david pérez
Bad Bunny encabezará el show de medio tiempo del Super Bowl LX en Santa Clara. Lo anunció la propia NFL junto con Apple Music y Roc Nation. El artista más global en español ocupará el escenario más masivo de la televisión estadunidense.
Acto seguido, el ataque previsible: megáfonos conservadores tachándolo de «anti-americano», expertos televisivos en modo alarma cultural, y —más grave— la amenaza de convertir el espectáculo en operativo migratorio. Corey Lewandowski, asesor trumpista, presumió que habrá presencia de ICE en el estadio durante el show. No es opinión, es aviso de coerción estatal en un evento deportivo.
Contraataque
Por eso escribo contra dos cosas: la policía cultural que busca expulsar del «ritual americano» a quien canta en español o cuestiona el poder, y la deriva punitiva que pretende usar el deporte como escenografía de miedo.
El medio tiempo no es sagrado; «lo sagrado» —en democracia— es que el Estado no te persiga por ir a un concierto, y que el espectáculo no funcione como filtro ideológico.
Las posturas políticas del Conejo Malo
Bad Bunny se ha ocupado de politizar la conversación sobre Puerto Rico y el Caribe. En 2024 declaró con lágrimas en los ojos que los políticos «no son superestrellas, son nuestros empleados», en defensa de la rendición de cuentas democrática. Habrá que explicarle al cantante que la relación entre funcionarios públicos y la ciudadanía no es exactamente así, pero entiendo que pretende señalar la exigencia propia de quienes ejercen cargos públicos.
En su álbum Debí tirar más fotos (2025) articuló una crítica abierta al colonialismo y a la gentrificación, incluyendo un rechazo explícito a una estadidad a «la Hawái» que homogenice y desplace a residentes locales. No es moda, es posición.
Fuera de estudio, ha señalado a los operativos del ICE en Puerto Rico, llamando «hijos de p…» a agentes en detenciones de personas; también condicionó su agenda en EU por temor a redadas en recintos. Eso es lo que se le cobra al conocerse su participación en el medio tiempo de la NFL.
Cuando desde un mitin se insultó a Puerto Rico como «isla flotante de basura», el cantante respondió y más tarde expresó apoyo a Kamala Harris; no por fetichismo partidista, sino por dignidad isleña.
La reacción
Megyn Kelly resumió el anunció del show como «un dedo medio a MAGA». La discusión no se enfoca en la música, se enfoca en la pérdida del control simbólico del show televisivo americano por excelencia. Emmanuel Acho, con frase misógina («Bad Bunny was a woman»), proyectó desconcierto ante el anuncio. Y el ecosistema MAGA amplificó quejas por cantar en español, por estética «fluida» y por su historial anti-ICE.
El salto cualitativo es lo de Lewandowski: amenazar con ICE en el estadio. Ahí la batalla deja de ser cultural para volverse política pública de intimidación.
¿Qué está realmente en juego en esta pelea?
Quién controla la narrativa de Estados Unidos en su rito masivo, eso está en juego. La NFL fichó a un boricua que canta mayoritariamente en español y que no siempre se calla. People y ESPN lo presentaron como el artista principal, USA Today y PBS colocaron el hecho en clave de identidad latina en horario estelar. La respuesta de «indignaditos» revela que una parte de ese país solo tolera voces «extranjeras» si no son simplemente parte del decorado.
Objeciones
— «El Super Bowl no es para la política». El Super Bowl siempre ha sido política: canciones patrióticas, sobrevuelo de bombarderos, desfiles de cuerpos policiales, patrocinadores que legislan a través del lobby. Lo novedoso es que ahora la política no coincide completamente con la Casa Blanca.
— «Es un insulto a los aficionados conservadores». No, tienen derecho a no estar de acuerdo con el show y ejercer toda la presión discursiva para manifestar su postura. Lo que sí se pretende —con ICE— es amedrentar a públicos específicos (latinos y migrantes) para que se autoexcluyan. Esa es la definición de una política de exclusión.
— «No habla por Estados Unidos». Puerto Rico es Estados Unidos cuando conviene y cuando no se hace notar; con todo, sus ciudadanos son estadunidenses. Lo incómodo es que un cantante acapare todos los focos mediáticos en un país en que, en este momento, dicho artista no encaja en la postal patriótica del presidente.
¿A quién le molesta el Conejo Malo?
Bad Bunny no solo representa la «diversidad» de cartelera: disputa el relato. Cuando canta contra la «Hawái-zación» de la isla, conecta gentrificación, fiscalidad y colonialismo. Cuando graba a ICE en la calle, rompe la ficción de que la violencia estatal es ajena a la escena pop. Eso convierte su show de medio tiempo en una contienda por el sentido de lo «americano».
Un show Bad Bunny no «provoca» a Estados Unidos; le muestra a Estados Unidos lo que ya es: complejo, hispanoparlante, en disputa. Lo verdaderamente anti-americano no es cantar en español; es poner policías para amedrentar migrantes, ese no es el sueño americano.
IG: @davidperezglobal





