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México S.A: ¿Dónde quedó la deuda?

reforma energética

¿Qué se podría hacer en un país con más de 6 billones 733 mil millones de pesos, una verdadera catarata de dinero? Infinidad de cosas socialmente útiles, desde luego, pero nada, por lo visto, más que endeudar hasta la coronilla al país y en lo individual a los mexicanos si la decisión queda en manos gubernamentales.

Lo anterior, porque en los últimos tres sexenios (los de la docena trágica panista, más el tricolor en funciones) en ese monto incrementó el gobierno federal el saldo total de la deuda mexicana, al pasar de poco más de 2 billones de pesos en diciembre de 2000 a casi 8.8 billones en marzo de 2016, un aumento cercano a 340 por ciento en el citado periodo.

Y esa catarata de dinero –cuyo pago corre a cargo, quiéranlo o no, de todos los mexicanos, incluidos los que ni siquiera saben que lo deben, que es la mayoría– ni lejanamente contribuyó a “la ejecución de obras que directamente produzcan un incremento en los ingresos públicos”, como establece el 73 constitucional, sino para aumentar la deuda pública por habitante de 10 mil a 70 mil pesos, en números cerrados, entre el comienzo del gobierno foxista y lo que va del peñanietista. El débito de los estados se cocina aparte.

De una u otra forma, en un tono o en otro, los tres inquilinos de Los Pinos involucrados en el periodo citado prometieron “no endeudar más” al país, pero en los hechos aumentaron el saldo del débito público a niveles históricos, en una suerte de adicción crediticia que sólo ha beneficiado a los organismos e instituciones financieras privadas internacionales.

Cuando el ahora mariguanero llegó a la residencia oficial, el saldo del débito público total (interno y externo) rondaba 26 puntos porcentuales del producto interno bruto; casi 16 años después, con el del “México en movimiento” tal proporción creció a más de 47 puntos, lo que motivó al Fondo Monetario Internacional a manifestarse: “es preocupante el aumento observado en el endeudamiento de México”.

Fox aumentó 50 por ciento el saldo de la deuda pública total que recibió de Zedillo; Felipe Calderón lo incrementó 88 por ciento, y el mismísimo Enrique Peña Nieto, hasta ahora, lo ha hecho crecer 50 por ciento. Y entre uno y otros, de diciembre de 2000 a marzo de 2016 tal saldo dio un brinco espectacular; casi 7 billones de pesos, que ni lejanamente contribuyeron a sacar del hoyo al país.

Con todo y el incremento de 340 por ciento en el saldo de la deuda (débito que supuestamente se contrató para generar mayor riqueza) el ritmo económico se mantiene en la mediocridad total, como desde hace tres décadas y pico; la fábrica de pobres reporta producción plena, el desarrollo social se mantiene prófugo y cada uno de los mexicanos debe pagar, hasta ahora, un monto equivalente a dos años y medio de salario mínimo (sin considerar las distintas deudas de estados y municipios), en un país en el que el grueso de los ocupados obtiene entre cero y dos mini ingresos que no les alcanza siquiera para lo más elemental: comer.

Entre lo más reciente, el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas (CEFP) de la Cámara de Diputados reporta, con base en los informes de la Secretaría de Hacienda, que en el primer trimestre de 2016 buena parte de nuestros impuestos fueron a parar a los bolsillos de los barones del dinero nacionales y extranjeros, pues el gobierno federal pagó cerca de 35 mil millones de pesos para cubrir el costo financiero (intereses, fundamentalmente) de la deuda pública externa e interna.

En el voluminoso costal de deuda que le han cargado a los mexicanos se incluye un débito que en tiempos de Fox en Los Pinos se dio por “enterrado”, especialmente por parte de su secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, y del entonces presidente de la Asociación de Banqueros de (en) México, Manuel Medina Mora (después expulsado del paraíso Banamex por asuntos no muy transparentes): el “rescate bancario (léase el Fobaproa), el mismo que los habitantes de este país llevan 21 años pagando puntualmente, aunque el saldo nominal se niega a reducir y a estas alturas supera 870 mil millones de pesos.

También está la “solución definitiva” (Zedillo dixit) para “cubrir las necesidades de infraestructura en Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad”. Esta “solución definitiva” creció y creció en monto adeudado hasta que reventó en Pemex (la deuda fue asumida por el gobierno federal) y no muy lejos está de hacer lo mismo en la CFE. Y por si fuera poco allí mismo está el “rescate” carretero, otro multimillonario “detalle” heredado por Zedillo.

En fin. Crece y crece la deuda, y sus presuntos efectos benéficos no se ven por ninguna parte, salvo a la hora de constatar que la economía no crece, el empleo se precariza a pasos agigantados, la informalidad y los pobres constituyen el mayor ejército del país y que los gobernantes hacen lo que se les pega la gana sin consecuencia alguna.

Pero en los estados también se cuecen habas, y de acuerdo con la información del CEFP en apenas cuatro años (2008-2012) se duplicó la denominada deuda “subnacional”. Por este concepto los mexicanos, en promedio, deben agregar casi 4 mil 500 pesos por cabeza a la deuda que el gobierno federal les ha endilgado. Sin embargo, hay de entidades a entidades y de débitos a débitos.

De acuerdo con el CEFP, las entidades federativas más endeudadas por habitante son Quintana Roo, con 14 mil 700 pesos por cabeza, en números cerrados; Coahuila, casi 13 mil pesos; Nuevo León, 12 mil 720 y Chihuahua, 11 mil 640 pesos. Los chilangos cargan con poco más de 8 mil pesos.

Sin embargo, el recientemente estrenado estado 32 registra la mayor deuda de toda la República: más de 71 mil millones de pesos, al cierre de 2015, seguido de Nuevo León, con alrededor de 65 mil millones (y todavía se da el lujo de regalarle millones y millones a las trasnacionales que se instalan en la entidad, como Kia Motors); Veracruz, con cerca de 50 mil millones (Duarte no se clavó el faro del puerto, porque no le cupo en el bolsillo), y Chihuahua, con más de 45 mil millones (el banco del gobernador requiere liquidez).

Y mientras la cuenta sigue ascendiendo, esa catarata de dinero hay que pagarla, pero no lo harán los “gobernantes”, sino sus “representados”.

LAS REBANADAS DEL PASTEL

Parece que al góber tamaulipeco y sus “autoridades” policiacas y judiciales les encantan las aventuras, pero ni Chanoc ni Kalimán se hubieran aventado una puntada como la de Alan Pulido, quien (versión oficial) desarmó y golpeó a su secuestrador; le quitó el celular y de inmediato habló para que lo recogieran. A su lado, James Bond resultó un verdadero pendejo.

Carlos Fernández Vega
Carlos Fernández Vega
Autor de la columna México SA de La Jornada. Presidente del Comité Editorial de filiales y franquicias de La Jornada.