Renata Terrazas*
La crisis ambiental y la completa vulneración de nuestro derecho a un medio ambiente sano evidencia no sólo la incompetencia de los gobiernos y la ignorancia de la población de la megalópolis mexicana, sino también una profunda falta de información sobre las causas de la contaminación del aire así como de la eficacia de los programas implementados por diversas administraciones de las ciudades que conforman esta megaurbe.
Desde el lunes de esta semana quienes vivimos en la Ciudad de México y zonas conurbadas, hemos respirado una mezcla de oxígeno y agentes contaminantes, dañinos para la salud. La contingencia ambiental nos sitúa en una posición de altísima vulnerabilidad en cuanto a enfermedades respiratorias, siendo los más afectados los niños pequeños y adultos mayores. Es decir, estamos hablando de dos derechos fundamentales en riesgo por la contaminación ambiental.
El Estado mexicano está obligado a asegurar ambos derechos y a tomar las medidas necesarias para su garantía. Los estados nacionales violan derechos no sólo por acción sino por omisión; en el caso de la contaminación de la zona metropolitana, observamos a un Estado omiso y negligente.
La negligencia de los gobiernos es claramente visible cuando el diseño de soluciones para la reducción de la contaminación no han venido acompañadas de estudios que den cuenta de sus causas.
La necesidad de información no sólo se reduce a la de la sociedad respecto a las acciones de sus gobiernos, también se refiere a la que los tomadores de decisiones requieren para atender de manera adecuada los problemas públicos.
El programa hoy no circula se lleva implementando en México por varios años, y parte de la hipótesis de que es el automóvil el principal contaminante del aire. Más allá de la carencia de información que permita comprobar esta hipótesis, los gobiernos han sido omisos en la evaluación de este programa. De igual forma, no se han creado medidas para reducir la contaminación por parte de la industria o de los transportes de carga y pasajeros.
Hoy nos estamos enfrentando a una gravísima problemática que pone en riesgo la vida de las personas y las priva del ejercicio de derechos fundamentales. Lo peor, nos enfrentamos a este problema con huecos en la información que nos impiden entender la problemática desde una perspectiva más amplia y permiten la creación de soluciones a corto plazo.
Carecer de evaluaciones del programa que pretende reducir las emisiones, no contar con información sobre las causas de la contaminación de manera desagregada, una falta de supervisión en la implementación de la reducción de contaminantes, entre tantas cosas llevan a que las discusiones actuales se enfrasquen en señalar gobernantes o marcos normativos responsables, y a tratar de idear soluciones desde la improvisación y el análisis unidimensional.
¿Cómo pretendemos solucionar problemas públicos cuando carecemos de la información que dé cuenta de las causas del problema y de la su gravedad?
La exigencia en este momento, más allá de presionar para que se realicen soluciones ad hoc, debe ser por la atención del problema con seriedad. Exigir la generación de información que nos permita identificar causantes de la contaminación de manera desagregada y con ello priorizar el foco de atención; exigir evaluaciones sobre los programas de las ciudades de la zona metropolitana para identificar si estos han logrado sus objetivos; contrastar la inversión de los gobiernos en la construcción de vialidades versus la creación de transporte público –e identificar qué clase de transporte público es el que menos contamina–; medir las áreas verdes e identificar si estas son suficientes, etcétera.
Comenzar a dibujar soluciones sin entender la problemática nos llevará al fracaso, ya sea que se opte por tapizar las calles de ciclovías, limitar el uso del automóvil o recuperar calles para convertirlas en parques. A primera vista suena bonito, sin embargo eso no es suficiente, hay que primero saber si atiende a las causas y si la probabilidad de éxito es alta.
La solución debe ser integral y debe contemplar, también, la tremenda problemática del hacinamiento en una ciudad donde los habitantes se resisten a dejar sus automóviles o a mudarse de ciudad ya que el centralismo impone a la Ciudad de México como el epicentro de la vida cultural, económica y política del país.
* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación




