david pérez
México y la costumbre de mirar hacia otro lado. En días distintos, en ciudades distintas, la violencia se repitió como coro: primero brutales golpizas entre seguidores de Tigres y América; luego, en Guadalajara, aficionados de Chivas agredieron a familiares del jugador de Bravos, Ángel Zaldívar; y en Puebla, en los alrededores del estadio, una persona murió tras una riña. El partido en la angelópolis siguió como si nada. El balón rodó sobre una frase que aquí parece norma: la vida no vale nada en el futbol mexicano. En otros países, cuando alguien cae inconsciente por causas naturales, el juego se detiene; aquí, ni una muerte arranca la inercia.
No es que falten «medidas». Federación y Liga ya ensayaron identificaciones de asistentes —nombres nuevos, misma lógica— con el viejo argumento de «controlar» la violencia. Y ante los hechos recientes, Mikel Arriola —menciono directamente al máximo responsable de ambos organismos y así evito eufemismos— anunció «acciones coercitivas»: abrir carpetas de investigación, que es una frase que suena más a carpetazo que a justicia, operativos, coordinación y una propuesta estrella: tipificar la violencia en estadios como delito grave. El paquete perfecto: panóptico por dentro, garrote por fuera.
La identificación facial y el punitivismo son atajos que no reducen la violencia y sí erosionan la democracia: normalizan la vigilancia masiva, castigan después lo que debió prevenirse antes y convierten al aficionado en sospechoso permanente. El resultado no es una fiesta del futbol en paz; es teatro de seguridad.
Evidencia del fracaso (y del riesgo)
Identificación facial. Promete «disuadir», pero se vuelve base de datos de inocentes. Los errores (falsos positivos) no son anécdota: expulsan a quien no hizo nada y castigan la cara, no la conducta.
Punitivismo. Subir la pena no previene lo que la autoridad no puede o no quiere detectar a tiempo. El mensaje real es otro: renunciamos a gestionar el entorno (accesos, rutas, transporte, horarios, mediación con barras, aforos, dispositivos de evacuación) y preferimos criminalizar al final. Tipificar como «delito grave» abre la puerta a medidas automáticas y selectivas, más espectáculo que justicia.
Reincidencia institucional. Cada crisis produce el mismo comunicado y la misma receta. Si las mismas acciones presumen «nuevos resultados», lo que cambia no es la seguridad: es el discurso.
— «Sin identificación, entran los violentos», dicen desde los pasillos de la federación.
No hace falta un panóptico biométrico para aplicar vetos individuales con debido proceso, ni para exigir asientos numerados, accesos escalonados y anillos de seguridad con personal capacitado (no militarizado). La clave es conducta, no rostro.
— «Con penas más duras, se la pensarán», amenaza el reciente comunicado.
La disuasión no depende del tamaño de la pena, sino de la probabilidad real de ser detectado y sancionado con rapidez y justicia. Hoy esa probabilidad es mínima porque el sistema está diseñado para simular control, no para ejercerlo.
— «Es por su seguridad», juran y perjuran.
También la democracia se protege con límites al poder. La seguridad sin derechos es seguridad de nadie; la seguridad con derechos sí es compatible con estadios pacificados.
Riesgos para la democracia (los dos venenos)
Vigilancia masiva normalizada. El estadio es escuela de costumbres. Si ahí aceptamos que nos escaneen para ver un partido, mañana lo aceptaremos para trabajar, circular, votar. La biometría crea infraestructuras que sobreviven a la coyuntura y que otros gobiernos —o empresas— amplían según convenga.
Presunción de sospecha. La lógica «todos pueden ser peligrosos» invierte la presunción de inocencia: primero te ficho, luego decides si te diviertes.
Pena como política pública. El punitivismo sustituye la gestión integral por el castigo espectacular. Alimenta selectividad (pega donde es fácil), discriminación (cara, barrio, camiseta) y cínica impunidad de quienes lucran con el desorden (directivos negligentes, gobiernos que invierten en el show y no en el entorno, casas de apuesta).
Despolitización del derecho a la ciudad. Ir al estadio debería ser uso pacífico del espacio público. Convertirlo en zona de excepción erosiona la confianza cívica y participación: nos recluye en casa, nos desmoviliza, achica la cancha de la vida pública.
«Monopolio» sin responsabilidad. El futbol es el actor dominante del espectáculo deportivo en México, con inversión pública y privada. Monopolio sin obligaciones reforzadas es receta para la arrogancia: «sigue el juego», aunque alguien haya muerto.
Lo que sí reduce la violencia (y fortalece la democracia)
Protocolo indeclinable de vida primero: muerte o riesgo vital igual a partido suspendido. Sin negociación. La vida vale más que el calendario de la Liga. El equipo local pierde el encuentro.
Plan integral de jornada: horarios razonables; transporte público reforzado; rutas seguras; mapa de riesgo por zonas; anillos de acceso con equipos de seguridad formados en desescalamiento.
Responsabilidad objetiva del organizador: club y sede responden por omisiones; multas, cierres, pérdida de puntos. Sanción cierta y rápida, no grandilocuente.
Veto conductual con debido proceso: identificación nominativa (no biométrica), pruebas de cargo, defensa, plazos y revisión.
Mesa permanente con aficiones: mediadores, líderes de barras, observatorios ciudadanos. La prevención se diseña con la gente que acude al estadio, no contra la gente.
Transparencia efectiva de dinero e intereses: declarar aportes públicos a clubes, contratos con casas de apuesta y gasto en seguridad.
México merece estadios donde jugar no sea sinónimo de sobrevivir. Ni panóptico ni garrote: prevención inteligente, responsabilidad institucional y derechos. La cara no comete delitos; los comete quien se sabe impune.
Que la próxima vez que la violencia toque una puerta, no encontremos un algoritmo ni un código penal inflado, sino autoridades que suspenden el partido, clubes que asumen su responsabilidad y una afición que sabe que su vida vale más que el marcador. Porque la democracia empieza —o se pierde— también en los lugares donde nos reunimos a disfrutar de un espectáculo masivo.
IG @davidperezglobal





