Luis Ricardo Guerrero Romero
La sombra del guayabo que aguarda frente a mi casa tuvo la prudencia de levantarme, habían pasado aproximadamente 72 horas en las que no supe de mí. Un tanto por el licor que bebía, un tanto por la enfermedad. Fiebre, esos escalofríos −yuxtapuesta palabra que me yuxtapuso entre el deseo de muerte y ser la anfitriona de mi vida− hicieron de mi cuerpo un costal de emociones y penurias. Como desde hace ya 15 años otra vez me encontré sola. Algunos libros y un poco de series incesantes de Netflix me acompañaron mientras yo no entré en sí. Es inútil pensar que deseo pensar lo que me pudo pasar mientras mi cuerpo, cual cadáver contemplado por algún dios, no fue de su anhelo ni piedad durante esas 72 horas aproximadamente. Digo con insistencia que son horas aproximadas. Todo cuanto existe es aproximado, todo excepto la palestra del mundo en el que vivo.
Pero vuelvo al guayabo, su sombra agitada por el viento reprodujo la silueta de un par de piernas que cuando adolescente palpé −aunque es 2020, digo adolescente y no “adolescenta”, pues, aunque aguerrida no soy una idiota−. Entonces no fue producto de la imaginación o de un efecto delirium tremens lo que me hizo reaccionar, sino aquella nostalgia de las piernas de mi impoluta amiga, la primera de mis palestras luego de la fiesta de quinceañera. Allí en aquel momento, cuando la lozanía y mis nalgas firmes determinaban todo, allí me di cuenta del cautiverio que comenzaría a vivir hasta el día de hoy, que luego de 72 horas y a mis 43 años, doy cuenta de que ser mujer es otra palestra más. La justicia distopía, la libertad, utopía por ejercer. Vuelvo al guayabo, ese arbusto tuvo compasión de mí, bastó la sombra de sus ramas para recrear mi juventud, para volver a odiar al carrito de las nieves que con su ridícula tonada que carcome a Bent Fabric, quien seguramente se arrepiente más que yo de haber nacido por fabricar su tontonete. Fabric y su “the alley cat”, ¡pobre hombre!, perpetuado por un carrito de nieves, ¿qué putas tiene que ver un callejón y un gato con el funderelele y el helado? Todo es un aproximado, y todo es una palestra.
Las líneas anteriores, nos reflejan un par de cosas, la mujer del relato no se sentía bien con su vida, aún tenía variaciones raras en su mente frente a la realidad, por otro lado, nos menciona algo que nos tiene en el ejercicio latente al día: el mundo es una palestra. Digo esto y parece que algún silencio celeste se apodera de mi casa. Pues, quién se atreverá a contradecir que no es sístole y diástole otra palestra que nos mantiene vivos.
No obstante, a la divagación anterior, lo que nos tiene aquí es averiguar y mencionar una de las tantas líneas que hay sobre el origen de alguna palabra, que, ya se han de imaginar es: palestra. Quizás, no es un sustantivo tan frecuente, no lo usan los cantantes gruperos, ni los del género urbano, pero no significa nada estadísticamente, pues sigue siendo parte de nuestro lenguaje, y continuará en nuestra voz, porque la lucha y la pelea ante distintas circunstancias siempre impele al hombre.
A partir de la voz helénica: παλαιστρα (palestra, con su fonética en el diptongo αι>e), con significado como el lugar en donde uno se ejercita para la lucha, una idea de gimnasio, aunque no tanto, pues gimnasio también es una herencia griega y designa otras tareas. La palestra viene a ser una escuela, escuela de la lucha, luego entonces el mundo, como lo dijo la mujer ficticia del relato anterior, el mundo es una palestra. La palestra (palæstra) para la antigua Roma era el sitio donde la destreza, la habilidad y el cultivo del espíritu se conjugaban para hacer no sólo al hombre, sino al ciudadano. Digo ciudadano y no ciudadana, porque, aunque aguerrido, no soy estulto.
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