Emilio Payán
La infancia no se recuerda: persiste. No es un territorio al que se vuelve, sino una fuerza que actúa en silencio. En la de Claudia Norman ya estaba trazado –sin que entonces pudiera leerse– el impulso que vendría después: estar con otros, construir un espacio común, sostener desde la sombra aquello que permite que algo exista. Así, la infancia no quedó atrás: se volvió el hilo que da sentido a una vida dedicada a hacer posible el encuentro.
Creció entre dos mundos que no se contradecían. El de su padre, Hugo Norman Martínez, tenor solista desde niño, formado en la disciplina coral, para quien la música era una responsabilidad colectiva. Los fines de semana eran ceremonia: conciertos, ensayos, viajes. Claudia aprendió pronto que las representaciones empiezan antes del telón, en la espera, en la paciencia, en la mano que acomoda lo invisible. Detrás del escenario encontró su primer territorio.
El otro mundo era el de su madre, Teresa Mora Vázquez, quien tras el divorcio volvió a la universidad para estudiar antropología y compartió con sus tres hijas una manera de mirar: entender al ser humano como parte de un tejido mayor. Comunidades, intercambios, memorias. Música y antropología hablaban el mismo idioma. La certeza de que toda existencia es compartida.
“Productora desde los 8 años”, diría su madre. En la primaria pública cercana a su casa organizó festivales y ceremonias, convocó a niños, madres y vecinos. Mandaba, sí, pero sobre todo coordinaba. No aprendió a producir, sino a reunir.
La disciplina llegó temprano: cuatro horas diarias de esgrima y natación competitiva. Luego la fractura. Una descalificación injusta, una puerta cerrada por corrupción rumbo a los Juegos Centroamericanos, una mano lesionada. Claudia entendió entonces que los sistemas fallan y que el mérito no siempre basta. De ahí nació una exigencia que no la abandonaría: hacer las cosas con el rigor de honrar el trabajo.
La adolescencia fue un laboratorio. En el Centro Activo Freire encontró una educación sin uniformes ni solemnidades: se tuteaba a los profesores y el pensamiento se construía de manera colectiva. Allí apareció Rocío Echevarría, amistad, complicidad, espejo. De ese encuentro nació el colectivo Pasado Meridiano. Compartieron danza y desvelo, ideas y proyectos. Rocío bailaba, Claudia organizaba. Una afinaba el movimiento, la otra buscaba los recursos. Un acuerdo tácito dio forma al proyecto común. Alguien tenía que sostener el fuego.
A los 23 años, con 500 dólares obtenidos en una venta de garaje y sin hablar inglés, partió a Nueva York, al East Village, siguiendo a Carlo Nicolau, músico y compositor. Aprendió el idioma entre bibliotecas públicas, monjes budistas y barrios de inmigrantes. El frío fue una prueba; la ciudad, una escuela que enseña a quien sabe mirar.
Desde entonces, mantiene un vínculo activo con México, no como nostalgia, sino como pertenencia. Su paso por la carrera de estudios latinoamericanos en la UNAM afinó una mirada crítica que dejó marca en su trabajo. En Nueva York hizo lo que siempre había hecho: crear comunidad. Fundó Celebrate Mexico Now Festival, un encuentro que no busca representar a México como postal, sino abrir preguntas. Durante más de dos décadas trabajó con artistas emergentes y consagrados, comunidades migrantes, instituciones y espacios independientes. Gestionó visas en contextos hostiles y sostuvo la presencia cultural cuando la política se replegaba.
Desde Nueva York, su labor como productora, consultora y gestora cultural ha tejido puentes entre escenas, países y lenguajes de las artes escénicas en Estados Unidos y América Latina. Su práctica se sostiene en una convicción simple: crear las condiciones para que el encuentro ocurra. Esa experiencia continúa hoy en la docencia, como profesora de la maestría en gestión cultural y emprendimiento en las artes escénicas en The New School.
Con Rocío construyó también la memoria de 20 años de Mexico Now, un libro conmemorativo que es ante todo un relato vivo. Reúne anécdotas, caídas, logros, lo que ocurre en escena y lo que sucede detrás. Editado con cuidado, impreso en México, sostenido por alianzas improbables y por la certeza de que ese trabajo debía quedar registrado para el futuro. Se presentó en el Center for Fiction de Nueva York en noviembre y en el Centro Cultural Helénico en la Ciudad de México en diciembre de 2025.
La historia de Claudia Norman no avanza en línea recta, es circular, como la memoria, la amistad, la música coral de su infancia. Sigue haciendo lo mismo que aprendió de niña: reunir, sostener, insistir. Mientras alguien cruce un escenario gracias a ese trabajo silencioso, el fuego seguirá encendido.





