Luis Hernández Navarro

Su vocación y oficio están fuera de toda duda. Sin dudarlo ni un segundo, el profesor Francisco Bravo Herrera dice: “si volviera a nacer, no dudaría en ser nuevamente maestro”. Lo ha sido ininterrumpidamente 41 años de su vida.

Pancho nació en Huajuapan de León, en la Mixteca oaxaqueña, en 1964. Llegó a Ciudad Nezahualcóyotl con apenas 3 años. Le duele que a su madre no le haya alcanzado la vida para verlo como egresado de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros. Desde los 7 años había quedado huérfano de padre.

El fotógrafo Jair Cabrera, acostumbrado a leer rostros desde que era un niño en el barrio de El cubanito en Iztapalapa, dice del profesor: “Es un super personaje, un tipo congruente. Su mirada te habla de los años recorridos y la contundencia de su lucha y resistencia. Sus palabras las manda para que se te metan en las entrañas del alma”.

Se hizo del abecedario son sudor, temple y persistencia. Responsable de la primaria Leandro Valle, en Peralvillo, Francisco recuerda su primer día de clases en la Aquiles Serdán, en las orilladas del Distrito Federal. Su directora lo instruyó: se hará cargo del primer grado con 57 alumnos y alumnas. “Si hoy me dijeran eso –explica riendo– quizás me desmayo”.

En su debut, comprendió que, más allá de lo que dicen planes y programas de estudio oficiales, otras realidades se cuelan cada día a través de las puertas de los salones de clase, con los niños que llegan con apenas un pequeño bocado en el estómago, familias rotas, padres ausentes, y un entorno de escasez y violencia. Muy pronto se topó con las enormes limitaciones de un cierto normalismo que forma docentes para enseñar, pero no para aprender.

Y se dispuso a dejarse cultivar humildemente por sus alumnos. Desde entonces, poniendo en riesgo la autoridad formal de ser maestro, toma lecciones de sus estudiantes. Para enfrentar el enorme reto de enseñar en la pobreza, Pancho encontró en la pedagogía de Celestin Freinet una formidable herramienta. Echó mano del texto libre, la asamblea escolar, la conferencia, la correspondencia, el diario y las matemáticas vivas con imaginación y creatividad.

Adicionalmente, se dejó influir por Freire, Makarenko, Decroly y los pensadores del Constructivismo. Para comprender y transformar la realidad en la que vive y trabaja, recurrió al marxismo. Lector voraz, es un gran conocedor de la historia de México y de los clásicos de la literatura universal. Y un formidable orador y conductor de asambleas. Francisco es un destacado y orgulloso dirigente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

En 1985, cuando ingresó al servicio, la insurgencia magisterial tenía casi seis años de vida, y como hoy y tantas otras veces más, cierta prensa anunciaba su inminente sometimiento. La disidencia democrática en la Ciudad de México se concentraba apenas en el Oriente y zonas como Xochimilco. Sin embargo, en 1989 brotó de lo más profundo del sistema educativo en la capital, una rebelión de escueleros que sacudió el país entero y calló la boca a los agoreros de la derrota centista.

El maestro Bravo estuvo al frente de esa revuelta, como lo ha estado intermitentemente con el paso de los años, de las gestas democratizadoras de la sección 9. En aquel entonces, debatían al interior del movimiento dos expresiones: la de los Microchips (integrada por jóvenes activistas, de la que Pancho era parte) y la de los Centesaurios. Triunfó arrolladoramente la nueva generación, a la que le recomendaban cambiar sus tácticas de lucha y moderar su radicalidad.

En los debates internos sobre educación alternativa, chocaban dos posiciones. La de quienes sostenían que en un país capitalista como México cualquier transformación escolar era imposible, y la de aquellos que impulsaban la necesidad de incidir en políticas públicas. Francisco y sus compañeros sostuvieron que la renovación pedagógica tiene que surgir del aula; que el magisterio puede y debe incorporarse desde abajo a la renovación y planeación educativa.

Si la columna vertebral de la idea republicana es la educación laica y universal, el sustento para la transformación es la educación alternativa. Fundaron el Movimiento Mexicano para la Escuela Moderna (MMEM). No fueron palabras, junto a otras expresiones pedagógicas, han reinventado, sin pedir permiso a la autoridad, el ser docente.

El profesor Bravo es un símbolo del magisterio democrático. Es la demostración de que, por determinación propia y de las comunidades, no se ha vaciado de contenido su labor, sino, al contrario, se ha reforzado y acentuado el sentido de su trabajo. Pancho y sus compañeros le han dicho una y otra vez al Estado y a sus representantes, que no son superiores por ser funcionarios. Siempre han exigido ser tratados como iguales e interlocutores. Los miran a los ojos de igual a igual. “El maestro –asegura– debe tener, además de vocación pedagógica, una posición política y social muy clara en favor del pueblo”.

Aunque la represión gubernamental le provocó una herida en la cabeza de 8 cm, fracturas del brazo y la nariz y ser despedido, rehúsa ser víctima. Dos veces ha sufrido un charrazo por parte del SNTE. La última, apenas en junio de 2023, cuando la cúpula gremial oficialista que se presenta como “los soldados intelectuales de la 4T”, impidió el registro de la planilla democrática de la sección 9 que él encabezaba. A pesar de ello, su legitimidad, y la de sus compañeros dirigentes democráticos en la Ciudad de México no depende del reconocimiento que les otorgue el poder.

Son representantes porque las bases los reconocen como tales. Francisco no se autocompadece ni se autoengaña. La vida no le ha pasado por encima. Sabe a qué se enfrenta y por qué lo hace. Su moral es silente pero firme. Se comporta con la dignidad de quien nunca ha capitulado. Francisco Bravo, maestro de maestros, se jubilará por cuestiones de salud. Incorruptible e inclaudicable, su ejemplo muestra el camino para las nuevas generaciones.

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