Luis Ricardo Guerrero Romero

Imaginemos a Josefo, personaje de nuestro pequeño laboratorio de lectura en La Jornada San Luis, en la noche del 15 de septiembre. Está en una plaza mexicana, rodeado de banderas, luces y familias. El aire parece guardar una memoria antigua. Cuando llega el momento de hablar, Josefo podría limitarse a enumerar fechas, nombres y acontecimientos. Sería correcto, sin duda, pero poco conmovedor. En cambio, mira la bandera y dice:

“Esta noche no celebramos solamente una fecha escrita en el calendario. Celebramos las voces que alguna vez soñaron con un país propio; las manos que trabajaron, resistieron y construyeron; las familias que heredaron una lengua, una música, una memoria. Cuando nuestra bandera se levanta, también se levantan nuestros recuerdos”.

Ahí aparece la patopeya. Josefo no está presentando un inventario histórico: está buscando que su auditorio experimente orgullo, memoria, pertenencia y emoción. La patria, mediante el lenguaje, deja de ser una abstracción y adquiere rostro.

Hay palabras que parecen llevar una pequeña chispa escondida. Basta pronunciarlas para que, en vez de informar, despierten algo en nosotros. Patopeya pertenece precisamente a esa familia de vocablos que no se conforman con decir: quieren conmover. Su origen nos conduce al griego clásico: πάθος (páthos), “afección, pasión, padecimiento o emoción”, y ποιέω (poieō), “hacer, producir, crear”. De su encuentro podemos imaginar una definición casi teatral: hacer pasión, producir emoción mediante la palabra.

Como figura retórica, la patopeya busca excitar las pasiones y provocar una conmoción en quien escucha o lee. No pretende únicamente que el receptor comprenda una idea, sino que la sienta. El discurso deja entonces de ser una simple colección de argumentos y se convierte en una especie de puente entre la voz de quien habla y el corazón de quien escucha.

Las fiestas patrias de este 2026 son un escenario privilegiado para comprender esta figura. El “¡Viva México!” posee una fuerza que difícilmente puede explicarse sólo por su significado literal. Su eficacia nace de todo lo que evoca: independencia, comunidad, historia, música, sabores, símbolos y recuerdos compartidos; y hasta desacuerdos que pueden hacer eco en las palabras de Octavio Paz cuando dijo en su ensayo Todos los santos. Día de muertos: “Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año”.

La patopeya nos recuerda una verdad filosófica del lenguaje: hablar no siempre significa describir el mundo. A veces, hablar es transformarlo dentro de nosotros. Y quizá esa sea la magia de Josefo aquella noche: descubrir que una palabra bien pronunciada puede no sólo nombrar a México, sino hacerlo vibrar.

l.ricardogromero@gmail.com

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