Luis Ricardo Guerrero Romero

Mis altoparlantes dejaron de trasferir el sonido en el último glissado de Albéniz, me refiero a “Asturias”, mientras con esmero preparaba para ella un destilado con alcaravea y eneldo, en una honesta copia de la danés bebida: Akvavit. Todo tenía que salir bien. Llegará a mi casa, tocará la puerta y yo tardaré un par de minutos para no verme tan ansiosos por verla. Vendrá ciertamente con aquel vestido azul bondi que le compré, el calzado ankle strap heles que le regalé el mes pasado y con alguna de las esencias aromatizando su piel. Cuando llegue, efectivamente la adoraré como una diosa, la veré atractiva luciendo todas esas cosas que con gusto le he dado, aunque, en mi mente estará presente la misma pregunta que siempre me ronda al obsequiarle tantas cosas: ¿cómo me vería yo con todo eso puesto?

Finalmente llega, pseudo Akvavit está listo, dejé pasar dos minutos exactos para abrir la puerta… ella llega acompañada, sin la ropa, sin los accesorios que yo le di, llega ella siendo ella y, llega ella con más personas: sujetos de carácter grotesco que se burlan de mí, rompen mis sillas, mi bebida, golpean mi estómago, luego mi rostro. Ella me ve, con un lujo de rencor, con el encono del horrible cazador a la presa. Ya no hay silencio, se acabó con el toc toc de la puerta. En algunos casos terribles la paz cesa al abrir la puerta. Pero la pregunta ahora es: ¿acaso tuve paz antes de jalar a picaporte? Ella uso la aldaba del Diablo para irrumpir el fantástico programa que había preparado para nosotros.

En las anteriores líneas, nada hay de olímpico, salvo que se tuvo que llevar a cabo una serie de esfuerzos para lograr un objetivo, quién fue el villano o el bueno de la historia nunca lo sabremos, pues ya no leímos el fin. Sin embargo, acatándonos al encabezado que nos intitula, podemos ver un programa, es decir, unas ideas que se citan antes de ser anunciadas; ya sea en un noticiero, en alguna red social, en un periódico, en los chismes vecinales. En pocas palabras, programa puede ser todo menos un programa de la televisión.

Estamos acostumbrados por la relación semántica de las palabras en llamar programa a algo que ya no lo es. Programa es una palabra que desde su etimología la entendemos como: προ (pro): antes; y, γραμα (grama): letra; o sea, lo que se escribe antes de anunciarse o decirse. Por antonomasia, el programador es nuestro cerebro, —aunque en algunos casos hay personas que no programan ni antes de actuar, ni antes de hablar, ni antes de vivir—.

Siguiendo con la idea, cuando hablamos del programa televisivo, de radio, de internet, en realidad se habla del hecho ya ejecutado del programa. No obstante, no hay una palabra que dicte lo que es lo posterior al programa, el programa es la planificación, pero no la exposición. Así, el pensamiento es la elucubración, pero no el acto de lo pensado. De tal suerte, se puede repensar, reprogramar, pero no se puede resarcir lo efectuado: verba sunt intelligenda circa subjectam materiam de qua proferuntur (las palabras deben entenderse según la materia que se trata).

l.ricardogromero@gmail.com

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