Luis Ricardo Guerrero Romero
Un metro y setenta centímetros, caderas pronunciadas, acentuadas para el contoneo, siempre procurando un escote en la espalda y un peinado interesante, o más bien atrayente. Así es como la describiría en pocas palabras, era la mujer, una buena mujer. No obstante, como todo en este universo tiene un “pero” extravagante que para varios no resultará relevante: coprolalia (cacolalia en el sistema del latín). Así es que, salir al bar con ella era emular un paseo por las cantinas, andar en las plazas, una caminata por el arrabal, divertirse en el antro, la estancia frenética en tugurios distópicos. Cuando ella pronunciaba su nombre éste era antecedido por blasfemias y secundado por imprecaciones, cada oración que externaba estaba acompañada por un coctel de vituperios; por eso dejó de litigar e intercambió los jurados por el servicio de gestoría en dependencias públicas, ahí por lo menos era menos probable que los clientes se sintieran agredidos, pues sus contrapartes al brindar el servicio parecían estar diagnosticadas con la misma patología, aunque no fuese de tal modo. Se supo que entre sus más allegados le apodaban La Perra, naturalmente que a ella no le parecía tal mote y si en su estado normal profería cuanta grosería existiese, en un estado anímico exaltado causado por tal alias, era apodícticamente una bestia a la cual habría que traducirle las palabras a un lenguaje menos agresivo o adornado, y así entender la idea principal que estuviese planteando. Hizo lo que estaba en sus posibilidades para deshacerse de la coprolalia que la acompañaba desde la infancia, pero su boca era la caja de Pandora en la comunicación y tuvo insignificantes progresos. Finalmente, harta La Perra hizo de su enfermedad una bendición maldecida, pues ahora se dedica a escribir novelas a lado de un caricaturista de nombre Andréi, juntos editan las páginas de Anfibología en donde los personajes son insolencias y los diálogos dibujos. Aunque hay pocos iniciados a este tipo de lectura, en unos cuantos años habrá hartos lectores.
Rosario La Perra, de la que se nos habla en el texto anterior, tiene que afrontar una patología poco usual pero real, de suerte que ahora supo canalizar este problema en otras vías, pues, aunque se oiga de lo más común hablar con “madres”, nunca dejará de ser este tipo de comunicación un estilo tabú o a veces vetado. Por ejemplo, escuchamos tantos cantantes que le incluyen una grosería a sus letras para verse cool o con mente abierta, pero no debería de ser, pues todo es lenguaje. Sin embargo, que exista la patología coprolalia, ya nos dice que es una “enfermedad” el abuso de expresiones ampulosas. Podríamos seguir el tema de las execraciones y el lenguaje, pero nos atañe plantear el hartazgo de Rosario. En primer punto, entendemos por uso que la palabra hartar indica algo que es mucho y fastidioso a la vez; asimismo, se emplea harto o harta con el sentido de saciar o llegar al límite algo: échale hartas ganas; estoy harto, dormiré hasta hartarme; son ejemplos de ello. Como segundo punto, habremos de notar que el uso de este verbo transitivo (hartar) no es sinónimo de desgana, como tampoco lo es de saciedad (se sugieren mejor: mucho, demasiado, bastante), pues hartar es propio del sentido alimentos, de ahí la expresión coloquial: harta la perra, que en un ejercicio de anfibología y fonética (figura retórica, que provoca diversidad de sentidos) puede entenderse como: harta a la perra; harta, la perra; hártala perra; harta “la Perra”. Aunque, según el dicho popular esta expresión que encabeza el presente texto hace referencia a que se le nutra o alimente bien al cuerpo, refiriéndose a “la perra” como el hambre. Y sin duda los dichos son sabios, pues ciertamente fue la voz griega αρτος (artos)> hartos> harto: pan, alimento; la que dio origen a la palabra hartar, así es que tenemos que el sentido de hartar o hartazgo denota la idea de comer, pues fue a partir de esa idea por la que se suscita. Quiero hartarme, es equivalente a querer llenarse de alimento, y no a tener hartos lectores como los tendrá Rosario La Perra o hartarse de leer esta sección.





