Maricarmen Fernández
Desde el 16 de junio pasado, al anunciar su entrada a la contienda electoral, Trump ha sido contundente, parece tener tanto miedo, que propone la construcción de un muro fronterizo, pagado por México.
Resulta innecesario hacer una apología del talento mexicano que reside en los Estados Unidos, son evidentes los aportes que los extranjeros, no solamente latinos, han realizado a la espléndida multiculturalidad que habita y sostiene, no de forma figurada, en más de un sentido al país. Sin embargo, el racismo es una realidad innegable.
¿Será Donald Trump el próximo presidente de los Estados Unidos? Personalmente, confío en que no será así, no porque no desee que los Estados Unidos sean “nuevamente grandiosos”, o tengan “el mejor presidente centrado en generar empleos que Dios haya creado” (Trump, 2015).
Podría sorprender que ciudadanos tolerantes con la multiculturalidad, ya sea por convivencia interracial, o por tener antecedentes claramente extranjeros, se manifiesten seguidores de Trump. ¿Cómo explicar la fuerza que ha tomado su campaña electoral?
Lo menos trascendente es él como tal, lo resaltable, es que exista alguien que reúna estas características y cuente con seguidores que han llegado a colocarlo como el favorito republicano en varios estados de la Unión.
Resulta anacrónico escuchar a un candidato presidencial, hablar de levantar muros, cancelar visas para mexicanos e incluso, evitar la posibilidad de que una persona sin demostrar su residencia legal en los Estados Unidos, pueda enviar dinero al extranjero, como Trump planea hacerlo, de resultar elegido, como acaba de externar el 5 de abril (Trump, campaña presidencial, 2016), sin embargo es así.
Este proceso electoral ha generado interés por doquier, tal es el caso de la investigación realizada por Mathew MacWilliams, de la Universidad de Massachusetts, que explora el auge del autoritarismo americano (Taub, 2015) y descubre que el autoritarismo, como perfil sicológico, se manifiesta en una persona a través de síntomas concretos, tales como un desmedido deseo de orden, y temor a todo aquel que no pertenece a su grupo social (Taub, 2015). El autoritario es una persona temerosa, que busca un líder implacable, quien pueda garantizarle protección ante los cambios.
MacWilliams planteó la relación entre autoritarismo y voto, evaluando la preferencia con la que contaría Trump entre aquellos individuos que obtenían un marcaje elevado en autoritarismo, comprobando que tarde o temprano, surgiría naturalmente un candidato presidencial que atendiera las necesidades de un importante grupo poblacional que demanda el regreso a la América que conocieron y no les implique aprendizaje de inteligencia cultural, ni adaptación a nuevas dinámicas sociales.
En 1987, Trump se expresaba con el mismo furor en contra de los políticos de su país y de algunas naciones, como expresa el Dr. Rubén Aguilar (Trump y el Aparato Republicano, 2016), Trump no ha cambiado de tono el discurso, se limitó a cambiar de objetivos a agredir y, lo que en aquel entonces podría parecer el locuaz comportamiento de un millonario excéntrico, hoy preocupa incluso al partido por el cual se postula a la Presidencia.
Lo importante no es que Trump se considere el hombre más valioso del mundo, lo grave es que el próximo noviembre, podría celebrar el Día de Acción de Gracias, siéndolo; como Presidente electo de los Estados Unidos.
Andrés Ruiz, diplomático del ITAM, plantea siete razones que explican el ascenso de Trump (Ruiz, 2016) entre las cuales se incluyen las divisiones raciales, la presión de la crisis global sobre la clase trabajadora, el voto en contra de las políticas de Obama, el auge del autoritarismo y el deseo de tener un candidato que blinde al país de extranjeros y cambios al status quo, así como contar con una personalidad radical retadora y autoritaria. Todo esto aderezado con una acertada estrategia de comunicación.
Trump es una estrella mediática, maestro en el manejo de medios de comunicación. Normalmente, como él mismo afirma, logra lo que se propone. Estamos frente a un personaje, tan polémico como artificial, un producto fabricado en los Estados Unidos, con una materia prima peligrosa: el miedo al cambio y al que impulsa a mejorar para competir.
La mayor lección que dejará Trump, de no ser elegido, será la reflexión de los cambios urgentes a realizar en la formación de la inteligencia cultural de los individuos quienes, con mayores herramientas en esta área, serán capaces de convivir, aceptando sin temer las diferencias, centrándose en lo que enriquece una sociedad diversa y no en lo que amenaza la comodidad del ser involucionado.
De acceder a la Presidencia de los Estados Unidos de América, sólo el tiempo dirá las lecciones que la comunidad internacional recibirá al haber optado por un gobierno autoritario. La historia, cuando no se aprende de ella, tiende a repetirse.
*Coach Ejecutivo Transcultural
maricarmenfg@gmail.com





