Luis Ricardo Guerrero Romero

El abuelo de Francisco, hermano menor de la familia de la casa de don Cecilio, desposado con la mujer mayor de la familia de Pedro, cuando Pedro era un hombre acaudalado y tuvo seis mujeres disolutas: Sofía la dominatriz, y las otras cinco provenientes de la hacienda de doña Martha, con quienes tuvo asuntos epicúreos siendo jefe de familia José, el del pueblo. Allí había parentela con los hermanos de la familia de don Cecilio, de donde provenía el abuelo favorito que consentía a toda costa a Francisco, un joven elegante y apuesto que había heredado los gustos de su familia materna y las características fenotípicas de la consanguinidad paterna. Ese joven caballero del cual varias mujeres estaban enamoradas sin suerte alguna, pues él dedicaba todos sus versos y miradas más seductoras hacia la grácil y sofisticada silueta de la tía: sor Teresa. Novicia alegre, inteligente y servicial que en periodo vacacional gustaba de dedicar noches completas al convivio familiar que por elección había dejado desde hace tres años. Sor Teresa empleaba sus tiempos para la recreación familiar incluido el apuesto Francisco, nieto amado del abuelo, todos compartían sonrisas y relatos al calor de los tequilas según el gusto de cada convidado. Francisco no dejaba para después el coqueteo a sor tía –así la llamaba–, y aunque ella era una dama consagrada a los honorables servicios del altar y presbiterio y su cuerpo y alma eran sólo para los elegidos de Dios, no despreciaba hacerle favores a su sobrino, quien elevaba salmos y antífonas mientras apasionadamente pasaban horas con sor tía. Era evidentemente una familia muy unida, la fe católica siempre apuesta por la sagrada comunión, y en esta familia no hubo excepción. Por las mañanas, todo mundo se ocupaba en sus menesteres excepto el abuelo y sor Teresa, que gustaban charlar sobre el amor familiar que coexistía entre los muros de la casa. No obstante, la hermana Teresa tenía una noticia que comunicar a la familia y la última tarde que pasó con ellos, y con Francisco, sor Teresa antes de la hora nona les externó que, por órdenes de la superiora, habría de partir a Italia a seguir su preparación. La conmoción no esperó, y todos los integrantes se abalanzaron sobre ella, sentados se veían el abuelo y Francisco, un abatimiento interno se apoderaba de ellos, ambos conocían bien a sor Teresa. Francisco, quien ofrendaba su lozanía a las caricias de sor tía; y el abuelo, quien por las noches filmaba con la autorización de sor Teresa, aquellas entregas concupiscibles entre el nieto preferido y su erótica devoción.

La pornografía, ejemplo clarísimo de la animalidad que cohabita en nuestro ser, quien más pornografía ve, más animal es, decía en su mente el abuelo de Francisco que deseaba sentirse vigoroso y tenaz. La actividad de ver o hacer pornografía como sor Teresa, es tan antigua como los actos religiosos, incluso podemos decir que se suscitaron a la par o quizá fue primero la pornografía antes que la otra. Existen cientos de documentos y miles de imágenes religiosas que aluden a los actos sexuales, es decir “pornos” del griego antiguo πορνος (disoluto, salaz) en honor o placeres de los dioses en las pretéritas religiones, desde los egipcios, hasta nuestros días, la pornografía o insinuación de esta se encuentra en los altares. Quién no recuerda al vigoroso Zeus (dios de dioses) que gustaba de poseer lascivamente a las mujeres. En los textos griegos y bíblicos, hay sin duda pornografía, es decir, fornicación escrita, pues eso es lo que significa literalmente esa palabra, la voz helénica πορνευω (porneo> porno), la cual es herencia de la πορνεια (porneia), acción deshonesta, pero sobre todo y antes que todo, significa idolatría. De tal suerte que la idea primigenia de pornografía es ser idólatra, a qué o con referencia a quién, sólo el sistema lo determinará. La idolatría es un excesivo culto a personas o a algo, la clave de la pornografía está en el culto, como el abuelo de Francisco quien tenía un culto por sor Teresa y su nieto. Y si es un culto, ¿todo acto sexo-genital será entonces pornográfico? Somos como dice el abuelo, registro de la animalidad.

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