Ricardo Bravo

Organismos que han concluido o calificado las acciones de Israel en la Franja de Gaza como un genocidio:

  • Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU
  • Relatoría de la ONU
  • Corte Internacional de Justicia
  • Liga Árabe
  • Asociación Internacional de Académicos del Genocidio
  • Amnistía Internacional
  • Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio

Pese al cerco mediático y al de la más grande corporación de cine del país, la semana pasada tuve la oportunidad de ver el documental NAZA. Y aunque en las redes sociales ha tenido mucha resonancia, no me fío de los algoritmos de cada uno de nosotros, así que les cuento más o menos de qué va el revuelo (quizás limitado a ciertos sectores del espectro ideológico). El documental presenta entrevistas a 24 exmilitares y trabajadores de agencias de inteligencia israelíes que relatan sus experiencias sobre los ataques de ese país contra la Franja de Gaza tras el 7 de octubre.

El nombre NAZA es un acrónimo, que más bien eufemismo, de Nezek Agavi o “daño colateral” en español. Curioso, eufemismo que también conocemos bien en México (sí, hasta acá traigo nuestra obsesión con Calderón). Lo primero que destaca de las múltiples entrevistas es la avanzada tecnología, la inteligencia artificial en su faceta más siniestra, utilizada por el gobierno y las fuerzas armadas israelíes. De la manera en que los entrevistados lo describen, aun cuando solo hacen dibujos improvisados en una hoja de papel, la tecnología permite al atacante ubicar al atacado como si estuviéramos hablando del videojuego The Sims. La inteligencia israelí utiliza estas herramientas para ubicar a terroristas y miembros de Hamás, con una efectividad, según dicen, del 85%. Sí, el 15% de las personas que serán designadas como “blancos” y bombardeadas son inocentes. La inteligencia artificial no es infalible.

A esa persona que se bombardeó “sin querer” se le denomina NAZA 1; un daño colateral. Pero aun cuando la tecnología haya seleccionado a la persona que “debió” seleccionar (terrible utilizar esa palabra con carga moral en estos casos), el ejército israelí bombardea por la noche para aumentar su efectividad. Es la hora en la que los “objetivos” están en casa. Los exagentes de inteligencia relatan cómo se interfieren los celulares de las esposas y de las hijas e hijos de los “objetivos”, en busca de una señal que les permita tener certeza de que el “blanco” está donde se espera, por ejemplo: “papá está en casa”. Un ataque como ese es NAZA 2, 3 o 4, según el tamaño de la familia. Los entrevistados hablan de misiones en las que los NAZA se contabilizan por decenas y centenas; uno de ellos habla de misiones NAZA 500; 500 personas que pasaban por ahí o que vivían cerca. Y sí, el NAZA no distingue entre hombres, mujeres, niñas ni niños palestinos. Una vida es única y simplemente, exclusivamente, NAZA 1.

No fui el único que, al salir de la sala, relacionó la experiencia audiovisual con el libro “Eichmann en Jerusalén” de la teórica política Hannah Arendt. Arendt asistió al juicio de Adolf Eichmann, alto mando nazi y uno de los ideólogos del exterminio judío, en 1961. En su libro, retrató una imagen muy diferente de la que todo el mundo se hacía de los perpetradores del Holocausto. A los ojos de Arendt, Eichmann no era un fanático nazi ni un antisemita rampante. Era más bien un hombre ordinario, una persona normal. El sistema instaurado por el régimen nazi permitió que este tipo de personas, que Arendt llamaba “hombres de familia”, sacrificaran creencias, honor y dignidad humana con tal de cumplir su labor en la estructura. Entre otras cosas, este sistema pudo permitir este autoengaño masivo, gracias a términos eufemísticos como “muerte piadosa” para el asesinato o “espacio vital” para la necesidad de expansionismo. Y sí, también como NAZA.

Fue precisamente después de la Segunda Guerra Mundial que la Asamblea General de las Naciones Unidas tipificó y reconoció el delito de genocidio. El genocidio es  definido por la ONU como la “a )matanza de miembros de un grupo; b) lesión grave a la integridad física o mental; c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo, cualquiera de ellos, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”[1].

Una de las características más difíciles para tipificar un genocidio es la intencionalidad. NAZA es una muestra más de que la intencionalidad se cumple en el caso de Palestina. Como relataba Owen Jones en Twitter (X), NAZA es un documental “… en el que los autores de un genocidio confiesan sus crímenes”. Los intentos de censura del gobierno israelí son continuos y, en parte, explican la reticencia del público en general a llamar las cosas por su nombre. La censura abarca desde la intención de sepultar NAZA hasta, según relata uno de los exagentes de inteligencia en este documental, la utilización de la tecnología militar para amedrentar a quienes intentan interponer acciones judiciales contra Netanyahu. Esto, muy lejos de Oriente Medio.

De regreso al libro de Arendt, la teórica política alemana propone una distinción entre culpa y responsabilidad para los actores del Holocausto, distinción en la que ahonda la filósofa política Iris Marion Young. Los culpables, como Eichmann, son quienes contribuyeron directamente a la maquinaria que permitió el asesinato en masa. La culpa no tiene que ver con el estado subjetivo del perpetrador (la conciencia que tiene de los males), sino con las consecuencias objetivas de sus actos. Esta camisa les queda bien a los entrevistados del documental.

Por otro lado, la responsabilidad, según Young, recae en quienes están indirectamente relacionados con la máquina asesina. La responsabilidad política consiste en un imperativo que nos llama, a las personas que habitamos el momento histórico, a monitorear las instituciones y sus efectos, y a actuar políticamente cuando estas incurren en males mayores. La responsabilidad política debe distinguirse de las acciones de resistencia individuales, por ejemplo, no consumir en algún lugar porque apoya el genocidio. La responsabilidad es política porque implica la participación activa de los ciudadanos; es pública y tiene como objetivo responder mediante acciones colectivas.

Según Arendt y Young, quienes somos conscientes de las atrocidades que está llevando a cabo el gobierno de Israel, somos también políticamente responsables de ellas. NAZA, en este sentido, nos vuelve más políticamente responsables. Y digo atrocidades, para no decir genocidio, que levanta ámpulas… ¿Qué tal la “solución final de la cuestión palestina”? La proyección de NAZA en Cinemex El Paseo, en San Luis Potosí, se extendió hasta el 4 de noviembre. Una invitación a volverse políticamente responsables de lo que está ocurriendo.

[1] https://www.ohchr.org/es/instruments-mechanisms/instruments/convention-prevention-and-punishment-crime-genocide

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