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Una pandemia llamada feminicidio

Urenda Navarro

La pandemia por coronavirus ha puesto en el centro de los esfuerzos estatales a nivel mundial, un conjunto de recursos y estrategias emergentes tendientes, en un primer momento, a prevenir la llegada de la epidemia en territorialidades situadas o bien, ahora, a mitigar los casos y no sobresaturar para evitar el colapso de los servicios de salud pública para atender a las y los que adquieran el virus.

Quisiera poner el acento en el carácter emergente de todas las acciones emprendidas, pues es en ese tenor, en el de la emergencia, en el que tendrían que pensarse otras problemáticas que cobran vidas, al igual que una epidemia.

Desde diversos espacios, se ha sostenido en los años recientes que los feminicidios, y en específico la violencia feminicida que da cuenta de un continuum de violencias padecidas por las mujeres, constituyen una de las principales urgencias a atender y erradicar, no solo en México sino en el mundo entero. Ahora que somos espectadores de cómo día a día crecen y decrecen las cifras de coronavirus, según el territorio situado (para el caso de Europa, las cifras de muertes por coronavirus decrecen mientras que en América Latina comienzan a crecer), los feminicidios mantienen una tendencia sostenida a la alza. Para el caso mexicano, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, ha reportado que los meses que lleva transcurrido este año, se han perpetrado diez muertes violentas de mujeres diariamente. A estos datos, tendríamos que sumar todos aquellos registros que reportan la concurrencia del resto de violencias perpetradas contra las mujeres y que constituyen, como apuntábamos al inicio el continuum de violencia feminicida.

La diferencia en la respuesta emergente es crucial. Si bien, estamos frente a problemas distintos, resalta la contundencia y disposición que ocupan las agendas de gobierno al tema, y en consecuencia el destino de recursos humanos, materiales y económicos para hacer frente a la pandemia. Sin entrar a detalle, en torno a la suficiencia o no de lo que se destina para el combate al coronavirus, lo cierto es que a diferencia de la emergencia por violencia feminicida, que sí está declarada en trece estados en México, los recursos y las acciones tienen todo menos el carácter de emergente.

Hace unas semanas, compartía mesa de debate con una colega y amiga antropóloga, quien nos recordaba una de las principales aportaciones del pensamiento feminista de Rita Segato al análisis de la violencia contra las mujeres: “la centralidad” del tema. La aportación crítica estriba en que, el Estado ha adoptado (por su propia constitución), como políticas de género a las denominadas políticas “transversales”, lo que implica asumir a la perspectiva de género como enfoque que atraviesa a la diversidad de agendas y no, como apunta Segato, al centro de las mismas para comprender y enfrentar la violencia feminicida.

Retomo en particular la idea de Segato, porque la emergencia sanitaria, a diferencia de la emergencia por violencia feminicida, es central, preocupa y ocupa a los gobiernos, les ha obligado a sentarse y trabajar coordinadamente, algo que se ha exigido hasta el cansancio en el trabajo para implementar la medidas “emergentes” contenidas en las alertas de violencia de género. En ese mismo tenor, es menester cuestionar el carácter emergente de las medidas contenidas en las declaratorias de alerta de violencia de género, pues ahora mismo se encuentran en algunos estados desde hace años, en un impasse de acción gubernamental, que destaca que el mecanismo es todo menos urgente y suficiente para frenar la violencia contra las mujeres. Si bien, la crítica nos permite evidenciar las falencias de las acciones emergentes para prevenir, atender, sancionar y erradicar la violencia feminicida en territorio nacional, también es cierto que no por ello podemos obviar que es ese mecanismo contenido en ley, el que nos permite hacer exigible el derecho humano de las mujeres a una vida libre de violencia, sin que por ello se niegue el hecho de cuestionar el carácter emergente y central de la actividad estatal frente a la violencia contra las mujeres, pues no resulta gratuito, el Estado se gestó haciendo de lado a las mujeres como ciudadanas plenas, la ausencia de centralidad en sus agendas es una clara muestra.

Por tanto, toca reflexionar respecto al carácter emergente de las acciones que se despliegan para atender a las mujeres, particularmente ahora que el aislamiento ha propiciado escenarios de jornadas laborales que suman a las tareas de cuidados en los hogares en manos de las mujeres, y que en el peor de ellos, a violencias que pueden traer como consecuencia femicidios.

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Este miércoles, 15 de abril, se llevó a cabo la primer ronda de mesas de análisis dentro del Foro Nacional “El combate al feminicidio a ocho años de su incorporación en el sistema de justicia: experiencias y desafíos” organizado por la Cámara de Diputados. Hemos escuchado una diversidad de voces que coinciden, entre otro temas, en la necesidad de homologar el tipo penal de feminicidio; el fortalecimiento a las instituciones que se encargan de procurar  justicia y, la necesaria visibilización y reflexión en torno la investigación de la violencia sexual contra niñas y muertes violenta de mujeres perpetradas por el crimen organizado.

@UryQuely

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