Luis Ricardo Guerrero Romero
Cuando lo volvimos a escuchar sabíamos qué había pasado, esos relatos sobre la vida que era mejor antes ya nos tenían cansados, y es que quizá sí, quizá la vida era mejor antes en sus tiempos debido a que en su juventud o madurez le era más sencillo llevar las cosas a cabo, y quién sabe, nosotros no sabemos si en 80 años diremos lo mismo al no saber emplear numerosas tecnologías que nos rebasarán. Sin embargo, él en su viaje, no hablaba de las complicaciones del uso de aparatos electrónicos cuando se refería a que la vida antes era más más sencilla, él hablaba de algo tan básico y común, de la comida o el estudio. Y comenzaba: –Hijos, la vida era más suave en mis tiempos, uno iba a la tortillería y se formaba esperando el turno sin que eso fuera una tortura, pues sabíamos que, al llegar con doña Pera, allí al ladito de la báscula un simpático salero nos esperaba para sazonar una tortilla recién sacada de la máquina, entonces ir a las tortillas era parte del ritual alimenticio, era… cómo decirles, un tentempié tradicional. No que ahora, hay anda un pinche ruidoso de motocicleta anunciando en cada claxon: ¡ya traje las tortillas, ineptos que no sirven ni para ir a comprarlas!, la verdad no sé por qué les gusta comprar las tortillas con ese repartidor. ¿Piensan que exagero?, véanse haciendo la tarea de sus escuelas, quejándose porque tienen mucho que copiar y pegar, no dramaticen, yo los escucho quejándose con sus papás al decirles que no pueden ayudar en labores del hogar porque su maestro les encargó una investigación, ¡no chinguen hijos!, mejor investiguen qué sí es una investigación, ustedes y sus maestros. Ya sé, ya sé, pensarán que porque soy viejo no me adapto, pero este gallo que me formé, me sabe a todos esos recuerdos, y cada toque es un año atrás de mi vida, entenderán de qué hablo cuando estén también atizando esta hoja, aborigen del Himalaya.
Los abuelos, siempre con un as bajo la manga, como es el caso de don Justo el abuelo de nuestro relato quien al entrar en contacto con la: cannabis sativa, “aborigen del Himalaya” contaba sobre su vida. A él le parecía más adecuado llamarle así a la mariguana, y pues cada quien le dice como quiere: alfalfa, chora, coffe, chabela, chíchara, chipiturca, flor de Juana, goma, grifa, grilla, güera, join, Juanita, etcétera. No es común escuchar eso de “la aborigen”, pero en cierta manera don justo le hacía méritos a tal nombre, ya que lo remontaba a sus orígenes. Pues, la palabra aborigen, no es para nada sentido despectivo, ya que, si alguno de nosotros hemos radicado desde siempre en esta tierra potosina, somos netamente aborígenes. El origen de esta palabra es proveniente de la antigua Roma; en donde existía un grupo poblacional natural de la zona, a la cual fueron a conquistar, estos, los conquistados, eran los aborígenes, el término aborigen empleado y lexicalizado también se explica a partir del investigador y mitólogo Grimal, quien dice que los aborígenes forman parte de una leyenda romana, siendo estos los habitantes más antiguos de Italia, considerados hijos de los árboles, su forma anárquica y nómada de vivir, sumada a una alimentación primitiva, tal vez sea la pauta para calificar a un hombre o grupo de individuos como aborígenes del latín aborigines> aborígenes. El uso de este sustantivo en la mayoría de las ocasiones, es aducido al pueblo originario de tal o cual región; así que, todo oriundo es todo un aborigen, y no implica ningún desdeño para quien es llamado así.




