José Cueli

¿Dónde quedó el toreo brujo a punto de muerte, el de citar con el medio pecho, en la perpendicular de la testuz del toro y parar, templar y mandar, y una vez dominado el toro, matarlo a volapié? En el dolor de las coplas se escapó el aliento que fue el último. El de citar cruzado y repetir el cruce, cada pase, en medio de los pitones, traerse al toro embarcado en la curva del pase natural, templado, muy templado, debido al mando que obliga al toro a doblar la esquina y luego recrearse el toreo en el juego de las formas y colores.

Toreo doloroso que tejía un misterio del ritmo curvo y desapareció dando paso a nuevo toreo –a toros inválidos, pastueños, sin casta, sin trapío– fuera de cacho, con el pico en la muleta, a pitón contrario, el viaje marcado hacia fuera enmendando el terreno, repetido hasta el insomnio. ¿Dónde quedó el toreo eterno al que se le han puesto crespones de muerte? Cuatro toritos negros se lo llevaron al matadero, para preservarlo del desmoder actual.

¿Volverá de la antesala de la muerte –el toreo– que rompe y desgarra con ayes, lamentos y olés, que retumban en la pirámide monumental? ¿Volverá el día que llegue un torerito a quien se le vaya la vida en torear y le quite los lazos negros que ahora lleva el crespón y vuelva a dibujar en el centro del redondel la curva de la verónica o el pase natural?

Por el día de la taurinidad, este día lunes salió a torear Morante de la Puebla, torero esencialmente artista. Toreo poético, pero cimentado en una torería más allá de la inestabilidad de cuanto es sólo sugestión emotiva o dominio técnico. Al acento lánguido, acariciador con ritmo de canción, reúne para mayor sensación de suavidad, señoril desmayo. La concepción y el logro majestuoso, la composición enérgica de esculturas toreras. Y lo más importante, la seguridad arquitectural de sus lances a la verónica, que alumbraron la noche en la corrida de aniversario y que fueron al mismo tiempo minucioso detallismo, sutileza refinada de un orfebre.

En el toreo de Morante de la Puebla hay clasismo, luz y color, en que envolvió y acarició al toro en el lance fundamental del toreo: la verónica, que desaparece de los redondeles al igual que la suerte de varas. En su torear a la verónica, que desaparece de los redondeles al igual que la suerte de varas. En su torear a la verónica el aire se veía, se palpaba en los vuelos del capote y, sin embargo, no deformaba la estructura de ningún elemento. Vibración enloquecedora que le permitió con dos o tres lances y una faena como la que realizó, mostrar a las figuras que llegan y se van lo que es lo clásico en el toreo: lo bien hecho, lo perfecto, complementado de sensibilidad, riqueza emocional y gracia torera. Eso sí, su clasicismo se perdió a la hora de realizar la suerte suprema al igual que a sus compañeros de terna.

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