david pérez

Entrar a un museo de club de futbol es entrar a un relato que ya decidió por ti. Vitrinas impecables, camisetas como reliquias, fotos que no envejecen. La audioguía dice dónde mirar. Y, sin embargo, en esos pasillos pulcros hay una pregunta que casi nunca aparece: ¿cómo se narran a sí mismos los clubes en los procesos históricos que los atravesaron?

El documental El partido que no todos los clubes quieren jugar, dirigido por el académico brasileño de la Universidad de Clemson, Felipe Tobar, y producido por Football Studies y Meseta Films, plantea una incomodidad central sobre la fuerza cultural del futbol como acto político y su cara menos conocida: la edición interesada de la memoria.

Este documental me sirve de ocasión para escribir contra la museografía del blanqueamiento, la que pule emblemas, vende tours y souvenirs, y omite las zonas oscuras donde las instituciones y sus ídolos caminaron con el poder y el dinero.

FC Sankt Pauli, reinventado en los ochenta desde la escena punk y anarquista del barrio, bandera de luchas antirracistas y antifascistas, orgullo de Hamburgo… y, a la vez, con un pasado durante el periodo nazi es uno de los casos analizados en el documental.

Casi todos los grandes clubes europeos y latinoamericanos tienen “dos vitrinas” posibles. Una celebra; la otra contextualiza. La primera se agota en el merchandising; la segunda incomoda, educa y protege el futuro.

El ocultamiento de violencias es un ejercicio de la memoria que opera haciendo de la política un paisaje. Las decisiones de turismo y de city branding mandan: recorridos cortos, selfies perfectas, «historia para toda la familia». La fricción histórica estorba la foto.

En muchos museos de clubes deportivos se opta por la comercialización de la épica. El héroe vende; el contexto no. La cronología se ordena por trofeos, no por coyunturas. Las fechas de campeonato sustituyen las fechas de dictaduras, guerras, persecuciones, trabajos indignos. Hay una curaduría asimétrica porque lo que en el estadio se grita, en el museo ni se susurra. Lo que en la prensa a veces se juzga, en la tienda se exhibe sin preguntas.

Neutralidad performativa. «El futbol no es político», se suele decir; salvo cuando conviene y es «productivo» hacer acuerdos municipales, patrocinios, giras. La neutralidad es un producto: se empaqueta para no “espantar” al visitante.

«El museo no es un tribunal; venimos a disfrutar», se afirma. Disfrutar no es desmemoriar. Los museos de ciencia incluyen fracasos, los de historia muestran horrores. ¿Por qué el futbol debe ser una excepción?

«Mirar al pasado divide; el club debe unir», se argumenta. La unidad vacía es propaganda. Lo que une con dignidad es nombrar para no repetir.

«Eso es política», se dice como reproche. Exacto, hacer memoria de las violencias es política democrática. El turismo también lo es. Fingir que vender entradas es neutro y contar violencias es sectario invierte el sentido común.

El recorrido turístico por las instalaciones del club Sankt Pauli demuestra que una identidad crítica puede ser motor, no lastre. La escena punk y anarquista que lo reconfiguró en los ochenta no borró el pasado, lo interpeló. Ese gesto —decir «hoy queremos ser esto, y en el pasado también fuimos aquello que hoy no queremos»— es exactamente lo que una democracia necesita de sus instituciones culturales. La épica sin memoria es branding.

Una frase para pegar en cada museo de club: «El museo no es un altar: es un expediente abierto». Si una vitrina no para el examen de esa frase, no es museo: es tienda.

El futbol en el siglo XX no solo movió economías; moldeó imaginarios. Si los clubes cuentan su historia como catálogo de glorias y souvenirs, es solo una vitrina sin pasado. Si, en cambio, incluyen sus hitos históricos relacionados con el abuso de poder o la violencia, por ejemplo, la lección es otra.

La memoria no resta brillo, evita la sombra. Vivir apasionadamente un vínculo con tu club deportivo incluye exigirle que no mienta.

IG: @davidperezglobal

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