José Cueli

Don Miguel de Cervantes Saavedra conoció bien el drama de los cautivos, como quien lo vivió personalmente. ¿Acaso no fue preso por naves argelinas, frente a las costas de Francia, en 1575, viviendo cautivo durante cinco años?

Él, uno de los vencedores de Lepanto, soldado heroico que tan orgullosamente recordaba la gran gesta cristiana contra el turco, se ve de repente sujeto a cautiverio y ha de hacer frente, animoso, a la adversidad. Las largas jornadas del cautivo se gastan en duros trabajos y en constantes proyectos de fuga.

Se vivía con la esperanza de que el poderío español acabase de una vez por todas con aquel nido de piratas que era Argel; empresa la más popular que hubiera sido en España, y que inexplicablemente ni Carlos ni Felipe supieron realizar.

Fue como si el desastre de 1541 ejerciera tal influencia y pusiera tanto temor en el ánimo de los gobernantes españoles del 500, que jamás volvieron a plantear.

Por Cervantes sabemos las ilusiones fallidas de los cautivos de Argel, que día tras día esperaban vanamente ver aparecer las velas de España y con ellas la liberación.

En carta al secretario de Felipe II, Mateo Vázquez, Cervantes insta al gobierno de la monarquía a esa jornada, más en consonancia con las necesidades y los males del país que ninguna otra. ¿No sería posible vivir horas similares a las que había conseguido Carlos V al conquistar Túnez? Desde la alcazaba de aquella capital, escribe Carlos V a sus representantes en Italia, narrándoles la victoria obtenida, y resaltando los cautivos liberados:

“Los cristianos cautivos que aquí se han hallado, son 18 o 20 mil hombres, que no es lo que en menos se debe tener de esta empresa, por la libertad que han conseguido y por ser los instrumentos con que Barbarroja hacía la guerra, así por haber entre ellos muchos oficiales como porque era la más de la gente de remo…”

De ahí que Cervantes apelase al ánimo de Felipe II, para que rematase la obra de su padre:

“… haz, oh, buen rey, que sea por ti acabado / lo que con tanta audacia y valor tanto / fue por tu amado padre comenzado.”

El cautiverio venía a constituir como un drama, con sus tres partes claramente diferenciadas; un drama que vivían día tras día muchos españoles: primer acto, el súbito apresamiento, con todo el estupor que producía –un estupor lacerante– verse pasar de la noche a la mañana de libre en cautivo; segundo acto, el largo episodio del cautiverio, con la incierta suerte, con jornadas esperanzadas por el rescate próximo o por la fuga tanteada, y otras llenas de desesperación, y el tercer acto, que tenía dos variantes radicalmente distintas: la una, gozosa, con la ansiada liberación (por fuga o por rescate), o la muerte, en el suplicio o por propia desesperanza y abatimiento, sin contar con que las condiciones del cautiverio eran muy contrarias a la salud.

… al fin fue rescatado Cervantes, el año de 1580, y se restituyó a su patria, donde pasó en oscuridad y progresan los 36 años que le quedaban de vida.

¡Mengua de aquel siglo! Cuando se considera al inmortal Cervantes reducido a la condición de un miserable y angustiado pretendiente, empleado subalterno de los proveedores de la armada en Sevilla, agente de negocios particulares en la corte, encarcelado como un esbirro maléfico en La Mancha o como un asesino en Valladolid, y viviendo en sus últimos años de la generosidad del conde de Lemos y de la caridad del arzobispo de Toledo, y al mismo tiempo se recuerdan los sucesos de su cautiverio y los recelos que dieron al gobierno de Argel su valor, constancia y arrojo, no se puede menos de exclamar:

¡Los moros dieron consideración e importancia a Cervantes, y sus compatriotas lo despreciaron!

La historia que se repite hoy día.

Reloj Actual - Hora Centro de México