Luis Ricardo Guerrero Romero
… ¡mmmmm, fuuuuu! Ya era demasiado. Ya era insoportable. Ya era un suplicio. Ya era un: ¡desaparece!
En la mente de Enrique hacían eco las expresiones citadas. Pero él, no hacía ninguna clase de acción, sólo seguir inerme ante una realidad de la cual no era capaz de romper. Porque desquebrajar un apego, una inseguridad es temible. Aunque la cosa es más fácil de lo que se piensa, únicamente hay que dejar de pensar, y actuar. Debido a que, el sentimiento, “el corazón”, son insuficientes e innecesarios para las buenas decisiones, las emociones se ven ofuscadas cuando no se puede amar bajo condiciones sumamente inoperables.
La conciencia de Enrique se amoldaba con su oreja en la almohada diciendo: —Hay relaciones donde basta un gesto, una mala acción por subjetiva que sea, un error por cualquiera de las dos partes para que se diga: ¡no!, no más y jamás—. Pero la cosa se vuelve basura cuando se pasa por alto algo y luego todo se tergiversa.
Con el tiempo Enrique supo que, en realidad, nunca lo quisieron y que tan sólo desembocaban en él las inutilidades de la vida. Hay gente que no sabe querer, y piensa que está amando, sintiéndose dueña y plena de los otros. Eso es una subclase del querer en una persona ignominiosa y poluta de corazón.
Todas las noches sin saber las consecuencias, Enrique clama a los cielos: ¡ya, desaparece! ¿Qué clase de pesadilla eres?
Cuando se habla de clase es muy común pensar en: educación, niveles sociales, tipos de vehículos, taxonomías clínicas, variedad de vinos, jerarquías en la milicia, distintas enfermedades, perturbaciones y amores. Pero lo cierto es que estas cinco letras juntas generan una palabra grave, quizá la gravísima por antonomasia. Pues pocos recuerdan que el sustantivo: clase, tienen su origen en la división, la segmentación, la separación, el fraccionar.
Ya desde la voz helénica: κλαω [clao]: quebrar, o bien el romper; nos indica lo duro del sentido que es para esta época el asunto de la clase. Por otro lado, en el latín encontramos la voz: clasis, acción de romper. Clasis, generó nuestro sustantivo castellano: clase, con toda la fuerza y el sentido de original, puesto que, aún hoy, al hablar de clases o clase, al citar esa palabra, se hace alusión a la división: —hasta en la basura hay clases—, suele expresarse.
El punto aquí es: quién diablos es el clasificador, ¡cómo y por qué! ¿Qué clase se persona es tal persona? ¿Por qué el regreso a las clases segmenta a la sociedad?, por último: ¿se han percatado que todo en el mundo está clasificado?
Con razón ya explica con pericia este y más asuntos el maestro Noam Chomsky en su libro: ¿Qué clase de criaturas somos?
Al parecer la palabra clase ha quedado corta para la mujer del tal Enrique.





