Luis Ricardo Guerrero Romero
“La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (Mt: 6:22). La anterior cita rotulada en el pasillo de aquel negocio de luces neones, rojas y verdes sólo me podía remitir a una clase de blasfemia inteligente. Puesto que, tanto los otros tipos, como yo, evidentemente acudíamos a recrearnos las pupilas con el afán de buscar algo diferente de lo que comúnmente se ve en las calles. Sin dudas, había quienes no prestaban atención a ese rótulo que se hallaba por encima del marco de la puerta que da acceso al bar. Pero, por otra parte, quizá y el encargado de ese negocio intentaba ser retórico con tal cita bíblica, incentivaba a los clientes a llenarse de luz. Además del dato curioso al saber que la estrella de ese lugar se apodaba Luz. Había quienes la relacionaban con Luzbel, la asociaron con la luz que desprende al bailar, y algunos tantos como yo, quienes opinábamos: “todo tu cuerpo estará lleno de luz”.
Era ella una Lámpara letal, y no sé, si aquel evangelista se refería a algo que está más allá. Mi profesión como biblista me hace recordar las cerca de 50 entradas que hay en las sagradas escrituras con referencia a la lámpara. Por mi mente luego de esa apasionante noche recorría la idea: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. ¿Cuál ojo?, será un asunto antiquísimo y masónico, será un tema espiritual y elevado, será sólo el uso imprescindible de las lámparas en aquel entonces.
“Contra la noche sin cuerpo se desgarra y se abraza la pena sola/ Negro pensar y encendida semilla. Pena de fuego amargo y agua dulce la pena en guerra/ Claridad de latidos secretos planta de talle transparente vela la pena” (fragmento: Lámpara, Octavio Paz). Dicta así la pluma del poeta, dicta de otro modo el cheque que emití al pagarle a Luz sus servicios placientes, servicios que me hacen desvelarme y luego dormir con la lámpara encendida en mi dormitorio eclesial.
Es la voz helénica Lampo (λαμπω), la cual ahora nos tiene aquí divagando sobre esa frase que el clérigo devoto observador y analítico leyó aquella noche en ese sitio de luces simpáticas. Debido a que, tal palabra se traduce como: brillar. Lo cual es fácil de concatenar, lámpara es luz, lámpara es brillo. Probable es que estas palabras sean una suerte de falsos cognados, pero igual es probable que no sea así, puesto que en las lecturas que asiduamente frecuentaba el presbítero biblista, la voz lampo, es traducida como lámpara. Aquella herramienta vital para ese contexto histórico.
Con algo de dudas podemos intentar construir lo básico que significó una lámpara para aquellos pobladores, pero con razón se dice que el ojo es la lámpara del ser humano. El mismo sol, ese astro mayor, ha sido interpretado como un gran ojo, que cierra su unipárpado al movimiento crepuscular.
Lámpara letal serán nuestros ojos, si de ellos no sale verdadera luz.




