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  • Se mantiene la esperanza
  • Opositores no despegan
  • PRI rechaza a Ulises Ruiz 

Julio Hernández López

A unos días de celebrar su triunfo electoral de un año atrás, Andrés Manuel López Obrador mantiene lo esencial de su capital político: la esperanza mayoritaria en un cambio absolutamente necesario, impostergable.

Parecería improbable que un año después de aquella apabullante victoria múltiple en las urnas el mismo político líder mantuviera una aceptación popular tan alta e incluso creciente, conforme a los métodos demoscópicos ahora acríticamente aceptados. En términos numéricos se sostiene en lo alto, aunque es evidente que implica un desgaste el mantener un año de virtual ejercicio de poder presidencial (apenas dos días después de la elección ya había tomado el control virtual del país, lo que se formalizó el pasado uno de diciembre con su toma formal de posesión).

Sin embargo, y a pesar de esa aritmética tan favorable, la oposición de élite al obradorismo ha ido nucléandose (no en los partidos no morenistas sino en las instancias empresariales y financieras) y ha ido habilitando banderas de lucha (particularmente, los señalamientos de dañina impericia económica del actual gobierno: los recortes, las restricciones, la incertidumbre). Puede ser que hoy los números demoscópicos no se estén moviendo de manera grave en contra del presidente hiperactivo, pero no se puede negar que hay una estrategia en curso que puede bajar los grados de aceptación del tabasqueño entre el segmento amplio de votantes que le apoyaron y apoyan pero no en términos absolutos ni irrevocables.

Tal vez la clave del sostenido apoyo a López Obrador y de la enorme incapacidad de los opositores para bajarle puntos de popularidad resida en la misma causa del enorme triunfo electoral que se conmemorará en el zócalo capitalino el próximo lunes: la corrupción gubernamental anterior y la disfuncionalidad criminal de las instituciones heredadas fueron tan groseras y lesivas para los ciudadanos que estos prefieren sobrellevar los errores e insuficiencias de la actual administración porque consideran que no pueden ser tan graves como la podredumbre previa y porque, a fin de cuentas, otorgan un bono de confianza a los actuales operadores (en específico, al mando unipersonal que pronto vivirá ya de planta en Palacio Nacional) y no aceptan que pueda haber un cambio a los esquemas anteriores.

Lo menos aburrido de la (nueva) farsa electoral priista ha sido la exclusión del exgobernador oaxaqueño Ulises Ruiz Ortiz (le habría “faltado” cumplir algunos requisitos, y por ello se le dejó fuera de la “contienda”, aunque faltaría ver si el rechazado recurre ante el tribunal electoral). Solo fueron autorizados a participar en la “elección” de nuevo dirigente nacional del partido tricolor tres de los aspirantes: Ivonne Ortega, exgobernadora de Yucatán que se ha especializado en inscribirse en procesos con triunfador predeterminado y aparentar “oposición” interna;  la veracruzana Lorena Piñón, cuya mayor ganancia es asomarse a este escaparate; y el predeterminado Alejandro Moreno, a quien han seleccionado previamente los gobernadores estatales priistas que sustituyen al dedo presidencial cuando el nonagenario partido no está en la silla principal de Palacio Nacional.

En otro tema: la realización durante cuarenta y cinco días de campañas de farsantería terminará por confirmar al respetable público que el partido antaño dominante cumple ahora un papel tragicómico. Nadie cree ni creerá que se produzca una pizca de competencia real, más allá de lo retórico, cuando los poderes de los gobernadores se han decantado por el mencionado Alejandro Moreno, virtual candidato de lo que queda de oficialismo priista.

Moreno ha pedido licencia a la gubernatura de Campeche y, según sus adversarios, como la yucateca Ortega, y otras evidencias, cuenta con el beneplácito de los poderes morenistas ahora hegemónicos. Apodado Alito, ahora sería A(m)lito, como referencia a los entendimientos con los que el partido dominante busca pavimentarse caminos durante lo que queda del sexenio andresino y, a su vez, el priismo busca mantenerse con vida artificial y en espera de algún prodigio de resurrección.

El tema de las facturas falsas, utilizadas para evasión fiscal, forma parte de la acometida general del obradorismo contra poderes económicos que en el pasado fueron puntales del sistema aún vigente pero cambiante y que ahora sostienen un forcejeo en busca de restituir posiciones especiales.

El tema lleva a la necesidad de realizar una reforma fiscal profunda, que cambie las reglas acordadas por esas élites y, de esa manera, permita a las maltrechas arcas federales la recuperación de recursos para dar curso a las políticas por las cuales se votó el pasado primero de julio.

Resulta poco atractiva la oferta de reestructuración partidizada que han lanzado varias organizaciones adversas al morenismo, con el agónico Partido de la Revolución Democrática como una suerte de eje al menos mediático. La denominación utilizada, Futuro 21, suena más a marca de muebles vanguardistas o de productos tecnológicos con poca imaginación mercadológica. Y los integrantes no parecen mover ni a sus más cercanos. No suena demasiado motivador reunir a los saldos del perredismo, del Panal (Partido Nueva Alianza) y de disidencias panistas.

“Vamos a realizar cosas violentas si no se atienden nuestras demandas”, señalaron ayer familiares de los jóvenes desaparecidos en Iguala, en una manifestación más a las afueras de la Fiscalía General de la República. Insistieron en que debe nombrarse ya a un fiscal para el caso Ayotzinapa. Esta protesta se suma a otras provenientes de organización de lucha social ante la lentitud del cumplimiento de promesas del actual gobierno. ¡Hasta mañana! 

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.