María del Pilar Torres Anguiano

“¿Qué es el amor a la patria? ¿Es el odio a la no-patria?
Entonces no es una buena cosa.”
Úrsula K Le Guin

“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista”
Albert Camus

Estéticas impecables, música épica, piel chinita y referencias a los paisajes, la historia y el orgullo del país. Estos videos están activando un resorte psicológico y cultural tan antiguo como la civilización misma. Nos están invitando a ponernos la armadura de la tribu. Irremediable apología de la guerra. Los hemos visto estos días. Imágenes impecables. Música épica. Paisajes reconocibles. Sucesión de símbolos cuidadosamente elegidos porque el medio es el mensaje.

En uno aparecen los Beatles como guardianes espirituales de Inglaterra. En otro, la monarquía noruega como metáfora de continuidad histórica. A España la presenta Felipe VI, dando paso a una sucesión de imágenes y gente, pero en la que solo los blancos tienen voz. Qatar aprovecha la belleza del desierto; Escocia, su alegría por regresar; Uruguay, sus paisajes urbanos; Argentina, su innegable fuerza; Senegal, su mitología; Panamá, su proyecto; México, que recurre al llamado de una voz conocida y a un buen texto, para recordarnos que, sin querer queriendo seguimos siendo una bonita vecindad, la más famosa del continente, la que se levanta cuando cae.

Y así sigue el desfile virtual de naciones. Los videos son distintos, pero el mecanismo es el mismo. Todos memorables, todos emotivos, a todos les di like.

Cada nación escoge cuidadosamente los objetos sagrados de su altar cultural y los exhibe ante el mundo. La música, la comida, los paisajes, los héroes nacionales, los monumentos, las glorias deportivas y las heridas históricas se convierten en piezas de un relato cuidadosamente editado. El resultado: orgullo, emoción y una sensación difícil de describir, como si durante unos segundos dejáramos de ser individuos aislados para convertirnos en parte de algo más grande. No es casualidad.

Un indiscutible llamado a colocarnos la armadura de la tribu. No hay nada malo en ello. Necesitamos historias compartidas, símbolos comunes y espacios de pertenencia; sabernos parte de una comunidad que existía antes de nosotros y que continuará cuando ya no estemos. El problema comienza cuando olvidamos que las otras tribus también tienen sus historias. El problema es que casi siempre caemos en uno de mis epónimos favoritos: el chovinismo.

Según una tradición popular francesa, Nicolas Chauvin, era un veterano de guerra que sentía admiración incondicional por Napoleón, a pesar de haber sido herido diecisiete veces en combate, de haber quedado mutilado y recibir una pensión miserable. Con el tiempo, su nombre pasó a satirizar a la lealtad absurda y ciega. Así, el chovinismo no es un elogio al heroísmo, sino una burla a la miopía ideológica que, si trasladada a términos futboleros ya imaginamos el resultado.

La distinción es importante: Amar lo propio es una cosa. Creer que lo propio es superior a todo lo demás es otra muy distinta. Quizá por eso el futbol resulta tan fascinante para quienes intentamos comprender un poco la naturaleza humana. Pocas actividades revelan con tanta claridad nuestra necesidad de pertenencia.

El futbol, como las antiguas tribus, ofrece símbolos, rituales, colores, e identidad compartida. Irremediable alegoría de la guerra y las tensiones políticas y, además, una de las formas que la civilización inventó para sobrellevarlas.

Puede perderse la mitad del territorio, pero ganarles un partido a los gringos; o perder la Guerra de las Malvinas, pero eliminar a los ingleses del mundial. En lugar de invadir al vecino, competimos. Nos permite sentir la fuerza de la tribu sin pagar el precio literal de la batalla. Sin embargo, la misma emoción que puede unir también puede deformar nuestra mirada.

El problema no aparece cuando celebramos a nuestros símbolos, sino cuando pensamos que los demás valen menos que los nuestros y la identidad deja de ser un hogar y se convierte en una trinchera; la cual, por cierto, los algoritmos digitales convierten en un negocio extraordinariamente rentable. En casa ya casi llenamos el álbum y me compré mi playera, a meses sin intereses.

Los videos nacionalistas funcionan porque nos muestran exactamente lo que queremos ver sobre nosotros mismos. Y eso sesgo puede ser inofensivo o peligroso, dependiendo de lo que hagamos después. Es bueno si fortalece nuestros lazos culturales, nos recuerdan nuestra historia o nos permiten celebrar aquello que amamos de nuestro país. Es peligroso cuando el orgullo se convierte en jerarquía o la pertenencia se convierte en superioridad. No importa quien seamos, siempre hay alguien a quien ese sesgo puede percibir como “inferior”. Más vale tener un ojo abierto mientras nos colocamos la armadura de la tribu.

Podemos (debemos) mentarle madre a la FIFA, a sus dirigentes, federaciones y patrocinadores; y a los políticos que se cuelgan del momento. Pero también recorrer los videos de las distintas selecciones y descubrir cómo cada país se narra a sí mismo. ¿Qué importan los lugares comunes? Y es que más que campañas publicitarias, son espejos culturales. Pero eso sí, como dicen los clásicos: la pelota no se mancha.

Creo que el verdadero desafío no es tener identidad, sino recordar que los otros también la tienen. Y que el futbol, el juego más hermoso del mundo, solo existe porque siempre hay alguien al otro lado de la cancha.

X: @vasconceliana

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