david pérez
Los «señoros» del futbol mexicano siguen haciendo de las suyas. La eliminación del descenso en la Liga MX no ocurrió en una conferencia solemne ni en un comunicado de transparencia. Ocurrió en cámara lenta, entre los acuerdos de los dueños, los silencios institucionales y las reformas que, una a una, fueron desactivando la posibilidad de perder. Primero se suspendió el descenso en 2020. Luego se sustituyó por multas. Ahora, incluso esas multas desaparecen.
La asamblea de «señoros» no es un chiste mal contado o una simple fotografía del «Club de Toby» es un mapa de grupos económicos concretos. Emilio Azcárraga Jean (Grupo Televisa, con Club América), Ricardo Salinas Pliego (Grupo Salinas, TV Azteca; hasta hace poco con Mazatlán y Atlas), Jesús Martínez (Grupo Pachuca, con Pachuca y León), Alejandro Irarragorri (Grupo Orlegi, Santos y Atlas en su momento), Carlos Hank González (Grupo Financiero Banorte, vinculado a Toluca), Mauricio Culebro (Sinergia Deportiva–CEMEX, con Tigres), Amaury Vergara (Grupo Omnilife, con Chivas) y Jorgealberto Hank (Grupo Caliente, con Tijuana), entre otros. No es menor, cuando estos intereses se sientan a decidir el formato de la liga, no sólo organizan un torneo, están delimitando quién puede competir, bajo qué condiciones y con qué horizonte.
Y eso, más que futbol, es gobernanza económica.
Porque el futbol —antes de ser un espectáculo— fue un relato. Un relato profundamente popular donde la promesa era sencilla, si haces las cosas «bien», subes, si las haces «mal», bajas. Esa lógica no sólo ordenaba la competencia, aportaba también formas de sentido. Era una metáfora imperfecta, pero significativa, de movilidad. Hoy esa metáfora no tiene cabida en el futbol profesional en México.
Cuando se elimina el descenso, no sólo se elimina un mecanismo deportivo. Se redefine quién tiene derecho a competir. El mensaje ya no es meritocrático, no importa el desempeño, importa pertenecer al grupo correcto. Y ese mensaje, aunque se produzca en una liga de futbol, tiene efectos más allá de la cancha.
Esa dinámica se percibe y se incorpora a la vida diaria vía el entrenamiento, aunque no siempre se le nombre. La épica deportiva se diluye y quizá también la ilusión de esa épica en la vida. Ya no hay equipos que irrumpen, ya no hay historias que pongan en peligro al orden establecido. El club deja de representar una comunidad para convertirse en una franquicia que administra activos. La lógica cambia, de competir para ganar a operar para sostener el valor económico.
Se argumenta que es por estabilidad. Que el mercado lo exige. Que así funcionan las grandes ligas. Pero esa narrativa es incompleta. Lo que se consolida es un sistema cerrado donde el acceso no se gana, se negocia. Donde la pertenencia vale más que el rendimiento. Donde el riesgo, ese elemento que hace del deporte algo dinámico, se elimina en nombre de la rentabilidad.
No es un fenómeno aislado. Es coherente con una forma de entender el poder, de concentrarlo, de administrarlo y de blindarlo. Un grupo reducido decide quién participa y bajo qué condiciones. Y lo hace no sólo organizando el juego, sino definiendo sus reglas de entrada. Es una forma más de exclusión estructural que se normaliza.
La pregunta ya no es si el mérito deportivo volverá algún día. La pregunta es otra: ¿qué tipo de futbol —y por extensión, qué tipo de sociedad— estamos aceptando cuando el mérito deja de ser el criterio? Parece que otro modelo de futbol, por ahora, no es posible.
@davidperezglobal





