Ricardo Bravo

Hace poco más de veinte años que los mexicanos conocemos esa extraña sensación, contradictoria, que surge en nosotros cuando, en nuestra vida cotidiana –al ir al supermercado, al salir de fiesta, en un viaje familiar– irrumpe esporádicamente un convoy militar con sujetos que esconden su identidad mientras sostienen armas que solo hemos visto en las películas. Difícil describirlo: una sensación de seguridad insegura. Nadie, por voluntad propia, quiere estar cerca de esas máquinas de matar. Pero la coyuntura nos fuerza a que lo estemos y, bueno, por lo menos están en manos de los nuestros. Porque son los nuestros, ¿verdad? Lamentablemente, esa sensación la conoce cada vez más gente en el continente.

El vecino del norte, en tan solo dos años, ya ha normalizado la presencia de cuerpos militares en las calles que buscan gente morena y con bigotes incipientes para darles un pase gratis de regreso a donde vinieron. Un problema: a veces no vienen de ningún lado; a veces se parecen a los de acá, del sur, pero son de allá. Y no tienen idea del español. Pero la humillada y las malas condiciones de su detención nadie se las quita. Muchos, de hecho, han muerto en esas detenciones militares. Eso también se está normalizando. Estados Unidos y sus ais(ICE)esinos forman parte del panorama habitual en varios estados de ese país.

Pero el interés del gobierno estadunidense va más allá de los criminales que ingresan ilegalmente a su territorio, trayendo consigo drogas y caos. El gobierno del norte se ha asignado la tarea de detener el flujo de drogas hacia su país y piensa hacerlo atacando el problema “desde la raíz”. Objetivo loable. Empiezan, seguro, por hacer preguntas intuitivas como: “¿Por qué este problema ocurre especialmente en nuestro continente? ¿Por qué tenemos un consumo de drogas tan elevado y cómo se distribuye? ¿Quién gana con este negocio multimillonario? ¿Por qué la violencia del narcotráfico sube desde el sur del continente y se detiene dramáticamente en la frontera norte del territorio mexicano?” Todas ellas, preguntas pertinentes que necesitan respuesta para proponer soluciones efectivas. No, esos cuestionamientos son innecesarios. La respuesta resulta más sencilla: los militares van a salvarnos de los malditos narcos.

El llamado “Escudo de las Américas” ya moldea la estrategia de seguridad de muchos gobiernos del continente. La Cumbre de gobiernos amigos (que para esos amigos…) promueve una alianza militar internacional para combatir el narcotráfico, perdón, ¿qué digo narcotráfico? El TERRORISMO de las organizaciones criminales. Que se sienta la urgencia. La última incorporación al mentado Escudo es la de Colombia. El flamante nuevo presidente colombiano, mientras su país lucha con los escombros de uno de los terremotos más fuertes de su historia (solidaridad con el pueblo colombiano), tuvo un poco de tiempo libre para autorizar operaciones militares conjuntas con las fuerzas armadas estadunidenses en su territorio. Pete Hegseth, secretario del Departamento de, dice él, “Guerra” de los Estados Unidos, celebraba la autorización. Esta autorización se suma, según Hegseth, a las de los gobiernos de Ecuador, Guatemala y Honduras.

Honor a quien honor merece: el gobiernoecuatoriano fue el primero en solicitar el apoyo de los militares estadunidenses en su territorio. En 2024, el presidente Noboa declara el primer “conflicto armado interno internacional” y tiende la mano en busca de ayuda. ¿Quién mejor que el secretario de guerra del país con más conflictos armados, autoimpuestos, para importar la paz a tu territorio? Esto, a pesar de que en 2025 los ecuatorianos votaron NO en el referendo sobre la instalación de bases militares estadunidenses en Ecuador. Por su parte, los gobiernos guatemalteco y hondureño niegan la presencia de operaciones estadunidenses en sus respectivos territorios. Hablan de cooperación estratégica y tecnológica. Abren la puerta a la posibilidad… pero la cierran rápidamente. Hasta el momento, no hay registros de operaciones en las que hayan estado inmiscuidos militares estadunidenses en ninguno de esos dos países.

Pero el problema no es, o no lo es solo, que se abra la puerta al Departamento de Guerra del país hegemónico en la región para que participe en operaciones de seguridad. No, el problema es el convencimiento de casi todos los gobiernos del continente de que el uso de las fuerzas armadas es la única solución viable para enfrentar el crimen organizado. Esto, en una región que conoce a fondo las dictaduras militares. Hablando del tema, y parece chiste por lo mal que nos hace quedar a la especie humana por aquello de que “somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, la nueva presidenta de Perú, Keiko Fujimori, propone sacar a los militares a la calle para labores de seguridad y para la administración de las cárceles. La distopía de Nayib Bukele también tiene, en un papel central, a las fuerzas armadas salvadoreñas, violadoras de derechos humanos según múltiples organizaciones, desde el inicio del régimen de excepción en ese país en 2022.

Ya en el ambiente electoral, el candidato de ultraderecha a la presidencia de Brasil, Flavio Bolsonaro, propone declarar a las bandas del narcotráfico como organizaciones terroristas. También, propone un “paredón” (no, no es lo mismo que Wall) compuesto por la marina, la milicia y las fuerzas aéreas, para blindar al país de las drogas que alimentan a las organizaciones criminales. Y sí, brillan por su ausencia en esta exhaustiva lista los gobiernos de ultraderecha de Chile y de Argentina. Puro cálculo político: sus poblaciones tienen mejor memoria de las atrocidades castrenses. No vendería bien. Pero, de cualquier manera, prometen mano dura.

Finalmente aterrizamos en territorio mexicano. Primero, y por más que se hagan memes al respecto, los militares llegaron a la calle en 2006 y debemos seguir achacando la responsabilidad histórica a Felipe Calderón. Sorprende todavía que mucha gente crea que lo que nos falta en el país es mano dura; ir con furia contra los criminales. Olvidan la Guerra contra las Drogas de Calderón; los estudios de los investigadores del Programa de Política de Drogas del CIDE sobre el aumento del índice de letalidad militar en ese periodo. Estos estudios revelan indicios y reportes de uso ilegítimo de la fuerza por parte de las organizaciones castrenses durante ese sexenio.[1] Tan sistemático y notable en las cifras que algunos concluyen que las fuerzas castrenses mataban por orden.[2] Mano dura había y el resultado lo conocemos todos.

Ya no estamos en esos tiempos. Ahora somos un faro para la izquierda internacional y, por tanto, anticastristas, ¿verdad? Sí, pero solo en un inicio. Andrés Manuel López Obrador hizo campaña con la firme idea de que “los militares debían regresar a los cuarteles”, pero después de su victoria todo cambió. Algo turbio: una reunión en el Campo Militar n.º 1 entre el presidente electo y los militares, y hubo un golpe de timón. Un sexenio completo y uno en curso de gobiernos “progresistas” y los militares siguen en las calles. La Guardia Nacional no deja de ser un cuerpo militar, con mandos militares, al que cada vez se le encomiendan más tareas que le otorgan mayor poder. Se nos olvida que Lázaro Cárdenas separó la Marina y la Milicia en dos entidades, entre otras cosas, para evitar el empoderamiento de gente con instrucción militar y fuertemente armada.

Nos queda agarrarnos a la esperanza de que la estrategia de seguridad actual es militar, pero diferente: enfocada en el desmantelamiento financiero de las organizaciones y de sus complicidades políticas; garante de los derechos humanos de los criminales y que no recurre a ejecuciones extrajudiciales. Hay algunas cifras que podrían respaldar esa esperanza y símbolos que el gobierno ha construido para darle algo de sustento a esa retórica. Pero, por lo pronto, México es uno más de esos países que aceptan que las fuerzas armadas son la solución al problema de las organizaciones criminales. ¡Ah, lo olvidaba! También los tenemos realizando tareas de control migratorio. ¡Menuda compañía en la que estamos!


[1] https://politicadedrogas.org/site/investigacion/id/146.html
[2] https://insightcrime.org/es/noticias/analisis/ejercito-mexicano-propias-reglas-guerra-narcotrafico/

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