Luis Linares Zapata

Un mentecato sinaloense intentó, dentro de su recuperada oficina, un salto mortal sin ningún sustento ni capacidad. Al sopesar la realidad de sus cortas maniobras, decidió, prontamente, abandonar su intentona. 

Muchos quedaron consternados por las razones, si las hubo, de su alegre retorno a la que había sido la sede de sus muchos dislates anteriores. 

Ahí mismo quedó entorilado, meditando en la desmesura de la oferta: un brinco al fuero que resultó efímero. Y así fue. 

Después de varios momentos de duda, prefirió desandar camino y retornar a su incómodo e inestable refugio, ahí mismo donde vegeta en espera de algún futuro que no llega.

Pero durante este corto periodo, ocupado por su irresponsable desplante circense frustrado, causó un revuelo de repercusiones a cuál más de ellas dañinas para él y para su entorno. 

En su insólito, por triste, espectáculo involucró a muchos personajes e instituciones tanto en el interior del propio país como a un amplio contorno externo. 

No dejó, tampoco, de despertar los ensueños de críticos, bajo usual consigna varios, que expusieron, sin medida ni prudencia, sus mentiras y malsanas tonterías. Lo cierto es que, de inmediato, sus inventos fueron adoptadas por parte de la conocida opinocracia: un conjunto de refinados opinadores, ya muy atravesados por el celo opositor y una gran tajada de odios y revanchas. 

Fue, en verdad, un corto fin de semana movido por las tonterías de un individuo que nunca debió encaramarse en una posición política tan sensible como la de gobernador del estado de Sinaloa.

Pero lo había logrado sin, en realidad, tener las condiciones y merecimientos para ello. La fuerza de la ayuda partidaria recibida, sin embargo, bastó y, de pronto, se vio lanzado al elevado puesto. 

Su elección ha sido engañosa, por decir lo menos. 

Lo cierto es que dio lugar, no sin la saña añadida, a vastas suposiciones, muchas de las cuales han sido desmesuradas o francamente falsas, aunque no han escaseado otras que le ayudaron. Pocas de ellas, remanentes de los extendidos rumores electorales que aumentaron tras la intervención gringa posterior. 

La petición de su extradición ha conseguido resonar con ecos internos inusitados hasta convertirse en endebles certidumbres. 

En su núcleo existen supuestas conexiones con el crimen, indetenible rumor, cosificado como hecho, bien fundado, sobre todo en medios y voces afines al conservadurismo opositor.

Si nos alejamos de este relato bufo, se puede intentar repensar las razones de este sainete, así como ciertas de sus repercusiones importantes. La inicial se aparca en la respuesta que el entorno político nacional dio tan pronto como se supo del infausto retorno. 

Circularon, en el espacio público, un cúmulo de seguridades, suficientes para enjuiciar, con claridad, lo que sucedía y su continuidad. Nadie dudaría de la sólida condena gubernamental y partidaria sobre lo que fue una intempestiva decisión unipersonal del señor Rocha Moya. 

Tan congestionado sujeto malinterpretó lo publicado por la fiscalía sobre el nulo y momentáneo hallazgo de delitos. Moya les adjuntó sus temores y debilidades; movedizas bases que lo inundaron y desencadenaron su atrevido brinco al vacío. 

La reciente captura de un testigo clave en el caso del asesinato de un sinaloense ex rector y diputado del PRI y posiblemente del secuestro del Mayo Zambada reverberó en sus urgidas preocupaciones. 

Obtener de vuelta la protección (fuero) de tan alto puesto de gobierno seguramente jugó papel determinante tanto para su tranquilidad personal como para las seguridades del entorno de vastos intereses familiares y cercanos. 

Negociar desde mejor posición le pareció inteligente táctica, asequible a su alcance en un momento especial. Tan insulso malabar alentó la serie de alegatos de columneros que proclamaron senda conspiración que partiría la estructura política completa. 

El ex presidente Andrés Manuel López Obrador fue el personaje indispensable para certificar tan exaltada trama con sus daños colaterales. Se estaba viviendo, predijeron, la tan ansiada separación –ruptura– de la Presidenta con su antecesor. Una patraña escrita sin sustento, adicional a los inveterados y malsanos deseos del pleito que nada tuvo de cierto. 

De esta suma de libelos se vienen desprendiendo los engranajes ya conocidos de medios y tribunos desde sonoros púlpitos opositores. Partes recaen sobre la Presidenta y otras sobre la economía y la relación con el temperamental Donald Trump. 

La desmesura de algunas críticas rayan, con sus predicciones tremendistas, en el ya recetado quiebre nacional con su imbécil etiqueta de narcoestado

En efecto, las reverberaciones en el entorno de la élite reaccionaria que gobierna en Washington no será fácil de asimilar. 

Las negociaciones en turno y los aranceles pendientes serán tema siguiente. Sin embargo, la contundencia de los actos de poder mostrados tras los mensajes de doña Claudia pesarán para bien.

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