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Rafael y el abuelo ‘Spivis’

Federico Anaya Gallardo

Hoy día se acostumbra decir que los nacidos en el siglo pasado somos “sobrevivientes” pues nuestras madres y padres nos ponían cada día en riesgo. Bicicletas sin casco y esas cosas… No entraré hoy a discutir si esto tiene algún elemento de verdad, pero compartiré un ejemplo. En el verano de 1979, un buen amigo de la secundaria, llamado Rafael Gómez-Tagle Morales, me invitó a un viaje largo a Aguascalientes. Yo tenía 14 años y él cumpliría 15 en ese junio. Su padre, el doctor Enrique Gómez-Tagle había fundado el primer club de donadores altruistas de sangre en 1973 y seis años más tarde era el director del Programa Nacional de Donadores Altruistas de Sangre (PRONADOSA) del sector salud. El doctor Gómez-Tagle estaría en Aguascalientes ese verano para organizar el programa en la entidad. Nos llevaba a Rafael y a mí de acompañantes y asistentes. Nos hospedamos en el Hotel París (que hoy día aloja la legislatura hidrocálida). Rafael y yo acompañamos poco y asistimos menos a las cuestiones oficiales; en lo general anduvimos por nuestra cuenta conociendo la ciudad y sus alrededores. Nerds, pero chinos libres, visitamos facultades universitarias, museos, monumentos. Interrogamos a un urbanista que nos explicó los tres anillos periféricos que habían planeado y creo que hasta le acompañamos a la campiña adonde iría el trazado de uno.

Como a la cuarta semana, oímos que a sólo una hora de camino había un magnífico museo virreinal. Al día siguiente, luego de desayunar, tomamos un colectivo que nos llevó a Guadalupe, Zacatecas. El museo del ex convento fue interesante, aunque nadie nos habló del pintor Francisco Goitia. Nos dijeron que el convento había sido expropiado, pero no nos quedó claro si aún había monjes en él o si alguna compañía de teatro tenía a unos ensotanados dando vuelta por las azoteas. La cosa es que, a eso de las tres de la tarde hacía hambre y uno de esos dizque franciscanos nos recomendó viajar veinte kilómetros más y comer en el centro de Zacatecas. Sin dudarlo, avanzamos. Ya bien comidos, caí en cuenta que ya habíamos atravesado una frontera estadual y paseado por tres ciudades en un solo día. ¿Qué seguía? Le pregunté a la señora del restorán si se podía hacer una llamada por cobrar a Torreón. Contestó mi abuelo, Spivis Gallardo. Le dio mucho gusto que anduviésemos dando la vuelta. Le dije que ya nomás nos faltaban 400 kilómetros para La Laguna. Me dijo que él no tenía ningún problema; que él y Lola (mi abuela) nos recibirían con gusto; pero que nomás le avisara al padre de Rafael, en Aguascalientes y a él, para saber a qué horas ir por nosotros a la estación de los Ómnibus en Torreón.

No llegamos a preguntarle al doctor Gómez-Tagle. Rafael se negó tercamente a seguir camino al norte. Supongo que era prudente y razonable (a fin de cuentas no teníamos ni 15 años). Más tarde, mi amigo estudió economía en el ITAM y hoy día vive en la zona metropolitana de Nueva York adonde corre maratones y sirve a un banco internacional. Es decir, siguió siendo prudente (buen cardio y buenos ahorros), aunque el destino le deparase seguir camino aún más al norte que en aquel verano. Como sea, dos años más tarde, en 1981, invité a Rafael a pasar el verano en Torreón. Cuando llegamos a casa de mi abuelo, éste comentó: “—Lo bueno es que no se tardaron más que dos años en llegar.”

Debo confesar que, si de por sí soy curioso, este buen amigo Rafael fue quien me enseñó a enterarme de todo sistemáticamente. Mi abuelo Gallardo estuvo fascinado con la visita. Un día, a la hora de la comida, Rafael le preguntó a Spivis si había conocido a Villa.

Mi abuelo Emigdio aclaró que él era muy pequeño en los días de La Bola. Había nacido en 1903 y cumplió apenas siete años cuando empezaba la Revolución. Pero cuando tenía once, una vez vio al general Villa. La cosa estuvo así: en su natal San Pedro de Las Colonias, muchos de los maderistas se volvieron villistas después del asesinato del Presidente. Había entre ellos un viejito, quien desde 1909 ya estaba muy anciano para ir a luchar –pero que cada vez que había algún mitote salía de su casa y gritaba vivas a Madero y a Villa, echando su sombrero de ala ancha al viento, azotándolo en el suelo y armando bulla. Si uno lo contradecía, lo agarraba a sombrerazos. Emigdio creció viéndolo hacer esto. Una mañana de 1915 avisaron que estaba por pasar Villa en el ferrocarril. Esto ocurrió en los días que siguieron a las grandes batallas del Bajío. Se oía a la gente lamentarse: “—¡Villa perdió en Celaya!” Emigdio acompañó al viejito a la estación del ferrocarril. Hacia el atardecer pasó el tren del general. Casi no paró. Desde uno de los vagones, Villa saludó a la gente. La luz, entre naranja y rojiza, le daba en la cara. Sólo dijo: “—¡Ya nos volveremos a ver!”. Mi abuelo recordaba los ojos duros, inyectados de sangre y la voz grave. Causó impresión y terror. El viejito cayó muerto allí mismo.

Villa perdió en Celaya. La gente triste. Un viejo que gritaba vivas muere luego de la derrota. Emigdio terminó su historia aclarando que Villa, aunque fiero, era un héroe popular. Y que la gente seguía extrañándole. Mi abuela Lola, la normalista, había llegado a la cocina a servirse un café justo cuando su marido empezaba a contar la historia. Se entretuvo hasta que acabó. Luego, mientras salía con su taza, nos dijo a todos: “—¿Héroe? ¡Ni qué ocho cuartos! Un ladrón.” Y se fue a revisar sus apuntes para una conferencia de la “sociedad panamericana” de profesoras. Spivis nos dijo, entre serio y malicioso: “—Es que los villistas, cuando asaltaron San Buenaventura, vaciaron la tienda de Gregorio, su padre.”

Estación del ferrocarril en San Pedro Las Colonias, La Laguna.

“—Pero, ¿Villa es héroe o no?” le preguntó Rafael a Spivis. Mi abuelo nos dijo que aunque hay héroes para todos, no todos tienen los mismos héroes. “—Ya ven a Lola. Lo bueno es que los dos tenemos a Cárdenas”. Luego nos contó de la logia masónica (a la que finalmente nunca me invitó) y de las danzas a San Isidro Labrador. La tarde calurosa se convertía en ocaso y los tres estábamos sudando en el patio de la casa. Spivis cerró esa historia señalando: “—Y a veces, después de la danza, llovía”. Ese día no llovió, ni nosotros habíamos danzado. Mientras regresábamos dentro, Rafael le preguntó a mi abuelo que qué pensaba él de la política actual.

Recordemos que era el año 1981. Mi abuelo le contestó: “—En la última elección volví a votar comunista.” Yo me tardé décadas en atar cabos. Aunque siempre había oído a Spivis criticar a los alemanistas (“detuvieron El Reparto”, “abandonaron a los ejidos”), la foto del general Cárdenas en su despacho era también una señal de lealtad al régimen. Esa última elección había sido la de 1979, la primera luego de la Reforma Política de Reyes Heroles El Viejo. Y la única federal en la que volvió a aparecer, en la boleta, el Partido Comunista Mexicano.

Tengo pendiente investigar las otras elecciones en que Spivis votó comunista.

agallardof@hotmail.com