
Pilar Torres Anguiano
“Una novedad pretenciosa es a menudo un retroceso
disfrazado de reforma”
Francis Bacon
Pues sí, influencers: el voto de cada persona vale lo mismo. Se llama democracia y tiene más o menos 25 siglos de edad. Sin embargo, cada cierto tiempo, desde alguna zona de la derecha nostálgica y trasnochada, aparecen ocurrencias que siguen sin entenderlo. La más reciente propone sustituir el voto universal e individual por el llamado “voto por familia”.
No hace falta ponerse solemnes. La idea no merece un seminario jurídico ni una comisión de expertos. Su sola formulación revela una nostalgia tan vieja que casi da risa, si no fuera porque viene disfrazada de propuesta política novedosa o incluso humanista. Falacia de novedad, que le llaman.
Proponer que una familia vote como una sola entidad equivale a desempolvar la figura del paterfamilias. Ya saben, el jefe del hogar que, en la Antigua Roma, ejercía la patria potestas. Los demás miembros de la casa no eran plenamente sujetos; eran prolongaciones de la voluntad del padre. La democracia evolucionó, precisamente, para romper con esa lógica. El ciudadano dejó de ser un apéndice de su familia, de su estamento o de su señor para convertirse en una conciencia política con derechos propios. El voto individual no es un capricho burocrático; es la manera más simple de decir que cada persona cuenta por sí misma. La ocurrencia contemporánea pondría en peligro, entre muchas otras cosas, el voto de la mujer.
Resulta curioso que haya que recordar algo tan elemental. Platón no era precisamente un entusiasta de la democracia. Desconfiaba de las mayorías y soñaba con una ciudad gobernada por los mejores. Sin embargo, incluso él habría levantado una ceja ante esta ocurrencia. En La República, cada alma responde por sí misma de acuerdo con su virtud; no por su apellido, ni por su sangre, ni por el linaje al que pertenece. Uno supondría que nadie propondría seriamente devolver la personalidad política del ciudadano al jefe del hogar (o jefa, da igual), pero así las cosas…
Obligar a una familia a emitir un solo voto supone imaginar que el hogar es una comunidad perfectamente armónica, donde todos piensan igual y nadie discrepa. Como si se tratara de elegir a dónde vamos a desayunar el domingo… oh, esperen.
No es un voto por familia. Es un voto por quien manda en la familia. Y en un país donde seguimos intentando desmontar inercias patriarcales y combatir la violencia intrafamiliar, la ocurrencia adquiere un tono todavía más pintoresco, en el mejor de los casos.
La historia de Occidente, en cambio, puede leerse como la inacabable conquista de una idea simple: que cada ser humano vale por sí mismo.
Así, la propuesta gringa, panista (o más bien de algún gringo y de algún panista, para ser exactos) del voto por familia no representa una innovación conservadora ni una idea profunda. Representa, más bien, una ocurrencia pretenciosa: el intento de sustituir al ciudadano por el clan, a la conciencia por la obediencia y a la igualdad política por la autoridad doméstica… con 25 siglos de retraso.
Ahí les van otra serie de cosas que tienen más o menos la misma edad que el voto individual en la democracia, y que nadie pondría en duda… El teorema de Pitágoras, el Juramento Hipocrático, la estructura narrativa del teatro, la gramática o los silogismos; pero mejor no les damos ideas.
X: @vasconceliana







