Luis Ricardo Guerrero Romero

Leonardo tenía que decirlo, era tanta la molestia que sentía con aquel compañero del salón de clases que un insulto no le bastaría, y entonces, únicamente entonces, le arrojó su mejor arma, decirle una verdad que era irrefutable y que su compañero “incómodo” no la sabría. Leonardo interrumpió la clase diciendo: -Prof. ¿Verdad que mi compañero es un completo heterótrofo?-; A lo que el maestro dijo: ¡claro, y desde su nacimiento! Entonces el victimario, no tuvo más que arrojarse al patio de tierra, encima del hormiguero para ser devorado por los insectos.

La palabra trófico (la cual dio vida a conceptos como heterótrofo y autótrofo) parece llevar en sí misma el rumor de una mesa antigua. Su sonido recuerda algo que circula, que pasa de mano en mano, como el pan compartido o la leche que una madre ofrece al hijo. No es casualidad: el término proviene del griego τροφή (trophḗ), voz que significaba “alimentación”, “nutrición”, pero también “crianza”, “cuidado” e incluso “educación”. A ello se suma el sufijo -ico, que indica relación o pertenencia. Así, trófico es, literalmente, “lo relativo al alimento y al cuidado”. Sin embargo, como ocurre con las grandes palabras heredadas del mundo clásico, su significado rebasa la simple biología y se convierte en una metáfora de la existencia.

Los antiguos griegos comprendían que alimentar no consistía únicamente en llenar el estómago. El ser humano también se nutre de relatos, afectos, símbolos y enseñanzas. De ahí que trophḗ pudiera aludir tanto al acto de amamantar como al de educar a un ciudadano. Alimentar era cultivar. En cierto sentido, el maestro también era una suerte de panadero del alma.

Cuando la ciencia moderna adoptó el término para hablar de la cadena trófica, recuperó, quizá sin advertirlo del todo, aquella antigua intuición griega: la vida existe porque algo sostiene a otra cosa. El sol alimenta a las plantas; las plantas nutren al herbívoro; el herbívoro sostiene al depredador; y finalmente la muerte alimenta a la tierra. La naturaleza entera parece escrita como un inmenso banquete circular donde nada vive aislado. Toda criatura es, simultáneamente, comensal y alimento.

Pero el concepto trófico también ha penetrado en la cultura con un poderoso sentido simbólico. Decimos que una lectura es “nutritiva”, que una amistad “alimenta el espíritu” o que ciertos discursos “empobrecen” el pensamiento. La lengua conserva así la memoria de la raíz griega: vivir es nutrirse. Incluso las civilizaciones pueden describirse mediante su dieta simbólica. Hay culturas que se alimentan de la memoria; otras, de la velocidad; algunas, de la contemplación; otras, del consumo incesante.

En el fondo, lo trófico no habla solamente del hambre corporal, sino de la dependencia secreta que une a todos los seres. Ningún hombre se basta a sí mismo. Somos criaturas tróficas: vivimos de lo que recibimos. La palabra, observada desde su raíz helénica, nos recuerda una verdad antigua y humilde: existir es participar en una cadena de cuidados donde cada vida, al nutrirse, también nutre.

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