Luis Ricardo Guerrero Romero

No hubiera pensado en salir esa noche, pero había en mi aquella extraña necesidad de libar entre humo de cigarros, música, personas extrañas, personas desconocidas, personas impersonales, personas por las cuales nunca me jugaría la vida; nunca las involucraría en mi historia de vida, nunca quisiera verlas otra vez. Por qué, para qué, de qué me sería vital encontrarlas. Es la vida el eventual desmotivo de nuestra nada. Sin embargo, salí, mis pasos me condujeron al “Cachis” comenzaba “la hora feliz”, —¡vaya atino de la mercadotecnia de los bares! —, la hora feliz, esa que hace sentir que sabes administrar tu bolsillo, esa que amalgama de lejos la verdad. Allí estaba casualmente solo, acompañado, pero solo. No, no lo digo con desanimo, me gusta estar así, con mi mismidad, es todo lo que necesito para conducirme de un lado a otro, aun sin salir de casa, me basto yo y mis locuras, me es suficiente mis ejes y mis carretas mentales, de tanto andar conmigo me he llegado agradar. Es así, como reconozco que el diablo también es hijo de Dios.

En el “Cachis” te ponen canciones para hablar con la vida mientras ésta va muriendo, pero ya lo dijo el trovador: “yo no sé qué es la libertad, pero soy el que la provoca”. No me gustan los halagos porque ya son un supeditarse, ya son un no conducir-sé. Vine aquí otra vez, porque no sé cuándo vuelva, por eso estoy aquí, lo mismo que puedo estar allá. Es mi identidad, conducir sin coche, navegar sin nave, andar sin pies. El porvenir es un apócrifo futuro.

Aunque es muy temprano para hablar de alcohol, bares y vicios, asimismo es muy temprano para hablar de arrojo, existencia, y voluntad; parece que para el hombre siempre es temprano, pero también siempre es ya muy tarde, siempre hay un hubiera, un estúpido, pero, un quizás y un tal vez. Aunque hay algo que nos salva: la palabra. En el relato anterior leemos como un tipo se conduce, se guía, se dirige al “Cachis”, su lugar existencial. Ahora veremos, divagaremos sobre la conducción.

Habremos de notar que hay la acepción de la física, donde se sabe que una materia es conductora de ciertas energías o combustibles, luego tenemos la conducir como el ir y venir; la sangre se conduce en las venas. Conduje, condujiste, condujo, condujimos, condujisteis, condujeron. Conducir es ir. Desde el latín: duco, sacar hacia, hacer seguir, llevar, tomar consigo. Dux – ducis: la guía, el director. Eso somos cada uno desde que nacemos y hasta la próxima muerte —pues lo más próximo que tenemos es morir—, somos directores, docentes y conductores de nuestra incipiente vida… Conducir es pues un verbo que se compuso. Desde el cum (con); y el ducis (guiar). Guiar junto con. ¿Junto a quién? Habrá que encontrarse para conducir-sé.

l.ricardogromero@gmail.com

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