Luis Hernández Navarro

Los mexicanos tienen una opinión más favorable de China que de Estados Unidos. Según un sondeo realizado recientemente por el Centro de Investigación Pew (ver en https://bit. ly/4gOXn1v), en nuestro país, 59 por ciento de los encuestados simpatizan con el Coloso asiático, mientras sólo 40 por ciento ven con buenos ojos a Washington. 

Curiosamente, algo similar sucede con los canadienses. El 44 por ciento de los ciudadanos de la hoja de maple tienen una percepción positiva de Pekín frente al 33 por ciento de aceptación de la que disfrutan sus vecinos estadunidenses. 

México y Canadá no son una excepción. Los niveles de aprobación alcanzados por China en América Latina son históricos, similares a los existentes en África subsahariana. En el hemisferio, la nación con los niveles de opinión más altos sobre el gigante oriental es Colombia, con 63 por ciento de opinión favorable. Le sigue Perú, con 61 por ciento; México, con 59 por ciento; Argentina alcanza 50 por ciento. Chile, 49 por ciento, y Brasil, 46 por ciento de simpatías. 

En nuestro caso, esa empatía tiene importantes antecedentes. La construcción de vínculos de China Popular con México tuvo como “pista de aterrizaje”, en el marco de la lucha del Consejo Mundial de la Paz (CMP), a las diversas corrientes de izquierda que actuaban en el país en la década de los 50 y comienzos de los 60: lombardistas, comunistas, cardenistas y nacionalistas revolucionarios. 

El papel que Lombardo Toledano desempeñó en ese acercamiento fue fundamental. No sólo fue el primer mexicano en visitar aquella nación, inmediatamente después del triunfo de la revolución, y en escribir sus impresiones en el libro Diario de un viaje a la China nueva y en Victoria de la Revolución China (1950). También se volvió, hasta la ruptura entre Moscú y Pekín, uno de los principales divulgadores. Más aún, se autonombró el mensajero de los logros de la revolución. 

“En 1935, popularicé la Unión Soviética entre las grandes masas de mi pueblo, pues sólo una minoría de América Latina conocía la Nueva China en aquel entonces. Ahora será un privilegio para mí contárselo al pueblo mexicano y a otros pueblos”, escribió. 

En una conferencia que el teziuteco dio en 1954, titulada “La Reforma Agraria en China y en México, semejanzas y diferencias”, señala que para que México progrese genuinamente debe seguir el ejemplo de la nación asiática y combinar la reforma agraria con la revolución industrial, como parte de un programa para construir el socialismo. 

En el libro Elevación del espíritu humano, basado en su experiencia en tierras orientales, sostiene conversaciones imaginarias entre él y diversos personajes chinos, en las que describe los cambios profundos vividos en ese país. Lombardo encuentra en esas transformaciones una indudable mejoría y fortalecimiento de la dignidad humana. 

Finalmente, el romance terminó abruptamente. En 1963 publicó su libro ¿Moscú o Pekín?, en el que tomó partido por la Unión Soviética. 

La revolución china entusiasmó a la intelectualidad y los artistas progresistas del país. Como parte de una iniciativa de diplomacia popular, bailarinas, pintores, poetas, grabadores, médicos, periodistas, filósofos, astrónomos, dirigentes obreros, campesinos y de mujeres, (y más adelante jesuitas como Felipe Pardinas) viajaron a Oriente y conocieron de cerca la construcción del socialismo en aquellas tierras. 

Paula Gómez Alonzo, Eli de Gortari, Xavier Guerrero, Esther Chapa, Enrique González Rojo, David Alfaro Siqueiros, Fernando Benítez, Gladiola Orozco, Ismael Cosío Villegas, José Luis Ceceña, Ricardo e Isabel Pozas, Heriberto Jara entre otros muchos más, vivieron esa experiencia y lucharon porque México estableciera relaciones diplomáticas con China, y se incorporara a la ONU. 

Guillermo Haro fue fundador del Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica en Tonazintla, Puebla y el único latinoamericano en recibir la Medalla Lomonósov de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. En octubre de 1959, encabezó una delegación mexicana que visitó al dragón asiático y se entrevistó con Mao Tse-tung. “Podría quedarme aquí para siempre”, dijo el científico. 

Al regresar –recuerda Elena Poniatowska– el descubridor de un gran número de estrellas variables T-Tauri, le escribió al embajador de la República Popular en Berna, Suiza: “En China pasé los días más fructíferos y bellos de mi vida y pude ver el esfuerzo gigantesco que hace el gobierno y la gente de China”. Según la autora de El Universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro, su marido “siente gran simpatía por lo que ha logrado Mao y cuando alguien habla del peligro chino, advierte que ojalá y nosotros también hiciéramos peligrar el mundo con nuestro progreso”. 

Escribe Poniatowska: “La emoción por el fenómeno chino no es sólo suya, la comparten mexicanos, franceses, ingleses, el mundo entero. La grandeza de China, su superioridad numérica, el triunfo colectivo chino, la fuerza de los campesinos que convierten su tierra en un inmenso arrozal, la mística de su gobierno hace que en Francia se hable del fenómeno chino, pero también del peligro chino”. 

Momento clave en este acercamiento binacional fue la visita del ex presidente Lázaro Cárdenas por invitación directa de Mao Tse-tung. Cárdenas encontró que los éxitos de China roja, especialmente los relacionados a la reforma agraria, eran deslumbrantes. 

En su libro Paisanos chinos. Política transpacífica entre inmigrantes chinos en México, Fredy González cita una conversación entre el presidente Adolfo López Mateos y Milton Eisenhower, en la que López Mateos le confiesa: “esos izquierdistas mexicanos que visitan la Unión Soviética y China, cuando vuelven a México, muchos se muestran decepcionados de la Unión Soviética, pero muy entusiastas respecto a China comunista”.

Aunque la historia no se repite, los vientos del Este que soplaron sobre México entre 1949 y 1963, y que tanto entusiasmaron a una parte de la intelectualidad y a los artistas de izquierda, alimentan ahora la brisa oriental que recorre los cielos del país. 

X: @lhan55

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