Daniela Creamer
¿Quién cuida a quienes se pasan la vida cuidando de los demás? Mike Leigh lleva esta pregunta al Festival de San Sebastián con Tender Loving Care (Cuidados intensivos), película que compite por la Concha de Oro. Es una historia sobre la solidaridad, el desgaste emocional y la necesidad de sentirse acompañado cuando las fuerzas empiezan a fallar. El veterano cineasta británico, que participó en la presentación por Internet, asumió que, debido a su edad y a sus problemas de salud, “es más que probable que esta tenga que ser mi última película”.
La película sigue a Amy (Kate O’Flynn), una trabajadora de protección infantil que, después de una ruptura sentimental, regresa a casa de su mejor amiga, Rosie (Alice Bailey Johnson), también dedicada al trabajo social. Las dos intentan sostener a personas que atraviesan situaciones difíciles mientras lidian con sus propios problemas, frustraciones y heridas. Su labor les exige escuchar, comprender y tomar decisiones que afectan otras vidas, aunque ellas mismas no siempre encuentren un espacio en el cual sentirse escuchadas.
A su alrededor, los padres de Amy afrontan las dificultades de hacerse mayores. El paso del tiempo, la pérdida progresiva de autonomía y el miedo a convertirse en una carga forman parte de una historia que observa la vejez sin sentimentalismos.
El director participó de forma virtual en una rueda de prensa y defendió la necesidad de seguir hablando de humanidad en una época marcada por la incertidumbre. “No hemos dejado de ser humanos”, recordó. Para el cineasta, la compasión no es únicamente un gesto de bondad, sino una forma de mirar y comprender a los demás.
Eso tiene pleno sentido en una película que no esquiva las contradicciones ni las zonas más incómodas de sus personajes.
“Es una visión dura de la realidad que tiene que ver con la compasión y es tan importante en estos tiempos como en cualquier otro momento”, explicó Leigh.
Cuidados intensivos plantea qué sucede cuando la responsabilidad de atender a las personas más vulnerables recae sobre profesionales y familias que apenas cuentan con recursos suficientes. El cuidado aparece como un trabajo imprescindible, aunque con frecuencia invisible, mal reconocido y emocionalmente agotador.
Jesson insistió en que esa responsabilidad no corresponde solamente a quienes trabajan dentro del sistema. “Es importante no cerrar los ojos y decir que todo está bien sólo porque no nos está pasando a nosotros”, señaló.
¿Queda espacio para la esperanza? Leigh evita las respuestas fáciles y tampoco pretende ofrecer un consuelo artificial. “Todos queremos ver la luz al final del túnel. No es una cuestión de blanco o negro, pero sí hay que preocuparse por el futuro”, afirmó.
“Tengo un nieto de dos años que, si todo va bien, llegará al siglo XXII. Yo quiero que crezca en un buen mundo y que tenga una buena vida”, agregó. Con el humor, la sensibilidad y la intimidad que caracterizan su cine, el director vuelve a fijarse en personas comunes que hacen lo que pueden para salir adelante. No hay grandes héroes ni soluciones milagrosas, sino pequeños gestos.







