Pilar Torres Anguiano
Cuando nadie nos mira, nos comportamos de una manera muy diferente de como lo hacemos cuando nos sabemos observados. Esta verdad se repite cada vez que un profesor se ausenta del salón de clases, o cada vez que en la calle alguien utiliza como espejo una ventana de vidrios polarizados detrás de la cual hay personas riéndose de la escena. En algunas ocasiones es el anonimato y en otras, el ocultamiento, lo que condiciona o determina la forma de proceder. Para muestra, el anillo de Giges.
En la obra de Heródoto (482-425 a.C.) se encuentra el origen de este apasionante relato. Candaules, era el rey de Lidia, situada en el territorio que ahora ocupa Turquía. Era el último de la estirpe de Hércules y se enorgullecía por tener como esposa a la mujer más bella del mundo. Constantemente elogiaba la belleza de la reina frente a Giges, su más cercano ministro y colaborador. El rey, convencido de que los hombres desconfían más de sus oídos que de sus ojos, invita a Giges a admirar el cuerpo de su esposa en su dormitorio, sin que ella se diera cuenta. Así, detrás de una cortina, Giges obedece a Candaules y observa a la reina desnuda. Ella, percibe la presencia del ministro pero calla y cumple con su papel dentro de aquella escena. Luego, en busca de venganza, lo manda llamar para darle a elegir entre la propia muerte o matar al rey. Giges opta por lo segundo y, escondido por la reina, en el mismo lugar desde donde la espiara la noche anterior, asesina al rey, para más adelante tomar su puesto como monarca.
Platón retoma esta historia en el libro II de La República, añadiendo un elemento de fantasía: Giges porta un anillo que lo vuelve invisible; y es mediante este poder que logra matar a Candaules y seducir a Nyssia, la reina. El planteamiento platónico es claro: al ser invisible, Giges puede hacer lo que quiera. Theophile Gautier, escritor francés del romanticismo, añade en su versión un talismán que agudiza la percepción de Nyssia y le permite descubrir que estaba siendo observada.
Este relato admite una multiplicidad de interpretaciones que podrían resumirse en tres principales. La primera y más evidente, es la culpabilidad que recae sobre el rey por exponer a su esposa a ser vista sin su consentimiento; Candaules es un vanidoso que posee la mujer más bella del mundo y para demostrarlo debe recurrir a un tercero.
La segunda, la más común, se centra en la culpabilidad de Giges, que se aprovecha de la ventaja de ser invisible para cometer dos injusticias: adueñarse con la mirada, de la imagen de Nyssia desnuda, y asesinar al rey. Del relato platónico se concluye que un hombre justo es sólo aquel que aun poniéndose el anillo de Giges, obraría de manera correcta; es decir, quien no requiere que lo vean para comportarse como un hombre virtuoso. Aquí Platón pone el dedo en la llaga al señalar un cuestionamiento determinante: ¿quién lo haría realmente? ¿el cumplimiento de la ley depende de la mirada de los demás?
La tercera, sería una lectura más existencial. ¿Qué papel juega la mirada? El rey requería de la mirada de Giges para legitimar su condición de poseedor de la mujer más hermosa. En un principio, Giges no quería observar a la reina, como si supiera que después de aquello, no habría vuelta atrás; pero después se aprovecha de su invisibilidad. Por su parte, Nyssia, al saberse observada le da un giro inesperado a la historia. Así, la verdadera protagonista es la mirada. Esto es válido desde la antigüedad griega, hasta nuestros días. Es difícil ser indiferente a la mirada de una persona.
En cualquier semáforo en rojo, de cualquier ciudad, cuando se acerca una persona para intentar limpiar el parabrisas del coche, aparentemente oculto bajo el anonimato de las calles, la respuesta automática del conductor es emitir una enérgica señal de desaprobación. Es casi instantánea la reacción. El que intenta limpiar el parabrisas, también se oculta bajo su condición. Lo cierto es que, inconscientemente, tratamos de evitar que las miradas se encuentren, porque sabemos que una vez captada la mirada del otro, el mundo no vuelve a ser el mismo. Uno distingue la figura de alguien que intenta limpiar el parabrisas, y el otro distingue la de un conductor en el coche que lo va a rechazar. Pero una vez que se encuentran las miradas, termina el anonimato y se introduce la persona. Cuando la mirada le ha capturado, la persona se involucra y, en el mejor de los casos, no le quedará de otra que buscar entre las cosas algunas monedas. La mirada es una forma de percibir, de fijar la atención en alguna parte de la realidad que se muestra ante nuestros ojos. Miramos aquello que vamos a incorporar a nuestro mundo.
La mirada tiene una función estructurante para el desarrollo de una persona, de alguna manera, partir de ella, los seres humanos, desde muy pequeños, interiorizamos nuestra imagen corporal y con ella se va conformando la identidad. Hay una dialéctica entre mirar y ser mirado, una dinámica en la cual, la mirada estará siempre asociada a la búsqueda y al encuentro, porque si miramos es siempre para descubrir algo. Por otro lado, cuando miramos sin ser mirados, la dialéctica se rompe, el ciclo se atrofia. Probablemente por eso, nos comportamos diferente al saber que nadie nos ve. Habría que preguntarnos ¿qué es lo que queremos encontrar cuando miramos, y qué buscamos cuando queremos ser vistos?
En La insoportable levedad del ser, Milán Kundera escribe que sería posible dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir. La primera es la de quienes anhelan una cantidad infinita de miradas anónimas, como los actores que requieren al público, pero en cierto sentido, también como los jóvenes postmodernos en las redes sociales. La segunda, los que necesitan la mirada de muchos ojos conocidos y ocultan su soledad organizando fiestas y cocteles, como la Sra. Dalloway de Virginia Woolf. La tercera categoría corresponde a los que requieren la mirada de la persona amada. Finalmente, la cuarta, es la categoría de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes: los idealistas y soñadores.
Así, todos necesitamos que alguien nos mire, el que niegue esta condición, probablemente está siendo honesto consigo mismo. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, con el anillo o sin él, en la medida que aprendemos a ser libres, la primera aprobación que precisamos no será la de los demás, sino la de la propia conciencia, la verdadera mirada invisible.
@vasconceliana





