Luis Ricardo Guerrero Romero
Me dispuse a cerrar esa puerta por última vez. No era una puerta cualquiera: crujía con la memoria de todos los deseos que alguna vez la habían atravesado. Al empujarla, sentí una leve resistencia, como si del otro lado alguien —o algo— aún quisiera salir. Entonces comprendí que no era la madera la que se oponía, sino mi propio apetito, ese impulso invisible que, desde siempre, me ha lanzado hacia lo que aún no poseo.
La palabra: “apetito” no es efímera, es un deseo constante en todo ser vivo. Proviene del latín appetitus (ad-petere), sustantivo que a su vez nace de la unión de dos fuerzas antiguas: ad y petere. La primera, ad, indica dirección: hacia dónde se inclina el cuerpo, la mente o el alma. No se trata sólo de un movimiento físico; es también una orientación afectiva, una inclinación del ser que señala un “hacia”. La segunda, petere, es más intensa: significa dirigirse a algo con la voluntad de alcanzarlo, pedirlo, incluso desearlo con cierta urgencia. No es un gesto pasivo, sino una aspiración cargada de intención.
Así, el apetito es, etimológicamente, un movimiento del alma hacia aquello que anhela. No es simplemente hambre —aunque en su forma más primaria se manifieste como tal—, sino una tensión constante entre lo que somos y lo que nos falta. Es una flecha invisible que nos habita.
La filosofía, siempre atenta a estos movimientos interiores, no ha sido ajena a esta noción. Ya Aristóteles indicó que el apetito (orexis) constituye una de las potencias fundamentales del alma: como aquello que impulsa al ser humano hacia el bien que percibe, ya sea sensible o racional. No hay acción sin apetito, pues incluso la razón necesita de ese impulso que la movilice. Más tarde, en Tomás de Aquino, aludió al concepto en dos dimensiones: el “apetito sensible”, ligado a los sentidos y las pasiones, y el “apetito intelectual” o voluntad, orientado hacia el bien entendido como verdad. Así, el apetito deja de ser mera inclinación corporal para convertirse en estructura misma del obrar humano.
Pero no todos los filósofos lo contemplaron con benevolencia. Thomas Hobbes vio en el apetito una fuerza que, sin regulación, conduce a la competencia y al conflicto: el deseo perpetuo de poder tras poder. Mientras que, Baruch Spinoza lo identificó con el conatus, ese esfuerzo esencial por perseverar en el ser, donde el apetito no es defecto, sino afirmación de la existencia. Quien no apetece, no degusta.
Cuando niños, crecimos experimentando que el apetito era una señal del cuerpo, una especie de alarma biológica. Pero hoy adultos también apetecemos palabras, silencios, cuerpos, conocimiento, sentidos de la vida. En cada caso, el mecanismo es el mismo: algo en nosotros se inclina (ad) hacia aquello que imagina como plenitud (petere).
Cerrar la puerta fue, en realidad, un gesto simbólico. No se trataba de renunciar al deseo, sino de reconocerlo. Porque el apetito no desaparece al negarlo; se transforma, se desplaza, se reinventa. Es, en última instancia, una de las formas más puras de nuestra condición humana: estar siempre en camino hacia algo más.




