Federico Anaya Gallardo
Jueves 7 de agosto de 2025. En su columna “Política Zoom” para Milenio, Ricardo Raphael hizo dos afirmaciones: Primera, que “el pluralismo político es una ideología”. Segunda, que “la hegemonía política es la ideología opuesta”. (Liga 1.) En mi opinión, ambas afirmaciones son falsas. Me puedo explicar por qué Ricardo ha planteado de este modo la oposición entre ambas palabras: es conveniente para posicionarse en el actual debate entre Morena y sus opositores. Sin embargo, yo creo que plantear así las cosas no ayuda a comprender las polaridades sociales y políticas que estamos viviendo en el México de 2025.
La primera muestra de la falsedad politológica de las afirmaciones citadas nos la proporciona el propio Raphael: “Salvo momentos extraordinarios, la mayor parte de la historia mexicana ha estado dominada por [la] última ideología [la hegemonía política]. El régimen virreinal de la Nueva España se construyó sobre el descarte de todo aquello que se apartara de las instituciones del poder colonial.” Si el concepto propuesto nos explica formaciones estatales y regímenes políticos tan diversos como los que han dominado en México desde 1521, entonces realmente no explica nada. Pero, démosle la oportunidad al argumento de Ricardo y verifiquémoslo en la Historia nacional.
Recordemos 1.- Lo que hoy es México fue regido entre 1521 y circa 1767 (246 años) por una monarquía compuesta bajo los Habsburgos y Borbones, organizado en dos audiencias (Guadalajara y México), un virreinato (México), dos capitanías generales (Yucatán y Guatemala)… y bajo eso alcaldías mayores, gobernaciones y a ras de suelo, repúblicas indígenas con cabildo. (Un arreglo barroco… y esencialmente plural.)
Recordemos 2.- Entre 1767 y 1821 (54 años) el mismo territorio fue regido por los mismos mecanismos antes dichos pero con una cobertura extra: una red de Intendencias de las que surgirían los estados federados de 1823-24. En la Constitución de la Monarquía Española de 1812 (La Pepa) en cada Intendencia se crearon asambleas más o menos representativas y, hacia “fuera”, una delegación de diputados a Cortes del imperio. Aparte, se instauraron ayuntamientos electos que substituirían el sistema de “repúblicas indígenas” al declarar a blancos y originarios igualmente ciudadanos. (Un arreglo menos complejo que el previo, pero otra vez, esencialmente plural.)
Recordemos 3.- De 1821 a 1917 (96 años) nuestra República mantuvo una organización pluralista INCLUSO bajo el régimen central conservador, adonde los departamentos tenían órganos representativos y los ayuntamientos eran electos. El problema insoluble de los mexicanos decimonónicos era consolidar poderes ejecutivos fuertes y bien financiados que pudiesen dirigir lo que hoy llamamos “desarrollo”, tanto en los estados como a nivel nacional. Más interesante: En 1867, al Triunfo de la República federal, pese a que el régimen era presidencialista à-la-EUA, como el Congreso de la Unión era unicameral, y los diputados sesionaban en Palacio Nacional, la praxis era cuasi-parlamentaria. Desde 1857 Comonfort había dicho que así era imposible que gobernase un presidente. Por eso Juárez trató de restablecer el Senado ¡y falló! Lerdo lo logró, pero los caciques regionales se coaligaron contra él y apoyaron a Díaz. Eso nos deja tan sólo 34 años de régimen personalista bajo Díaz dictador… Pero resulta que los mejores historiadores, coordinados por Romana Falcón & Raymond Buve, nos han demostrado que Don Porfirio Presidente…, nunca [fue] omnipotente. (Puedes ver la referencia en mi artículo anterior.)
Recordemos 4.- De 1917 a 2018 (101 años), México fue una confederación de caudillos regionales hasta 1940, cuando la post-revolución finalmente empezó a construir un régimen centralizado. 23 años. La gloria centralizadora va de 1940 a 1997 (37 años) bajo el PRI clásico. Y de 1997 a 2018 (21 años) sufrimos un extraño feudalismo federalista. (Revisa Nexos 406 de octubre 2011.)
Es decir, en los 497 años que van de 1521 a 2018, México ha sido dominado por un régimen no pluralista en apenas 71 años (14% del periodo) y en ambos periodos los historiadores ponen en duda la potencia del actor político central. Igual que Falcón, Buve et al demostraron que Porfirio no era omnipotente, Jeffrey W. Rubin demostró que el priísmo clásico seguía siendo, hasta bien entrados los 1960, una confederación de cacicazgos regionales. (Puedes ver la referencia en mi artículo anterior).
La propuesta de Ricardo Raphael no nos sirve, pues. En ese nivel de abstracción (México desde la era colonial, Long Duration History) las categorías que realmente sirven son del tipo de las propuestas por Hobbes (Estado de Naturaleza vs Estado) o Marx-Engels (Lucha de Clases entre dominadores y dominados en sucesivos modos de producción).
Tú y yo, querida lectora, podemos aplicar las categorías hobbesianas para identificar momentos o espacios de caos y momentos o espacios de control estatal. Quien leyera al ya venerable autor inglés en 1700 podía imaginar, desde el palacio virreinal de México o desde la casa de la Audiencia de Guadalajara el espacio al norte del Río Bravo como caótico y las jurisdicciones de las audiencias de México y Guadalajara como provincias o reinos estabilizados, controlados. Quien aplique, para ese mismo momento y espacios la teoría marxista de la Historia nos diría que al inicio del siglo XVIII, el capitalismo de la plata, el azúcar y los esclavos había subsumido (absorbido y controlado) el corazón minero de Nueva España/Nueva Galicia y avanzaba hacia el norte buscando nuevas vetas para expandir la producción argentífera, subyugando a los pueblos indios para asegurar un hinterland agrícola y ganadero que sostuviese la producción minera y el flujo internacional de la plata (América-Europa-China-América).
¿Podemos usar las categorías que nos propone Ricardo Raphael del mismo modo? No.
Aparte los conceptos Pluralismo y Hegemonía no son “ideologías”, sino más bien “estados” o “situaciones” que puede tener una sociedad política en un momento dado. Es plural el estado de disgregación y es hegemónico el estado de centralización. (Y ojo, habría que discutir más el uso de la palabra hegemonía.) Sospecho que por eso mismo es que Raphael les pone a ambos conceptos el apellido Político. Pero no termina de clarificar la cosa…
Estamos ante el problema de la multitud y de la diversidad. Todas las sociedades humanas son plurales. Nuestra especie no ha uniformado a sus integrantes y organizado genéticamente sus labores, como sucede con las abejas, las hormigas y los corales. (O los “Borg” de la ciencia ficción estadunidense en Star Trek.) Las y los individuos humanos se organizan a través del diálogo. Por eso el lenguaje es la prueba central de la Humanidad de los diversos grupos humanos. (Esa es la lectura Lascasiana de Aristóteles a mediados de los 1500.) Una vez reconocida la diversidad el problema es cómo organizarla. (A fines de los 1500, Montaigne dice que nuestros enemigos son siempre nuestros caníbales…)
Las y los europeos guerrearon tres largos siglos alrededor de ese problema (1500-1800). De esas batallas nos viene nuestra tradición democrática. Te propongo repasar esa historia para entender de dónde viene la institución del pluralismo. Agarremos el caso inglés en el cual una de monarquías más poderosas evolucionó hacia un sistema plural y colectivo de gobierno.
El gran Tudor (Enrique VIII, el de las seis mujeres) se inventó la idea de King in Parliament para definir una soberanía que le permitió independizarse de Roma y asegurar recursos fiscales a una Corona perpetuamente endeudada. La idea estalló un siglo más tarde, cuando el Parlamento le cortó la cabeza al Rey (Carlos I Estuardo). De hecho, la teoría hobbesiana del Estado nace, precisamente, de ese caos práctico causado por dos fuentes opuestas de legitimidad política: Rey y Parlamento. La historia oficial británica llama a ese periodo Guerra Civil Inglesa. Pero el gran historiador marxista británico Christopher S. Hill (1912-2003) demostró que fue una verdadera Revolución. (Puedes consultar la versión castellana de su magnífico El Mundo Trastornado: El ideario popular extremista en la Revolución Inglesa, de 1972 en la Liga 2.)
Si vemos la realidad británica en los 1640 el “Estado de Naturaleza” de Hobbes es una falsedad material (nunca ha existido tal situación). Pero Hobbes lo usa para justificar el uso de la fuerza en contra de los rebeldes al orden establecido. Pero… ¿cuál orden? ¿El del Rey Estuardo o el del Parlmento Revolucionario? El famoso librito de Tomás Hobbes (El Leviatán) se publicó cuando aún no se sabía qué formación estatal prevalecería… así que don Tomás se curó en salud y dijo que no importaba si el Estado era monárquico o parlamentario, de todas maneras, debería ser soberano supremo: “aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa”. (Leviatán, 2da Parte [Estado], Cap. XVII [causas, generación y definición de Estado], en la Liga 3.)
Esa trampa hobbesiana nos permitirá entender mejor por qué las supuestas “ideologías” de Ricardo Raphael no son tales. La pregunta empírica de Hobbes era: ¿quién va a ganar en la disputa entre Rey y Parlamento? Como no pudo resolverla, adecuó su teoría política a cualquier resultado. El Estado puede organizarse plural o colegiadamente (en un Parlamento) o alrededor de un individuo (el Rey) –pero el Estado siempre será soberano. El caso británico es ejemplar para nosotros porque fue el primer Estado europeo adonde la organización triunfante fue colegiada… lo que abrió una serie de debates esenciales para la concepción moderna de la Democracia.
Ciertamente, el Parlamento que cortó la cabeza al Rey no logró estabilizar su dominio. Christopher Hill nos explica que a mediados del siglo XVII faltaba una pieza esencial para la reproducción estable de un gobierno colegiado: elecciones democráticas y representativas. Durante los siglos XVI (Era Tudor) y XVII (Era Estuardo), los miembros del Parlamento se seguían designando de acuerdo con el orden estamental en cada región del reino. Se hacía una reunión de notables en cada distrito, se debatía quién podría ser mejor “delegado” (que no “representante”) al Parlamento y se le daban sus credenciales. Es probable que en la mayor parte de las ocasiones ni siquiera hubiese una votación entre los presentes. (En esto sigo a John E. Neale, The Elizabethan House of Commons, Londres: Penguin, 1949.)
En otras palabras, cuando el Parlamento Inglés ganó la Guerra Civil (1648, en realidad la primera revolución inglesa), la soberanía parlamentaria aún no era soberanía popular. Y, por lo mismo, el régimen revolucionario de los puritanos independientes de Cromwell no pudo estabilizarse. La única institución popular en el Commonwealth cromwelliano era el New Model Army, creado por pastores y activistas políticos a partir de células activistas en comarcas rurales y barrios urbanos. Fue ese Ejército el que apoyó a Cromwell-Lord Protector para disolver varias veces lo que quedaba del Largo Parlamento que inició la revolución contra el Rey. Ese Ejército no se institucionalizó como milicia democrática, sino que se hizo profesional. Así que a la muerte de Cromwell, Inglaterra no tenía ni rey ni parlamento. Los parlamentarios sobrevivientes de la gran revolución se reunieron y en 1660, y usando la soberanía ganada invitaron al hijo del rey decapitado a ocupar el trono. Para su mala suerte, ese rey (Carlos II Estuardo) no tuvo descendencia. Le sucedió su hermano Jacobo, quien resultó un desastre y el Parlamento debió deponerlo en 1688. Eso sí: le ahorraron la decapitación. Esta fue la segunda revolución anti-Estuardo, llamada Gloriosa. Gran Bretaña se tardaría aún siglo y medio en construir un sistema de elecciones democráticas, pero hacia 1700 era clarísimo que el poder soberano residía en el colegiado y no en el monarca.
¿Cómo le hicieron los ingleses? Primero, el Parlamento respetó las libertades ganadas en la Gran Revolución Inglesa. (La más importante: el Rey NO es el soberano.) Segundo, las facciones en el Parlamento aceptaron que debían hacerse responsables de sus decisiones políticas concretas, creándose un sistema de gobierno por gabinete en el cual un desastre político, una derrota militar o un escándalo hacían caer los gobiernos. Para 1770 este sistema de gobierno podía debatir abiertamente con sus súbditos en América si las decisiones del gobierno en Londres eran aplicables en las colonias pese a que los habitantes de estas no estuviesen representados en el Parlamento.
Benjamín Franklin era un leal súbdito británico que peleó –como representante de Pennsylvania y otras colonias en Londres– por obtener esa representación parlamentaria. (Si él y sus aliados londinenses hubiesen vencido en ese debate, el imperio británico se habría organizado como una federación de estados bajo la misma corona-parlamento.) Cuando el proyecto de Franklin falló, el domador del rayo se volvió el más rabioso de los independentistas de 1776. Y fueron esos británicos en América quienes desarrollaron una idea esencial para nuestro Estado democrático moderno: Un gobierno no puede ser estable sin el consentimiento de los gobernados (the consent of the governed).
Nota, querida lectora, que reconociendo el gobierno colectivo y la pluralidad se abrían mil posibilidades de organización y un debate interminable. Derrotados los Estuardo, los pueblos de habla inglesa no han vuelto a considerar siquiera la posibilidad de otorgar la soberanía al monarca-presidente. Para nuestra suerte, como te expliqué en mi repaso histórico, la praxis social y política mexicana siempre ha estado más cerca de esa tradición de soberanía colectiva-pluralista.
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://www.milenio.com/opinion/ricardo-raphael/politica-zoom/el-triunfo-de-la-hegemonia
Liga 3:
https://www.marxists.org/espanol/hobbes/1651/leviatan/leviatan.htm





