david pérez

En conferencia de prensa, a Efraín Juárez le preguntan por la presión previa a las eliminatorias. Su respuesta fue contundente: «la presión es estar en Gaza y no saber si vas a vivir o morir». El video de unos segundos con la respuesta aislada se hace viral. En México, algunos lo leen como comparación desafortunada; fuera, muchos lo reciben como un gesto de humanidad que pone al mundo el balón en su sitio.

El video hace que cambie la narrativa sobre Efraín Juárez porque queda claro que la frase fue respuesta directa a la pregunta por su continuidad y los resultados. Fuera con esa intención o no, la respuesta del canterano de Pumas inició un contraataque, de alcances internacionales, que permite analizar la narrativa de la presión en el mundo del futbol profesional.

La periodista hispano-marroquí Leyla Hamed —quien recauda fondos para la familia del exseleccionado palestino Suleiman al-Obeid, asesinado en Gaza— republica el video y escribe: «¡Al exjugador y entrenador mexicano Efraín Juárez se le preguntó sobre la presión antes de las eliminatorias. Su respuesta fue: «La presión es estar en Gaza y no saber si vivirás o morirás». Así es como usas tu plataforma, con humanidad sin importar el contexto»». Esta publicación ayuda a que las palabras den la vuelta al mundo.

Escribo —siguiendo la estela marcada por Efraín Juárez— contra la épica inflada de la «presión» que la industria repite para vender dramatismo. Cuando un entrenador dice «la presión es estar en Gaza…», independientemente de su intención al decirlo, lo que hace no es minimizar su trabajo, reubica el eje ético. El show debe su intensidad a la comparación con la vida, no al revés.

Hubo críticas locales por la «exageración comparativa», pero la recepción transnacional subrayó la humanidad del gesto. La diferencia no es semántica, es de encuadre. La industria del futbol enseña a hablar de «presión» como si el lunes laboral fuera trinchera.

Ese contraste importa porque el periodismo deportivo —y su ecosistema de conferencias, titulares y promos— lleva años sobredimensionando la palabra «presión» para convertir cada fecha en épica rentable. Llamar «presión» al resultado de un espectáculo millonario encarece el producto pero abarata el mundo, confunde lo que está en juego para un cuerpo técnico con lo que está en juego para una comunidad sitiada.

La frase de Juárez perfora ese guion, no magnifica el futbol, lo pone a escala humana, y al mismo tiempo, el propio entrenador recuerda a la prensa que él ocupa una posición de privilegio.

Para calibrar esa escala, conviene nombrar a quien está detrás del símbolo. Suleiman al-Obeid no es un recurso retórico. Fue un delantero reverenciado que murió alcanzado por un proyectil mientras hacía fila para ayuda humanitaria, de acuerdo con reportes de Reuters y la Asociación Palestina de Futbol. Cuando la UEFA lo homenajeó sin explicar cómo murió, Mohamed Salah cuestionó la omisión. El punto no es propaganda, es decir la verdad sobre lo que duele. Ese es exactamente el vector al que remite Juárez cuando responde qué es, de veras, presión.

Quienes objetan la comparación recuerdan —con razón— que cualquier analogía corre el riesgo de usar el dolor ajeno como decorado. Por eso es clave distinguir qué función tiene la frase aquí, para no convertir Gaza en slogan para cubrir un mal resultado. La respuesta desinfla la épica de vestidor y descentra al propio entrenador. Señala que el dramatismo deportivo es, al final, una narrativa comercial —útil para vender la industria—, y que el dramatismo real tiene nombres.

El efecto pedagógico de una intervención así es doble. Hacia adentro, obliga a los medios a revisar el diccionario, no todo es «presión», hay «exigencia», «urgencia», «responsabilidad». Reservar «presión» para contextos en los que la vida y la integridad están en juego mejora el lenguaje y mejora la empatía. Hacia afuera, traza un puente con iniciativas —como las que impulsa Hamed para la familia de al-Obeid— y recuerda que la función social del deporte no se agota en la cancha.

La reacción internacional sugiere, además, que la audiencia no es cínica por defecto. Cuando una figura pública devuelve proporción, el mensaje circula. Que haya molestias locales indica otro problema, hemos naturalizado la épica vacía. Si cada rueda de prensa necesita sangre metafórica para vender el siguiente partido, corremos el riesgo de insensibilizarnos ante la sangre real.

Algunas objeciones

— «La comparación es frívola y usa el dolor ajeno». Puede serlo, sobre todo cuando el nombre propio se usa como decorado. Aquí la frase reconoce que el futbol en esas condiciones es un privilegio.

— «El futbol también es trabajo y duele perder». Nadie niega la exigencia, se niega la hipérbole que convierte resultados en tragedias. La madurez de las audiencias frente a este tipo de periodismo, consiste en distinguir «drama deportivo» de catástrofe humana.

— «Se politiza el juego». El juego siempre es político cuando hay cámaras, himnos, contratos y audiencias. Lo que molesta aquí no es la política, sino qué política entra al discurso, la que descentra al espectáculo, la que nos recuerda una herida histórica.

Cuanto más la industria dramatiza el entretenimiento, más insensible se vuelve al dolor real y más cínica se puede convertir su audiencia. Al final, el futbol vuelve a su frase más lúcida: «de todas las cosas que no importan en la vida el futbol es la más importante».

La frase condensa la función del deporte como espectáculo, importa porque nos convoca, nos educa, nos consuela; y por supuesto que no importa cuando la medida es la vida o la muerte. Por eso la respuesta de Efraín Juárez, pese a las molestias, ordena la escala, primero las personas y después el negocio.

IG @davidperezglobal

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