Ricardo Bravo
Una de las grandes ventajas de no ser parte de la política partidista es que no hay necesidad de autocensurarte ante las “ocurrencias” de los actores políticos, sin importar de dónde provengan. La semana pasada, el copresidente (sí, desde ahí empieza el chascarrillo) de Nicaragua, Daniel Ortega, declaró en una arenga a su base electoral que se convertirían llanamente en “base”. De electoral ya no tendrán nada, pues ya no habrá elecciones. Los asistentes aplaudían la ocurrencia. ¡Así sin más lo dijo el exguerrillero! Tamaño de tarugada, decimos en México. Es tan tarugada cuando el presidente salvadoreño en funciones defiende la reelección indefinida como “democrática” porque se escuchó la voz del Pueblo en la reforma de la constitución y se hará en las próximas elecciones, así como cuando Ortega defiende la eliminación de las elecciones por el riesgo de intervención yankee en el proceso.
Me interesa la justificación del exguerrillero “venido a menos” porque en ella conviven dos realidades que no se excluyen mutuamente. Y en la actualidad es muy importante distinguirlas para luego mostrar que ambas posiciones pueden sostenerse simultáneamente. Una es la existencia del intervencionismo estadunidense en los quehaceres políticos de la región (y de todo el que se deje) y la segunda es la utilización de ese intervencionismo para ocultar canalladas. En entradas anteriores he tratado de mostrar la forma y el fondo de la intervención del gobierno hegemónico de la región. Me parece innegable que la intervención estadunidense está en auge. Analistas serios consideran que el intervencionismo de hoy no tiene los tintes ideológicos de antaño; la pauta que marca el gobierno del norte tiene que ver más con los intereses personales de Donald Trump y menos con las coordenadas de derecha e izquierda. Estoy parcialmente de acuerdo con el argumento: es cierto que el gobierno de Trump parece tolerar algunos gobiernos de centro o de izquierda cuando estos se “mueven a su ritmo”. México es el ejemplo más claro en materia de migración. Sin embargo, también creo que los gobiernos de derecha se alinean mejor con los intereses del gobierno estadunidense.
Pero más allá del “color” que tiene el intervencionismo estadunidense, creo que es innegable que existe y que va ganando cada vez más fuerza. Sin embargo, el reconocimiento de su existencia no justifica cualquier tipo de acción so pretexto de combatirla. Y es ahí donde el ejemplo del copresidente Ortega se vuelve útil: no, definitivamente no basta con aceptar que existe una voluntad intervencionista por parte del gobierno del norte para justificar la eliminación de las elecciones en ningún país. Esa decisión es simplemente una tarugada: el aprovechamiento del momento actual para el beneficio de unos pocos, de una pareja y de la élite que los rodea. Y, por supuesto, el tema viene a colación en el momento actual de la política mexicana, nuestra espinosa –a veces– pero también cordial –en otras tantas– relación con los Estados Unidos y la vida interna del partido en el poder, Morena.
Y es que se está volviendo costumbre que cuadros menores de Morena, unos más que otros, se planten con patriótico pie ante la “andanada invasora” del gobierno del norte. Bueno, eso dicen ellos. La andanada invasora consiste en el retiro de una visa estadunidense y en la presentación de una acusación federal en los Estados Unidos. Y bueno, la estoica defensa se compone más bien de dos tuits. Con tono categórico e histérico, eso sí. Y a los de abajo se nos pide decidir: o estás con la defensa nacional, encarnada en la defensa de Rocha Moya y de Andy, o estás con el invasor enemigo. La línea es fina. ES CIERTO que el gobierno de los Estados Unidos ha utilizado estos métodos para ejercer presión en temas puramente políticos; por ejemplo, están bien documentados los casos de funcionarios chilenos, argentinos y costarricenses que participaron en negociaciones con el gobierno chino o con empresas chinas, a quienes se les revocó o se les amenazó con revocar la libertad de ir a los malls y a las cadenas de fast food.
Pero, por otro lado, sabemos que la puerta de Morena estaba abierta de par en par y que entraron todo tipo de personajes, muchos de muy dudosa procedencia. Lo de Andy no vale la pena discutirlo: no se sabe mucho y para qué especular. ¿Pérdida de soberanía? La de él únicamente. Perdió su soberanía de pasar por los Uniteds para visitar Japón. ¿Y lo de Rocha Moya? La acusación fue en abril de este año y el gobierno nos pidió que fuésemos todos convencidos de protegerlo porque así blindábamos al país de las garras de los de arriba. El viernes pasado Rocha Moya anunció su reincorporación a la gubernatura, todo parece indicar, sin avisar al gobierno federal. La condena a la decisión unilateral se generalizó: por supuesto, los partidos de oposición, pero también Morena y la presidenta. ¿Pero y la soberanía y la defensa contra el agresor? Las decisiones erráticas del gobernador con licencia, aunadas a todo el ruido que se oye en su entorno, hacen pensar que hay algo que se quiere esconder. Por eso creo que las dos cosas no son mutuamente excluyentes. Existe un incremento del intervencionismo, que toma nuevas formas, pero también hay canalladas, de las de siempre y otras nuevas, que fluyen de la concentración de poder en el partido gobernante, y se recurre al intervencionismo extranjero para taparlas. Reconocer ambas cosas no nos convierte ni en simpatizantes del intervencionismo ni en aliados del narcotráfico o del huachicol.





