te piden cuentas y, cuando lo hacen, invariablemente habrá subordinados dispuestos a silenciar a todos aquellos que se atrevan a intentar siquiera despeinarte a ti o a quienes te llevaron a ocupar el cargo que ostentas. Y, en el rarísimo caso de que un insolente te coja desprevenido y comience a realizar preguntas incómodas, sabes que puedes elegir entre minimizar los problemas que a diario ocurren dentro de tu lugar de trabajo o, con una técnica política impecable, acusar o pedir que acusen a quienes te incomodan de representar intereses oscuros.

Imagina que tus subordinados mienten porque te estiman o porque no desean perder su nombramiento y, entre todos, cuerpean para que el aluvión de cuestionamientos no provoque demasiados daños, a pesar de que éste amenaza con volverse tan grande como el presupuesto que cada año ejercen a placer y que, aseguras, nunca es suficiente. Por eso cada año aumentas el precio de los servicios que ofreces, porque “no alcanza”, porque “hay muchos gastos”, porque sí.

Imagina que descubres que entre los directivos, consejeros y tú pueden elegir libremente cuánto quieren recibir como sueldo y, como el presupuesto siempre alcanza para satisfacer intereses personales, deciden premiarse con cantidades que, en tu caso, supera los cien mil pesos. Pero, como eres el mero chipocludo de la institución también pides, a cuenta del presupuesto, que se les garanticen las siguientes prestaciones: 22.7794 por ciento del sueldo tabulado, 60 por ciento más como premio por antigüedad, aguinaldo de 40 días, prima vacacional de 24, vale de librería y/o papelería de mil 60 pesos y un bono a la excelencia académica de 775 pesos.

Imagina que un día estás sentado en el sillón de piel que hay en tu oficina y, como acabas de llegar de un desayuno, lees el reglamento de pensiones mientras se acerca la hora de compartir los alimentos con funcionarios estatales en algún restaurante de lujo. “¡Eureka!” piensas al tiempo que conviertes las ganas de pegar brincos de felicidad en una modesta sonrisa para no llamar la atención de las secretarias que tienes afuera entrenadas para negar tu presencia.

Imagina que reparas en que te quedan pocos años al frente del que consideras es tu “negocio”. De pronto, el sillón de piel se vuelve más cómodo. Como ya lo leíste, estás consciente de que tu jubilación depende, principalmente, del monto de tu último sueldo; pero, no lo haces público para que los envidiosos no estropeen los incrementos que te seguirás aprobando junto a los demás miembros de ese exclusivo círculo antes de que termines tu periodo.

Imagina que un aguafiestas le cuenta al pueblo que el lugar donde trabajas es el paraíso de los jubilados. Cancelas tu participación en los actos públicos del día para evitar a los medios de comunicación y convocas a una junta urgente para que tu legión de voceros contengan el zumbido colectivo que provoca esa ficción conocida como: opinión pública. “Todo es legal” dirán para tranquilizarte a ti y a tus antecesores quienes apuestan temerariamente por la interpretación jurídica. “La esclavitud era legal”, te dirá una voz interna, pero no le harás caso.

Imagina que ningún compañero de trabajo se atreve a cuestionar la manera como es repartido el dinero y el peligro pasa. Respiras hondo, estrechas la mano de los subordinados de confianza. Le agradeces al pasado por aquellos que defendieron la autonomía que hoy te permite asegurar un retiro generoso. Das gracias por no haber sido empleado en esos años cuando creían que la libertad derivada de la autonomía debía enfocarse nada más al desarrollo humano y social. Imagina que eres rector de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y a la autonomía, en lugar de de ejercerla, ya le pusiste precio.

Han pasado 284 días sin que se sepa el paradero de la pequeña Zoé Zuleica Torres Gómez.

¡Que la UASLP baje los costos de posgrados y licenciaturas! #EducaciónParaTodos

¡Ni un día más en el silencio, ni un día más sin Carmen Aristegui!

@JaimeNavaN

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