Ángel Vargas
El versátil e inclasificable artista estadunidense Mike Patton cimbró el Palacio de Bellas Artes la noche del jueves con un espectáculo musical fuera de los cánones clásicos, y borró las fronteras entre la canción pop italiana de los años 50 y 60, el rock e incluso, por momentos, el metal, para concluir de forma apoteósica con un homenaje a la música vernácula mexicana.
Su concierto, perteneciente al proyecto Mondo Cane (Mundo perro), fue un subibaja emocional que confirmó por qué es considerado uno de los artistas más prodigiosos y excéntricos de la música contemporánea: cantante, compositor, letrista, multiinstrumentista, actor y productor.
La velada tuvo un retraso de 10 minutos “por el clima” lluvioso de la noche, según el sonido local, que también advirtió que en el espectáculo se usarían sirenas, detonaciones y megáfonos. “Lo dicen para que no pensemos que estamos en Sinaloa”, comentó un espectador en son de broma.
Entre alaridos y aplausos rabiosos de los cientos de fans que colmaron el recinto, Patton emergió de la oscuridad del escenario cuando se elevó el hermoso telón de cristal Tiffany, acompañado por más de una treintena de músicos: unos 20 violinistas, una flautista, un contrabajista, un tecladista, un guitarrista, un baterista, un percusionista, un pianista y hasta un director de orquesta, todos vestidos de negro, lo mismo que el intérprete.
El repertorio recorrió el pop clásico italiano de mediados del siglo pasado con temas como Il cielo in una stanza, Urlo negro, Ore d’amore, 20 kilometri al giorno, Doce doce, Deep down, Balada triste de trompeta, Scalinatella, Solo per te, Storia d’amore, Lontano lontano, Una sigaretta, Dio come ti amo y Senza fine.
Pero más que una apelación a la nostalgia, lo que hizo el señor Piesgrandes –oséase Mister Patton en traducción fonética al español– fue transformar todos esos temas debidos a Domenico Modugno, Ennio Morricone, Roberto Murolo, Gino Paoli, Luigi Tenco y Nicola Arigliano, entre otros autores, en frescas y novedosas estructuras sonoras, merced a la prodigiosa arquitectura de su voz.
Así, el intérprete nacido en Eureka, California, en 1968, alternó el susurro, el grito, el blues, la balada roquera y la potencia metalera con momentos etéreos, sutiles y de profunda introspección, haciendo gala de su amplio registro vocal.
Fue un concierto de casi dos horas que transitó de forma intermitente y sin recato del humor y la exaltación al tono romántico, como ocurrió cuando el cantante se puso de pie del banco que ocupaba en medio del escenario para detonar una pistola hacia el aire y arrancar las alegres notas de Urlo negro, y luego accionar una sirena manual mientras soltaba un grito frenético.
Un gran y ameno desmadre sonoro que de pronto se tornó en un ruido armonioso. “¡Che notte, ragazzi. Che bella notte!”, exclamó el cantante en italiano entre las palmas y desgañitados alaridos de “¡bravo!” Gritos que se repitieron de forma constante y en los que a veces se mezclaban también peticiones de algún tema en específico e incluso algunas declaraciones: “¡Te amo, Patton!”.
La velada continuó su transcurso en esa tesitura, con canciones animosas y luego alguna balada de tipo romántico, como Scalinatella, acaso la pieza más íntima de la noche, en la que Míster Piesgrandes fue acompañado sólo por una guitarra acústica, o la suspirable Lontano lontano.
Después de los 20 temas del programa regular y cuando el concierto parecía haber llegado a su fin, el cantante estadunidense accedió a la multitudinaria y escandalosa petición de más música. Fue allí, en los encores, cuando la noche dio un giro abrupto e inesperado hacia la música ranchera.
Patton obsequió una honda versión en español de La Llorona que se convirtió en un inocultable homenaje a Chavela Vargas, al interpretarla de la misma manera doliente y rasposa como hacía la cantante de origen costarricense. Vino luego otro cambio, cuando interpretó en inglés Retrovértigo, de Mr Bungle, causando el júbilo de la concurrencia al aparecer inesperadamente un mariachi para acompañarlo.
Ya entrado en calor, se siguió con una bella versión, también con mariachi y en español, de Luz de Luna, de Álvaro Carrillo, y luego con Hasta que te conocí, de Juan Gabriel, tema cantado a imagen y semejanza del Divo de Juárez, lo que provocó el delirio. El palacio de mármol enloqueció como ocurrió por primera vez en ese lejano mayo de 1990: gritos, saltos, aullidos, contoneos y el baile desinhibido de un público exultante.
“Para nosotros es la primera vez aquí; es un sueño absoluto. Muchísimas gracias”, dijo el artista estadunidense, quien reconoció: “Estoy por llorar”. Así concluyó el espectáculo y comenzó una larga noche que, para muchos, será sin duda más que memorable.
Con este mismo programa, Mike Patton inaugurará hoy la 54 versión del Festival Internacional Cervantino, en la Alhóndiga de Granaditas, en la capital guanajuatense.







