Luis Ricardo Guerrero Romero
El silencio de aquella habitación a las cuatro de la mañana era interrumpido en lapsos de tiempo por el timbre de aquel celular, que, también cansado de haber captado toda la pasión de una noche y unos tragos, gemía por algo de carga, al igual que su dueña pedía un poco de armonía. Los constates mensajes y likes que sus contactos daban a las publicaciones de Brisela eran dignos de una competencia. Supongo que ya se han de imaginar qué tipo de dama es Brisela, ya saben, mujer divorciada pero emprendedora que a sus 47 años aún despierta lujuria e interés en sus conocidos. Perfumes afrutados, zapatillas de correas, faldas ajustadas que lucen sin temor el contoneo de un par de piernas que provocan el sentido erótico aún de un veinteañero como yo.
Así es, me encontraba en la lista de contactos de la señora Brisela, y estoy casi seguro de que esas imágenes que llegaban al celular por la madrugada eran invitaciones sugestivas que otros tipos enviaban a mi dama para recrear lo creado por ella y yo.
No iba a despertar su cuerpo desnudo, me gustaba verla descansar, interpretar que esa fatiga la habíamos logrado juntos era para mi no sólo un capricho, la experiencia que ella me otorga ninguna compañera de mi generación me lo ha sabido dar. Los hombres de mi tipo no sólo buscamos una mujer, deseamos una dama.
Brisela lo era, además admiraba la agilidad con la que se adaptó a mi mundo millennial, mezcló con experticia su realidad y reconfiguró la mía, así es que, desde un pequeño beso, hasta el azote de nuestros cuerpos era distinto con ella. Mi dama, la buena y pura mujer que ya no buscaba en mí las ganas vigorosas de un varón que la haga madre, ni el apoyo familiar antes sus hijos, mucho menos el sentirse entusiasmada como jovencita por tenerme a su lado, ella buscaba algo distinto en mí, y pienso sinceramente que eso deberían hacer todas las mujeres de la edad de Brisela, tengan o no marido.
Hoy sentado en este sofá incómodo de motel, como todo un idealista espero tener la oportunidad de encontrarme con ella en otro mundo distinto en donde siga siendo mi dama, y yo su señor deseado y deseoso de ella. Así, sin ningún tipo de compromiso, más que el ahínco carnal del sexo de un veinteañero que puede encontrar en la segunda mocedad de una dama.
Brisela, para algunas personas que la conocen, no merece ser llamada dama, sin embargo, en este mundo quién realmente se merece algo. Sin duda es una cuestión compleja de resolver. Pero lo que no es tan denso de entender es este concepto de una dama, y en efecto Brisela sí era una de éstas. Puesto que según revisamos en el texto anterior la señora que despertó la libido en aquel jovencito lo había hecho tiempo atrás con su antigua pareja, el padre de sus hijos.
Es decir que, en sentido estricto, no es dama la recatada señorita de impoluta resolución ante la sociedad, sino es dama la mujer que es ama del hogar, la que parió, la que en sus años ostenta ser una dueña de hogar, una doña.
Con acierto los helénicos tenían en su vocabulario el sustantivo δαμαρτος (damartos): esposa; palabra que hasta la fecha tiene afinidad con dama. Era entonces una dama la que convenía en desposarse. Ya en los finales del siglo XIX el suizo Johann Jakob Bachofen (antropólogo, filólogo y jurista) nos hablaba en unas de sus obras más taquilleras: Derecho materno, el papel medular que ejercita la mujer en la configuración de los más básicos sistemas que gestan a una sociedad, o sea, hay en la mujer un derecho arcaico, y las sociedades se desarrollan desde un matriarcado, desde una dama.
Ahora bien, reiteramos que según sus letras dama es quien tiene hijos, puesto que antiguamente, “sólo la mujer casada estaba facultada para la procreación” y es así como se convertía en una dama. Inclusive la palabra dama es retomada por algunos lingüistas a partir del francés madame tomando el posesivo ma de mí. No obstante, el latín domina, origina ama y dueña de casa, es decir la esposa, la damartos según los griegos, la dama, según el joven encantado por la experiencia de Brisela.





