Luis Ricardo Guerrero Romero

Fuimos a constatar que realmente en la “zona muerta” del Golfo de México (donde se encuentra la desembocadura del Misisipi, y muy cerca de Nueva Orleans), exista nula probabilidad de vida marina. El profesor de la universidad nos había explicado sobre el tema que tanto le espantaba porque dicha área cada día parece avanzar en su deterioro. Era inaudito que un mar se estuviese contaminando tanto a causa de la basura y variedad de desechos producidos por nosotros los animales racionales. Pues lamentablemente el profesor tuvo razón, aquello era un mar de porquería, un mar de cardumen-cadáver, un sitio en donde un espesor verde se apoderó de la claridad y belleza del color lapislázuli que el mar comúnmente ofrece. Cerca de la orilla, observamos algo impensable, un insecto, a decir verdad, alguna clase de díptero que sobrevolaba el espesor contaminado, el sonido que emitía parecía un gemido triste y agonizante de un gato —aunque el bicho presumía de lozanía—, sus alas revoloteaban lento y tenía unas patas tan largas que podíamos medirlas con precisión desde lejos, pero lo más extraño fue que aquel insecto o rareza voladora poseía una mirada humanoide. Obviamente, la extrañeza se conjugó con el espanto, nadie en clases de entomología había estudiado tal aberración. Primer flash, el insecto se posó sobre la tensión superficial; segundo flash, los gemidos emitidos por aquella criatura aumentaron decibeles; tercer flash, el ataque hacia Paola, la fotógrafa del grupo. Intentamos quitarle del rostro aquella absurda creación voladora, pero sus horrendas patas se aferraron a los ojos, nariz y cabeza, y presa, mordida por aquello que aún no logramos entender, Paola, como era de esperar, fue infectada por una extraña enfermedad. Lleva días gimiendo a causa de fiebre, y en su mirada hay un efecto de tripofobia, ya no tiene ojos, sino ocelos, y es difícil acertar hacia dónde dirige la mirada cuando alguien intenta hablarle. Los médicos le pronostican la muerte, y nosotros al insecto le presagiamos más vida, irónicamente en la “zona muerta” del Golfo de México.

Es de esperar que una mordedura de un insecto inexplorado, de hábitat sumamente contaminada, dañe de modo irreversible al sistema inmunológico del ser humano. Fue el caso de Paola (nuestro personaje de honrosa memoria) que al ser atacada por este extraño ser, inevitablemente muere. Ese ataque, nadie del grupo lo esperaba, y se perdieron las esperanzas cuando los síntomas se agravaban. Sus compañeros no pierden la esperanza de encontrar aquel fenómeno volador, pero lo más terrible del caso es que Paola se encontraba esperando e iba en el cuarto mes. Ya ni que hablar de la virtud teologal: esperanza, pues el bebé que venía en espera también murió. En fin, que en este relato el dicho de: “la esperanza nunca muere”, no dio resultados. A propósito, esperar tiene mucho que ver con resultados, engendrar, producir o diseminar, o al menos eso nos indica la voz helénica: σπειρω (speiro), que al ser pasada por la cultura romana se expresó como: spes: esperanza, es decir que el diptongo ει en σπειρω, quedó en fonema /e/, y así se logró formar el verbo esperar: speiro> spero> spes> esperar. Pero la referencia que no se debe pasar por alto es que la voz griega ya enunciada significa: sembrar, es decir, no parar de obrar hasta que algo suceda, la cosecha. El sentido de esperar tiene sus raíces en la acción de sembrar, relación muy obvia, pues como todos sabemos la construcción de nuestro lenguaje, mucho se debe a los antiquísimos usos y costumbres de los primeros habitantes de lo que es nuestra civilización. La esperanza es confianza, con fe; esperar es ser constantes en algo o con alguien para que suceda lo esperanzado, como es el hecho de una siembra, que a base de constancia y confianza se llega a la cosecha.

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