
Federico Anaya Gallardo
Decíamos en este espacio —al final de enero próximo pasado— que ante los abusos del servicio de Control de Inmigración y Aduanas o Immigration and Customs Enforcement (ICE), no sólo se había levantado el pueblo, llenando calles y plazas en Mineápolis y centenares de ciudades. También se habían manifestado autoridades. En Filadelfia, Pensilvania, el fiscal (Larry Krasner) y la jefa de policía (Rochelle Bilal) advirtieron a los federales trumpianos que realizar operativos enmascarados en la ciudad de la fraternidad era un delito. Y que ellos perseguirían a los agentes migratorios si continuaban abusando.
El gobernador de Minnesota, Tim Walz, desplegó a la Guardia Nacional de su estado para separar a la tropa del ICE de los manifestantes. Pero no para proteger a los federales, sino para actuar como escudo humano ante los abusos de los migratorios. A los manifestantes, los guardias nacionales minesotanos les ofrecieron rosquillas para recordarles que estaban allí para protegerles.
Muchos de nosotros vimos imágenes en que la autoridad estadual y municipal en Minnesota arrestaba a manifestantes cuando estos cometían faltas administrativas —como interrumpir el libre tránsito o bloquear la entrada de un espacio público— pero la detención se hacía siguiendo los protocolos policiales y respetando derechos humanos. Esto subrayaba el contraste entre la brutalidad del ICE y la acción de las policías profesionales —de las que hablaba la sherifa Bilal en Filadelfia.
Acá en México, un buen amigo me preguntaba asombrado cómo es posible que ante los desmanes sangrientos del ICE las y los ciudadanos de Minnesota no hayan estallado violentamente. A bote pronto, yo aporté dos elementos. Uno antiguo y otro recientísimo. Se los expongo ahora, queridas lectoras y lectores.
Hoy será lo antiguo.
La impresionante resiliencia pacifista que estamos viendo en Minnesota es resultado de una muy larga tradición política y ética en aquella región de EU que un día se llamó “El Noroeste” (The Northwestern Territory). Los actuales estados de Minnesota, Wisconsin, Michigan, Illinois, Indiana y Ohio fueron colonizados en la primera mitad del siglo XIX —mucho antes de que EU se volviese una potencia imperial. De hecho, en aquella primera Frontier los estadunidenses no enfrentaron solamente a los pueblos originarios, sino a su potencia colonial (Gran Bretaña) que buscaba contenerlos y tal vez reconquistarlos.
En esa situación extraña, aunque el principal efecto del avance de la Frontier fue la cruenta guerra contra las Naciones Algonquinas, los colonos estadunidenses admiraban sinceramente a sus oponentes indios. Ponían mucha atención a lo que esos pueblos tenían qué decir. La prensa de Columbus y Cincinnati (en El Ohio), publicaba artículos y libros dando a conocer las ideas y posiciones de las Naciones Indias. Yo he encontrado varios de esos textos en revistas como The Western Monthly Magazine (Cincinnati, Ohio, 1833-1834) y The Hesperian (Columbus, Ohio, 1838) en los que se reportaba con franqueza y verdad el enfrentamiento entre colonos estadunidenses y pueblos originarios.
En 1841, E. Morgan & Company publicó en Cincinnati un libro de Benjamin Drake titulado Life of Tecumseh and of His Brother The Prophet With a Historical Sketch of the Shawanoe Indians. (La edición de 1850 la puedes consultar y descargar en la Liga 1.) Drake documentó cómo Tekumesh (Pantera Celestial) y su hermano menor Laulewasikaw (Voz Fuerte), al que luego se llamó Tenskwatawa o Puerta Abierta o El Profeta llamaron a la unidad de todos los pueblos originarios —la gente roja— para enfrentar y detener a la gente blanca que venía bajando de la cordillera de los Apalaches.
El gobierno federal estadunidense había aplicado una política ideada por los colonizadores españoles en el Septentrión mexicano: un sistema de subsidios en especie para cada uno de los pueblos originarios (“las tribus”). El Fisco español propiciaba el asentamiento definitivo de los nómadas, para lo cual se establecían asentamientos permanentes con indios aliados. En EU los pagos se llamaban annuities y la ministración era ocasión de una reunión anual de cada pueblo; pero —contrario a México— nunca se propició la constitución de municipalidades indias. Estas habrían constituido un “middle-ground” que habría propiciado un mestizaje que la mayoría de los colonos angloamericanos despreciaban. Así las cosas, las annuities sólo entretenían-contenían a los indios en tanto que el área fronteriza se saturaba de colonos blancos. Terminada la saturación, se procedía a una nueva expulsión de los Pueblos Originarios hacia el Oeste.
Para muchos de los colonos blancos que lo vivieron este mecanismo era evidente y objetivamente injusto. Por eso Drake admiraba la solución propuesta por Tekumesh y Tenskwatawa: unir a todas las naciones algonquinas y negociar colectivamente con EU. Drake y otros señalaron la unidad lingüística entre los muchos pueblos con los que el nuevo país había celebrado tratados. Buen hijo de la Ilustración, Drake indicó a sus lectores que eso lo había estudiado Du Ponceau, un lingüista franco-americano que inmigró como secretario de uno de los líderes-héroes de la Revolución de Independencia, el barón von Stauben.
(Por cierto, que, en 1786, en medio de la Rebelión de Shays, Stauben denunció al gobierno de Massachusetts por ser una oligarquía. Es probable que ese alemán convertido en patriota revolucionario en EU haya sido uno de los gay forerunners de EU contemporáneos. Lo cierto es que su amigo lingüista, Du Ponceau, se dedicó desde 1791 a estudiar las lenguas aborígenes.)
En 1854, el mismo Benjamin Drake que te cuento —querida lectora— publicó en Cincinnati otra biografía heroica: Great Indian Chief of the West or Life and Adventures of Black Hawk en el que afirmaba con claridad que “la Guerra con Black Hawk [1832] fue el resultado de injustificadas agresiones de los estadunidenses contra los Indios”. (El libro completo está disponible en el Proyecto Gutenberg, Liga 2.)
Por supuesto, esas publicaciones que hoy llamaríamos progresistas eran atacadas rabiosamente por otros periodistas que predicaban lo que hoy conocemos como “Destino Manifiesto” y “Supremacismo Blanco”. Lo impresionante es que aquella sociedad leía atentamente ambos lados del debate. La discusión literaria continuaba en acciones concretas: muchos entre quienes habían opinado a favor de las Naciones Indias se involucraron en las agencias federales que administraron los derechos de los indígenas luego de la derrota de los jefes de guerra nativos.
En el nivel más superficial, las bellas artes estadunidenses preservaron y canonizaron civilmente a héroes indígenas como el shawnee Tekumesh y el sauk Black Hawk. El nombre de este último, en lengua Sauk, es Makata Imeshekiakiak, el “Negro-gavilán”. Esta vieja apertura para Escuchar al Otro nos explica cosas extrañas como que el edificio de juzgados de la ciudad de Lafayette en el condado de Tippecanoe, Indiana —construido entre 1881 y 1884— incluya una estatua del shawnee en un frontón junto a Lafayette y Washington.
La nomenclatura original de la ciudad de Davenport, Iowa —en la región Quad City (Iowa-Illinois)— rememoraba a los pueblos originarios que habitaron la región… ¿La razón? Porque las tierras en las que se construyó Davenport fueron donadas por uno de los traductores de Sauk que ayudaron a Makata Imeshekiakiak a publicar su autobiografía en 1832 (Liga 3). Y ese hombre representa bien la raíz multicultural de ese antiguo Noroeste yanqui: se llamaba Antoine LeClaire (1797-1861), era mestizo franco-potawami y se casó con una mujer sauk. Su padre llegó a este continente con los voluntarios de Lafayette y se fue a la Frontier a construir el nuevo mundo entre “los salvajes”.
Sin embargo, la simpatía que generaron entre parte de la población blanca las sagas de los algonquinos era —y sigue siendo— profunda. Las crónicas y testimonios que he mencionado son la fuente original de la moderna narrativa estadunidense que defiende los derechos de los pueblos originarios —que incluye la consigna de No one is illegal on stolen land que vimos levantarse y repetirse en la Minnesota de nuestros días.
Y, para muestra de lo anterior —querido lector— mencionaré aquí cómo se movilizaron en el sur de la ciudad de Mineápolis los Pueblos Originarios, defendiendo no sólo a sus integrantes que fueron víctimas del racial profiling del ICE, sino a todas y todos los migrantes de esa ciudad minesotana. (Liga 4 y Liga 5.) Sobre esto, y sobre otras corrientes modernas de la resistencia contra la tiranía trumpista, les contaré la semana que viene.
¡Salud y República!
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://archive.org/details/lifetecumsehand05drakgoog/page/n7/mode/2up
Liga 2:
https://www.gutenberg.org/cache/epub/18290/pg18290.txt
Liga 3:
https://dn721801.ca.archive.org/0/items/autobiomaka00blacrich/autobiomaka00blacrich.pdf
Liga 4:
https://www.cbsnews.com/minnesota/news/minneapolis-native-americans-ice/?utm_source=chatgpt.com
Liga 5:
https://www.facebook.com/rachelgaylethunder




