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Quien de amarillo se viste… la basura lo rebasa

Óscar G. Chávez

Lugar común será en los próximos días que se continúe comentando por lo bajo y por lo alto, la manera en que el alcalde de la capital, Ricardo Gallardo, y la empresa encargada del servicio de recolección de basura de la ciudad han roto relaciones. Cierto es que no es el alcalde quien termina la relación, sino la empresa en contra del Ayuntamiento, pero en vista que es aquel quien toma las decisiones y quien representa al organismo, lo conducente es responsabilizarlo de las decisiones tomadas en este y en otros sentidos.

En distintas instancias se ha señalado que aunque parte de los adeudos heredados con la compañía de limpieza se pudieron haber saldado, fue esta administración la que decidió no hacerlo para así lograr la rescisión del contrato; el Ayuntamiento por su parte señala que un porcentaje había sido cubierto a partir del embargo que la compañía realizó sobre unos terrenos pertenecientes al patrimonio de la ciudad.

A esta guerra de declaraciones que el mismo viernes, día del rompimiento de relaciones, hicieron desenvainar la espada al director de comunicación social del Ayuntamiento –quien indignado y mediante un incendiario comunicado ponía por tierra los argumentos que la empresa de limpia utilizó para proceder con la suspensión–, vienen a sumarse los poco afortunados comentarios que el pasado fin de semana hiciera el ex alcalde panista Jorge Lozano Armengol.

Si algo tuviera de vergüenza, sentido de lo común, y de responsabilidades, el infortunado personaje, sería más prudente que optara por guardar silencio. O resultó con ciertas taras memorísticas en los últimos años o algún tipo de desmemoria senil hace estragos en su persona. Ya olvidó acaso que fue con él con quien inició la catastrófica y vergonzante decadencia del Ayuntamiento y de la investidura de los alcaldes.

Pasaría también a los recuerdos soterrados el hecho de que durante su administración entregó irresponsablemente la ciudad al abandono y el descuido. Ya olvidó que es a él a quien debemos que los estacionamientos en las calles hubieran sido gravados, el agua de la parte poniente de la ciudad privatizada, y el haber entregado mediante leonino contrato para la ciudad, los servicios de limpieza a la empresa que hoy los rescinde.

No sólo inició su desmemoria, sino también incrementó su incapacidad de contención verbal, seguro ambas generadas por el tiempo que ha permanecido en el destierro voluntario en la Ciudad de México. Debe ser triste pasear por las calles de su ciudad, y que los pocos que lo reconocen, lo señalen como al responsable de iniciar con la entrega de la ciudad al mejor postor. ¿Dónde quedó el luchador por la democracia que a principios de los noventa marchaba en las vanguardias navistas exigiendo por los derechos del pueblo potosino?

Ricardo Gallardo tampoco anda muy alejado de acabar en esos dislates; ofreció como cualquier político en campaña el oro del moro si alcanzaba la alcaldía, la cual obtuvo al ser favorecido atronadoramente por un amplio sector de la ciudadanía capitalina. Es claro que no triunfó por haberse apuntalado con un excelente plan de gobierno, lo cual es lo que menos interesa a grandes porcentajes de la ciudadanía; su respaldo fueron las despensas y los pequeños apoyos en económico repartidos entre quienes sabía podían aceptar, sin percibir en ello mal alguno, la fineza de sus presentes y atenciones.

Pensemos que otra parte de los que le obsequiaron su voto, fueron aquellos que percibieron cierta aura promisoria en el campo de la política al ver la forma en que se apropió de su partido, literalmente, de la noche a la mañana. Otorguemos cierto margen a quienes pensaron que el perredismo gallardista, que no deja de ser otra cosa que un populismo pueblerino y clientelar sancochado con izquierdismo decadente, podía ser una opción favorable para San Luis.

Quizá lo sería si fueran otras las circunstancias en que hubiera recibido el estado del Ayuntamiento y si hubiera disimulado sus ansias de protagonismo y matizado las formas en las que ha dirigido el engrandecimiento de su persona, y no mediante el denuesto al anterior alcalde, que aunque fue un convicto permanente de su incompetencia inconmensurable, merece ser tratado con cierta diplomacia y delicadeza de quien le precedió en el cargo.

Sin embargo el máximo error de Gallardo ha sido hasta el día de hoy su falta de capacidad negociadora para dar seguimiento y solución a algunas de sus promesas de campaña: retiro de ambulantes; cancelación de contrato con la empresa a la que la rubia administración encomendó la colocación de las luminarias; y desde luego el asunto de la recolección de basura, mismo que ahora padecemos con todas sus agravantes.

En el primero de ellos ha dicho y luego tenido que regresar sobre su dicho una y muchas veces; aunque quizá se trate de alguna artimaña con vistas de populismo la que le hace mesurarse. En el segundo, el de las luminarias, ha guardado de la noche a la mañana un total silencio sobre el caso, pereciera que alguna anhelada negociación le obligó a hacerlo; o como si alguna figura de primer peso, casi como si fuera de algún gang como el Salinas, le hubiera obligado a guardar silencio sobre el asunto.

El asunto de la basura no es un detalle menor, y aunque he visto, como seguramente muchos lo hicieron también, a empleados del Ayuntamiento con equipo motorizado recorrer las calles recolectando las bolsas que generamos, se han visto rebasados en sus capacidades. La ciudad comienza a verse invadida por nuestros propios desechos y por las absurdas acciones mediáticas encaminadas a promover su imagen.

En este último sentido observemos el –ya lo dije antes– horrendo y antiestético color amarillo que comienza a hacerse presente en cualquier espacio, aún en elementos tan aparentemente inocentes como los boletos de estacionamiento en la vía pública; bardas de fincas pintarrajeadas, espacios públicos, maceteros, patrullas de policía y tránsito.

Hoy sabemos, gracias a las acertadas declaraciones del director de Imagen Urbana del Ayuntamiento, que este color se ha colocado por ser uno de los pocos autorizados por el INAH, así nos encontramos con tonalidades medioocre INAH. Es también el color que se utiliza en la señalética urbana de guarniciones, sardineles, carreteras, banquetas y otros elementos expuestos al tráfico. No es, desde luego, propaganda subliminal.

No está por demás recordarles al señor alcalde y a su director referido, que hasta hace algunos años muchos restaurantes colocaban manteles o pintaban sus muros en esos colores, los cuales tienden a generar cierto apetito, con esto quiero decir que aunque no son antojables ni para un rosticero, alguien los puede elegir como plato principal, pensemos en la ancestral y bien desarrollada afición potosina de devorar prójimos.

También vale la pena hacerle ver que en lugar de andar embelleciendo la ciudad con colores medioocres, debería destinar esos recursos para otras actividades, recordemos que el que de amarillo se viste… la basura lo rebasa.