Luis Ricardo Guerrero Romero

La tarde-noche (fenómeno temporal rarísimo acuñado en el habla coloquial) de ayer, trascribí por completo la última nota de voz que me envío mi tío el fraile: –Me regresó para el lugar que me vio nacer, ya ajusté diez años en este sitio que, si bien me dio muchos placeres, nunca las desdichas fueron competencia para tales fortunas, decidí hacer los últimos tratos con las personas a las que les debía favores y empaqué todos los recuerdos en una maleta vieja y fingí olvidarla en aquella habitación que me habían prestado. Me voy de este lugar –me lo grité–, mercado de chismes y malas interpretaciones, en donde el cura es el juez que negocia con el narco, y el juez es un piadoso penitente. De una buena vez me largo, allá de donde vengo hay menos peligros y más bienestar, allá las mujeres sí son jaladoras, aquí sólo presumen de que saben hacer el jale y sólo dejan la ascua arrebatada. No sé por qué muchas personas opinan que en los pueblos la vida es mejor, pero de seguro que quienes opinan así, han sido educados con la rosa de la televisora. Definitivamente me voy, espero que en el camino los recuerdos se vayan escurriendo con la lluvia, y su voz se convierta en una aturdidora fatídica experiencia. Me largo de aquí, del pueblo y de ella.

Hasta ahí llegó la última nota de mi pariente el fraile antes de que en el camino su nada humilde vehículo apodado El Diezmo, dejará de jalar; y en la noche de ayer muriera sin saber el vacío que dejó en el vientre lleno de su compañera.

Jalar es a nuestro tiempo una expresión que tiene una variedad de concepciones, y depende del lugar o situación es cómo se interpreta, así de tal modo, si entre los adolescentes se usa este verbo, habrá de pronto alguna risa dramática y culposa producto del autoplacer. En la nota de audio trascrita, por ejemplo, se precisa esa idea con un toque del desdén hacia el “hermano diezmo”, ya que las mujeres del pueblo no eran jaladoras con él, o quizás no tan masivamente. A la pregunta: ¿jalas o qué?, no se esperaría la respuesta de: sí, sí funciono; aunque exista el uso de jalar como funcionar, así sucede en un taller en donde se repara algo: –maestro mecánico: ¡mi choque ya no jaló! Hasta ahora entendemos que la palabra jalar puede utilizarse en distintas maneras –fruto de la polisemia, dueña del logos–, pero en realidad, y no de modo purista sino de origen, ¿qué decimos cuándo le hacemos a la jalada?

Logramos concebir desde la lengua latina la voz: halitus: soplo, viento, aliento, olor y como figura el alma. La cual evidentemente produjo el compuesto exhalar, suerte de expeler. Esta palabra de jalar se produjo incluso en su morfología por su pronunciación aspirada al momento de enunciarla, de halar pasó a jalar, puesto que el sonido de /h/, es aspirado, o sea, soplado de adentro hacia afuera, ya desde el griego en el uso del espíritu áspero sucedía de igual modo. Jalar, significa hacer fuerza para atraer algo, de allí que los sentidos que le damos no son tan inciertos, desde las experiencias oníricas en la pubertad, hasta el hacer funcionar algo, es obvio que se aplica un grado de fuerza para atraer un efecto secundario. –Jala el detonador y causarás un efecto. Hacer que una persona desee realizar alguna actividad a tu lado, de algún modo es atraerla hacia ti, jalarla a tu plan, incluso puede usarse jalar para realizar la acción contraria: –¡eres muy torpe para este trabajo, jálate para otro lado! En donde jálate, parece incluso una acción real, en donde el sujeto torpe ocupará de su fuerza para retirarse de aquel sitio y buscar otro jale.

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