Emilio Payán
La historia de Tatiana Parcero (Ciudad de México, 1967) comenzó en San Lucas Xochimanca, pequeña localidad cerca de Xochimilco. Allí creció en una casa rodeada de árboles, flores y un jardín que parecía prolongar el mundo. Los fines de semana su madre llevaba a Tatiana y a sus hermanas a caminar por los cerros vecinos hasta alcanzar la cruz que coronaba la montaña. También recorrían el mercado de Xochimilco, paseaban en trajineras, visitaban los pueblos cercanos, las ruinas y los museos. Aquellos recorridos fueron formando en ella una sensibilidad particular: descubrió que el paisaje guarda historias y que nada de lo que nos rodea es ajeno.
A los 12 años su padre le regaló una cámara Canon TX. Fue un descubrimiento. Con ésta comenzó a mirar de otra manera aquello que ya conocía. La fotografía llegó como una responsabilidad que fue creciendo con ella.
Antes de entrar a la universidad, participó durante los veranos en campañas de alfabetización. Viajaba a comunidades, dormía en el piso, soportaba el frío y comía lo que había. No lo recuerda como un sacrificio; al contrario, era su mejor plan. Aquellas experiencias la acercaron desde muy joven a otras formas de vida y le permitieron conocer de cerca la desigualdad, pero también la generosidad y la dignidad de quienes encontraba en el camino.
Estudió sicología en la UNAM, con especialidad en sexología. Sin embargo, para entonces la fotografía ya había empezado a elegirla. Durante sus años de formación participó en el Taller de los Lunes, dirigido por Pedro Meyer, un espacio donde jóvenes de distintas disciplinas aprendían no solamente a hacer fotografías, sino a hablar de ellas, a discutirlas y a mirar críticamente el mundo. También tuvo vínculos formativos con el universo de Graciela Iturbide. Más tarde viajó a la Gran Manzana y realizó una maestría en Artes con especialización en fotografía en la Universidad de Nueva York y en el Centro Internacional de Fotografía.
Tenía 18 años cuando ocurrió el terremoto de 1985. Salió a las calles con su cámara. No quiso fotografiar únicamente los edificios derrumbados ni convertir la tragedia en espectáculo. Le interesaron las personas: sus rostros, sus silencios, el cansancio y la solidaridad que aparecía entre los escombros. Miró a quienes permanecían allí antes que a las ruinas. Desde entonces, la fotografía sería también una forma de acercarse al dolor sin invadirlo.
En Nueva York comenzó a trabajar con antiguos diagramas de anatomía encontrados en los archivos de la universidad. Después aparecieron los mapas y los códices mesoamericanos. Poco a poco, su propio cuerpo se convirtió en el lugar donde esas imágenes podían encontrarse. El rostro, las manos, el torso y los pies dejaron de ser solamente partes del cuerpo: se volvieron páginas. Mediante la superposición de acetatos impresos sobre sus fotografías, encontró una forma de hacer visible lo que permanece debajo de la piel. Una radiografía poética en la que el cuerpo se encuentra con otras historias.
A partir de entonces, su obra fue acercándose cada vez más a la tierra, a las mujeres y a la memoria. Los ríos podían ser venas; los lagos, pliegues del cuerpo. Sin proponérselo del todo, Tatiana encontró una manera de volver a México: a sus ancestros, a sus mujeres, a sus comunidades y a las huellas de una historia que sigue viva.
En 1997 su vida tomó otro rumbo: se trasladó a Argentina y comenzó a vivir entre dos territorios: México y Buenos Aires. La distancia no significó una ruptura con su país de origen; por el contrario, México empezó a aparecer en su obra como memoria, ausencia y un espacio interior que podía llevar consigo.
En ese recorrido, sus exposiciones Cartografía interior, Universus, 8M y Tierra recuperada pueden entenderse como capítulos de una misma pregunta: cómo habitamos el cuerpo, la tierra y la historia. Y qué sucede cuando esos territorios son amenazados, conquistados o heridos. Esa mirada se extiende ahora hacia el mundo no humano en Natura Animalis, una serie de 15 fotografías que Tatiana presentará en Fotoseptiembre en la galería Alejandra Topete de Ciudad de México. Agua, flora y fauna se entrelazan en sus imágenes para cuestionar la idea de dominio sobre la naturaleza y recordarnos que también somos parte de aquello que buscamos proteger.
En noviembre la obra de Tatiana llegará a la sección principal de Paris Photo, en Francia, como parte de la propuesta de la galería Ungallery de Buenos Aires.
Desde aquellas campañas de alfabetización hasta la sicología, las luchas de las mujeres y la fotografía, hay en Tatiana una preocupación que permanece: comprender el vínculo con los otros y con el mundo que habitamos. Su obra nos recuerda que el cuerpo y la tierra no son lugares separados. Ambos guardan memoria. Ambos han sido heridos. Y ambos exigen que aprendamos, antes que nada, a mirarlos, reconocerlos y respetarlos.





