
Ricardo Bravo
El país regresa a un nuevo proceso electoral en poco menos de un año, en junio de 2027. Sí, parece mucho tiempo. Pero las “nuevas prácticas” (violaciones de la ley electoral) impulsadas por el partido en el gobierno hacen que las elecciones comiencen mucho antes. Por eso, lector, nos tenemos que chutar chismes desde hoy, que si Ruth, que si hay trato entre partidos o divorcio, que el nuevo partido mocho, etcétera. En estos momentos se elige a quienes serán los servidores públicos dentro de un año. En la elección de 2017 se elegirán 500 diputados federales, 17 gubernaturas (entre ellas la de San Luis Potosí, coyunturalmente importante), congresos locales y más de 1,000 ayuntamientos.
En general, aunque con ligeras variaciones estatales y municipales, el pronóstico de la elección de 2027 es el de una marea guinda que continúa su avanzada, y el de partidos de oposición que tratan de mantener los pocos cotos de poder que les quedan y de robar, con un “ave maría”, algunos más. Les comparto una reflexión sobre por qué creo que no sería deseable que se concretaran las apuestas. Es importante, primero, especificar a quién imagino como la o el lector al que va dirigida la reflexión. El primer grupo al que NO le habla mi argumento es el de la gente que siente un rechazo “global o completo” hacia los gobiernos morenistas, los Contra. Desde esa visión, hay un sinfín de argumentos ya conocidos: la continuación de la marea guinda representaría la erosión de la democracia, la continuidad o el ahondamiento de la corrupción, más narcopartido, etcétera.
El segundo grupo al que el argumento NO le habla es a quienes apoyan “globalmente” a los gobiernos de Morena. Este grupo lo componen tres tipos de personas: el morenista militante, el morenista político y el morenista religioso. El militante ve la política como si se tratara de un partido de futbol, y una derrota de su equipo es siempre algo que lamentar. El político morenista, por definición, jamás estará en contra de que el partido gane menos de lo que podría ganar. No le conviene personalmente. Finalmente, el religioso es aquel que está de acuerdo con todo lo que hacen los gobiernos de Morena. Estos últimos son altamente improbables.
Entonces, el grupo de personas al que SÍ le habla el argumento es el que siente una identificación parcial con los gobiernos morenistas. Este tipo de personas tiene una identificación basada en ciertos principios que siente que sí se están atendiendo, o que están avanzando, en los gobiernos guindas. Esto, a pesar de muchas cosas que siguen mal o empeoran. Los llamaré los morenistas instrumentalistas. Sí, a ti te escribo. Y entiendo, podría parecer contraintuitivo: ¿por qué, si eres de los que creen que los gobiernos morenistas son la mejor manera de avanzar esos intereses, podrías pensar a la vez que el que ganen más no sería algo positivo?
Una posible respuesta es que el pluralismo político, expresado en una pluralidad de partidos competitivos, es algo deseable para una sociedad. Contar con corrientes políticas diversas, con posturas e ideologías distintas, enriquece la vida pública y el desarrollo de la sociedad. Esa es, de hecho, una de las justificaciones de la libertad de expresión: la libre confluencia de ideas, de muchas de ellas, es el vehículo para acercarse a la verdad. Pero bueno… la práctica del pluralismo político en México ha dejado mucho que desear. Hemos tenido diversos partidos políticos registrados en nuestros procesos electorales, y la oferta ideológica que nos han mostrado no refleja la diversidad de pensamiento del país. Yo se lo atribuyo a las reglas electorales, pero esa es harina de otro costal.
Creo que hay una segunda respuesta. Esta también está relacionada con el pluralismo político, es decir, con la diversidad de posturas ideológicas, pero no se enfoca en la deseabilidad de crearlo, sino más bien en cuál es la mejor manera de canalizar el pluralismo existente. Existen muchos Méxicos. El sur del país tiene poco que ver con el norte; la provincia con la capirucha; los pueblos de montaña con los costeños. No, no pienso en diferencias entre huevones y productivos, como el multidoctorante, Samuel. Pienso en diferentes culturas, lenguas y, sí, también, en diferentes maneras de entender cómo debe organizarse una sociedad.
Esas diferencias no siempre se expresan en preferencias electorales, precisamente por el problema de la oferta electoral del que hablamos arriba, pero en otros casos sí. Sabemos que Querétaro difícilmente se pinta de otro color que no sea azul, o que Coahuila le tiene tirria a todo lo que no sea tricolor. Que la Ciudad de México se inclina fuertemente hacia la izquierda. Eso no se explica únicamente con referencia a la ideología de esas sociedades: importan también la estructura corporativa del partido local, el control de las instituciones y un gran etcétera. Pero me parece innegable que el factor ideológico juega un rol. Esto se magnifica si hacemos zoom a nivel municipio: los hay más revolucionarios, más libertarios, más asistencialistas, más liberales clásicos, más de movimientos locales (navistas, por ejemplo).
Por ello, creo que la posibilidad de que Morena extienda su control, ya mayoritario (24 de 32 gubernaturas y 30% de los 2,477 municipios en 2025), no es un signo halagüeño. Porque el que un partido pueda “atrapar” la preferencia electoral de tal diversidad de formas de pensar habla mal del partido, del sistema de partidos o de ambos. Del sistema de partidos habla mal porque lo que mostraría es que la oferta política es limitada y deficiente. Quizás el votante, con su carga ideológica, consideraría otras opciones si las hubiera. Pero con lo poco y malo que hay, mejor me voy con los guindas. Creo que hay algo de eso. Del partido, habla mal porque lo que evidencia su éxito electoral es que es un partido en el que todo cabe; se le conoce en la ciencia política como un partido atrapatodo; un partido que reduce su carga ideológica para atraer el apoyo de votantes de todos los lados del espectro ideológico.
El partido atrapatodo no es necesariamente algo negativo. Es simplemente una estrategia política. En algunas coyunturas, por ejemplo, en sistemas electorales poco competitivos, quizás esa estrategia sea una de las únicas para vencer a un partido hegemónico. Un caso reciente es el del Partido Respeto y Libertad en Hungría, que permitió la derrota de Viktor Orbán tras 16 años en el poder. Podría argumentarse que esa también fue la estrategia de López Obrador en 2018. En esos casos, es un medio para alcanzar un fin deseado. Pero en el caso de un Morena ya dominante, la pregunta es: ¿para qué? Entiendo: la lógica es seguir ganando para mantener esas políticas que el morenista instrumentalista considera positivas. ¿Pero a qué costo? El problema es que el partido hace circo, maroma y teatro, se dobla in extremis para tratar de encajar en la preferencia electoral tan diversa del país, que se desdibuja por completo. Y entonces, los instrumentalistas se tienen que chutar a los Blanco, a los Sansores, a los Monreal, a los Del Pilar, a los Rocha, que guindas son, pero que tienen poco que ver con los principios que persiguen.
Y luego las alianzas también se las tienen que tragar. Les dicen que todo será por los mentados principios: y entonces suben al barco a unos verdes más que dudosos y a unos petistas. Y la cosa no acaba ahí. Si logran retener el registro en las elecciones del próximo año, también se encamina una alianza con los cristianos pentecostales del nuevo partido PAZ. PAZ quiere unión entre iglesia y Estado, está en contra de los derechos de las minorías, apoya el genocidio de Israel y muchas otras cosas funestas. Y los instrumentalistas ya no son, finalmente, tan instrumentalistas, porque quedan pocos vestigios de los principios que les interesaban; se tienen que aceptar como militantes o religiosos. Por eso, creo que los morenistas instrumentalistas deben cuestionarse: ¿por qué, para qué, quiero que el país sea más y más guinda?




