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El salvaje de tus sueños

Luis Ricardo Guerrero Romero

Pudo haber ocurrido al abrir la puerta del coche, al salir por la calle, en el bar acostumbrado, la avenida, el templo, debajo de un árbol, después de salir del trabajo, sin embargo, pasó, pasa, y pasará en los sueños. Esas imágenes, que ahora son recuerdos, de pronto nostálgicas, estampas, sucesión de parpadeos aglomerados para decirme sencillamente que en efecto soy un salvaje. La comunidad en donde vivo respetuosa de las costumbres de todos asume que algún día cambiaré, pero yo no controlo mis sueños, y no estoy seguro de controlar mis realidades. Por eso sigue sucediendo.

Es decir, cada noche al despertar del sueño, fervientemente interrumpo la vigilia de mis compañeros. Es parte de mi patología: síndrome de Renfield. No busco intencionalmente su sangre, sólo me sobresalto con su sabor, con la textura que enjuaga mis labios. Lo sueño, y en los sueños a ellos obsequiando su roja vitalidad para mis ansias enfermas los veo. Hoy ya me han separado del pasillo comunitario, los rumores de que saldré pronto se han difundido, me espera un lugar alejado de personas que no se metan en mis sueños, me espera un lugar sin vertebrados, sin sangre. Me han decido ya no ser un salvaje, mientras muerdo con voluptuosidad mi boca fuera de mis sueños, un susurro de plomo se aloja en la garganta de mis cuidadores. Me han decido ser escarnio de la paz, salvaje que encarna el crimen.

La perpetua dicotomía de lo civilizado y salvaje sigue rondando en nuestras mentes, de modo consciente a veces, de modo inconsciente, siempre. No es que uno decida ser un salvaje, parece que eso es asunto de las mayorías, suele pasar que éstas determinan qué tan salvaje o no se es. En las breves líneas del relato anterior lo revisamos, pero mejor lo describe y expone Levi Strauss en El pensamiento salvaje. Lo salvaje es agreste para lo civilizado, pero también puede ser viceversa.

Pensemos en la combinación de idiomas español y francés al decir: salva-je; la salva es una prueba, un ensayo, un ensayo del yo, el ensayarse es salva-je.

La palabra salvaje nos remite a lo rudo, lo necio, pero también a lo connatural de un determinado espacio, este adjetivo propiamente es catalán, pero tiene sus orígenes en lo selvático, lo silvestre, de allí su raíz y vínculo con la voz latina: silvester: boscoso, feroz, tosco. Lo salvaje es la contraparte de lo domestico. Regularmente a las personas que cometen actos tontos, se les dice que están haciendo salvajadas. No obstante, el hombre salvaje es un símbolo del varón y no así de la varona. Ahora bien, ¿si lo civilizado, lo consciente, lo domesticado es opuesto a lo salvaje; no somos todos salvajes al empeñar nuestro descanso a los cobijos del sueño?, ¿no es el sueño efectivamente una recreación de lo natural, lo inmarcesible, lo inconsciente? Esta noche, o tarde, o en el horario que tengas que dormir, vuélvete otra vez salvaje.

l.ricardogromero@gmail.com