Ricardo Bravo

Una cosa es leer reportes que muestran la desilusión en el país y en el mundo con la democracia, y otra es escuchar a la gente a tu alrededor aceptando que se les quite completo control de las decisiones sociales, siempre que se logren algunos objetivos deseables. En los últimos meses, la discusión pública ha estado marcada por la presencia de una multimanoseada soberanía. Más allá de la discusión en detalle del caso en turno, el del exgobernador Rocha Moya, me interesa la reacción de una parte de la población ante la posible injerencia ilegal estadunidense. Lo que quiero discutir es la presente disposición a intercambiar la autodeterminación social por otro objetivo deseable. Este tema va más allá de las discusiones sobre la soberanía nacional, pues toca también la idea de la democracia.

Pensemos en dos casos que seguro les resuenan:

  • Un país extranjero desenmascara a una camarilla gubernamental, en otro país, por supuestos vínculos con el crimen organizado. Barajea la posibilidad de una intervención armada.
  • Un país con una larga historia de violencia pandilleril logra reducir la violencia de manera radical mediante encarcelamientos masivos, sin procesos judiciales, tras imponer un estado de excepción perpetuo.

Una posible reacción ante ambos escenarios es cuestionar su veracidad: ¿Están probados los vínculos en el caso 1? ¿Tiene facultades el país extranjero para intervenir en el otro país? ¿Qué datos se utilizan en el caso 2 para evaluar la reducción de la violencia? Todos esos cuestionamientos son válidos. Pero, por ahora, dejémoslo de lado y simplemente aceptemos, no creo que sea muy controvertido, que la reducción de la violencia y el desenmascaramiento de un grupo de gobierno inmiscuido en el crimen organizado son ambos deseables para la sociedad. Parece, entonces, que tenemos los elementos necesarios para aplaudir en los dos casos: ¡Nos cargamos a los criminales y a los políticos corruptos! Grita nuestra sed de venganza.

Es comprensible, la sociedad mexicana está harta de la violencia y la corrupción. Llevamos añales en estos lares. La reacción de una parte de la población es entonces: ¡Desháganse de todos, cueste lo que cueste! Y sí, los casos que utilizamos como ejemplo son exactamente eso: soberanía, ¿cuál? Democracia, ¿para qué? La pregunta que yo me hago es precisamente, ¿por qué? ¿Por qué estamos tan dispuestos a sacrificar la autodeterminación social que subyace a esos dos valores? Sin lugar a dudas, hay muchos factores que explican la posición. Uno de ellos es el ya mencionado hartazgo. Son ya muchos años de “el que no tranza no avanza” y de “plata o plomo”. Vemos pasar gobiernos multicolores y la gente de a pie no nota cambios en los resultados.

Después está el desencanto generalizado, global, con la democracia. Las democracias representativas liberales no acaban con la precariedad y la concentración de la riqueza sigue creciendo. Grandes partes de la población no se sienten representadas por sus instituciones políticas; no ven reflejadas sus voces en las decisiones; los políticos y la gente parecen pertenecer a razas diferentes. Si de cualquier manera no se me toma en cuenta en las decisiones sociales, ¿por qué no apoyar a un dictador “virtuoso” que guíe nuestro camino? ¿Por qué no clamar por un poder externo “benevolente” que venga a limpiar nuestra casa?

Nótese que esta actitud es similar a la de quienes acuden al psicólogo para hacer una petición explícita al especialista: “¿Qué debo hacer en esta u otra situación?” O peor, “¿Qué crees que deba hacer con mi vida?” Incluso si sabemos que el psicólogo es un ser sabio y virtuoso, que no cometerá los errores garrafales que yo cometo, espero que compartan la intuición de que darle las llaves de mi vida es ridículo. Es ridículo porque la autodeterminación personal tiene valor en sí misma. Creemos que YO soy la persona que debe tomar las decisiones, buenas o malas, de MI vida. Mis decisiones son un espejo mío y tengo derecho a un espacio para tomarlas; ese espacio es la expresión social de que soy una persona que merece el respeto como tomadora de decisiones.

¿Funciona la analogía? Estoy seguro de que no habré convencido a algunos. Creo, el escepticismo vendrá de la evaluación de nuestras instituciones políticas. La democracia representativa se siente muy lejos. Sí, voto, pero mi voz se diluye en el océano de las instituciones. En otras palabras: “Le dé el control al psicólogo o no, ¡las decisiones no las tomo yo!” Imaginen entonces que tengo unos padres represivos, que aun a mis 30 años me fuerzan a escoger lo que creen mejor para mí. Tengo dos opciones: uno, acudir al psicólogo y pedirle que tome por mí las decisiones de mi vida porque confío más en él que en mis padres; dos, encarar a mis padres represivos. Yo, y solo yo, tengo voz en lo que se hace en mi vida.

Me parece que el último hipotético ejemplifica bien nuestra disyuntiva. Una parte de la población está dispuesta a ceder el control al psicólogo porque está harta de las malas decisiones que los padres represivos toman en su lugar. Esta es, sin embargo, la salida fácil. Los casos del psicólogo, así como la disposición a ceder en la autodeterminación social, evidencian nuestro miedo a la responsabilidad. Responsabilidad de hacernos cargo de nuestras vidas. Es cierto que nuestras instituciones democráticas dificultan nuestra participación política (piensen, por ejemplo, en la dificultad de formar un partido político), pero la reacción ante esa dificultad estructural es pedir, es demandar, es organizarse políticamente. Que nuestra voz se vea reflejada en nuestras instituciones políticas es tarea nuestra; tenemos que encarar a los padres represivos.

Esto, porque la autodeterminación social tiene valor en sí misma: porque es la expresión de que somos una sociedad a la que se le debe respetar su capacidad como tomadora de decisiones. Pero también, porque tiene valor como medio para otro fin. Se han puesto a pensar, ¿cómo asegurar que el dictador “virtuoso” o el poder externo “benevolente” tome las decisiones con nuestros intereses en mente? ¿Darle el poder total a alguien más es la mejor manera de avanzar nuestros intereses? No, no lo creo. Podría parecer que Donald comparte nuestro interés en acabar con los narcopolíticos. Los invito a dar seguimiento al indulto otorgado al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, para evitar confusiones.

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