Renata Terrazas*
Hace varios años, alguien que quiero y admiro mucho me recomendó un libro. Como con todos los libros que me ha recomendado, corrí a buscarlo sin indagar más del autor o del libro mismo el cual tiene un título que suele confundir sobre su contenido.
Salí a comprarlo sin preguntar más porque esta misma persona me había recomendado a Pessoa, a quien me resistía a leer porque lo ubicaba en la poesía, exclusivamente. También me reintrodujo a Ibargüengoitia cuando en una ocasión hablábamos de Etgar Keret. Como pueden observar, no había indicios para que sospechara sobre sus recomendaciones.
Me tardé en encontrar el libro, las librerías comerciales no lo tenían; pude hallarlo sólo en una tienda medio perdida que se encuentra en una plaza comercial donde suele pasar desapercibida. Aquello fue gracias a una ventaja geográfica, vivir en el sur de la ciudad te permite acceder a una mayor variedad de librerías, y a una necedad innata que no me permite rendirme de manera tan fácil.
Cumplido mi objetivo de obtener el libro deseado, por el cual, además, pagué una suma considerable, éste fue trasladado de manera directa al librero de los libros recién-comprados-que-pronto-serán-leídos (vale la pena mencionar que hay libros que han durado ahí cinco años, unos incluso van a cumplir los diez).
Quizá se hubiera quedado ahí un tiempo mayor si no es que una molesta y forzada mudanza se atravesó entre mis libros, mis gatos y yo. Entonces este libro fue a parar a la mesita junto al escritorio, donde está el material de uso constante. Estaba cerrado aún, tenía plástico y en él, el precio lastimoso que me restregaba en la cara mis manías. Fue entonces cuando, en un arrebato de neurosis, decidí romper el plástico y condenar el libro a ser leído.
Comencé a hojearlo, me lo llevé a un viaje de trabajo, me lo llevé a la playa, me lo volví a llevar a un viaje de trabajo que resultó ser en la playa y fue en el vuelo de regreso cuando lo devoré, hice cien anotaciones y decidí que era uno de los mejores libros que he leído.
Una joya de la antropología política que nunca me hubiera resultado más relevante leerlo que ahora. El libro es poco conocido, jamás será un bestseller, pero resulta imprescindible para cualquier interesado en las comunidades políticas, ya sea desde la visión del poder, sobre las formas de gobernar, de construir consensos, de llamar a la acción colectiva o meramente de observar a la sociedad.
No es un tratado del poder, es un cúmulo de observaciones realizadas por una mente entrenada en la observación, que en 29 fragmentos basados en casos concretos nos vuelve empáticos con el anarquismo.
En este punto, quizá alguien haya respingado ya. ¿Anarquismo? -Eso significa vándalos lanzando bombas molotov en las marchas o uno que otro clavado en Bakunin pregonando teorías que no comprende.- Esa es una aproximación muy común hacia el anarquismo, el cual asociamos con un desorden violento.
Elogio del anarquismo, de James C. Scott es una obra que sin pretender serlo, se convierte en piedra angular para entender el poder desde el orden. Mediante casos concretos, expone los riesgos del orden excesivo, su relación con el autoritarismo y con el aniquilamiento de la espontaneidad y creatividad humana. Nos deja ver, con brutal claridad, como nos hemos abalanzado hacia nuevas formas de gobernarnos sin poner a la sociedad al centro, sino a las formas de gobierno.
Nos alerta de los riesgos de la estandarización, aun cuando sus propósitos iniciales sean medir la educación, al gobierno o el desempeño de la sociedad misma. Nos sugiere formas de construirnos desde el caos, un caos natural, contrario al ideal de orden de las sociedad modernas.
Confieso que para alguien que ha desarrollado índices, que le ha apostado a la construcción normativa para regular conductas y que pone al centro el tema de la transparencia y las evaluaciones para mejorar el desempeño de nuestros gobiernos, leerlo no fue sencillo, no avancé sin cuestionamientos. En varias ocasiones me pregunté por mi propia sociedad, por el miedo que nos tenemos y la desconfianza que nos hace sobre-regularnos, a sabiendas de que la norma será incumplida.
Pensé en una charla de hace un par de semanas donde me di cuenta que llamar a la acción colectiva resulta casi imposible en una sociedad privatizada, escondida en los espacios de consumo. El último fragmento de Scott es contundente, habla sobre la construcción de la historia como memoria de un pueblo y como se crea un falso orden de la misma y se elimina la contingencia. Con ello, las revoluciones y guerras se enseñan como cálculos perfectos de los vencedores; no dan cabida a una realidad plagada de elementos caóticos, sin sentido, que derivan en un resultado difícilmente planeado.
Básicamente lo que Scott nos dice es que la acción colectiva no surge planeada, no sigue a líderes con ideas claras sobre donde poner los recursos humanos, ni puede pensarse con un marco lógico.
Además de recomendar leerlo, me parece fundamental retomar modelos menos estructurados para la acción colectiva, para la participación ciudadana. Querer ordenar todo parece más muestra de querer controlarlo todo. ¿En qué momento la gente podrá crear y formar parte del espacio público si desde un principio se limitan los alcances?
* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación





