Daniel López Aguilar
Gregorio Calzada quería que por fin lo miraran. Creyó hallar su oportunidad en un viacrucis popular: aspiró al papel de Cristo y acabó otra vez de romano. Las miradas llegaron, pero no como esperaba. Una multitud lo golpeó.
Juan Carlos Sáenz interpreta a Gregorio Calzada, conocido como Goyo, en Romano: Carne de mi carne. Escrito y dirigido por Diego Montero, el unipersonal que se presenta los fines de semana en la sala CCB Nancy Cárdenas, del Centro Cultural del Bosque.
El actor convoca a más de 20 familiares, habitantes de su comunidad y figuras de autoridad. Cada presencia nace de una huella, lejos de un catálogo de imitaciones. “Más que personajes, para Gregorio son recuerdos, heridas, afectos y voces que lo han ido construyendo”, señaló Sáenz en entrevista con La Jornada.
Al evocarlas, modifica la voz, el cuerpo y la respiración. “Finalmente, no vemos exactamente quiénes fueron; vemos cómo viven todavía dentro de su cabeza”.
El relato avanza ante reporteros locales que desean saber cómo fue atacado por una muchedumbre. Sus preguntas lo llevan mucho más allá de aquel episodio. Para Montero era importante que el personaje “se sintiera escuchado”. Veía al periodista como alguien capaz de recoger y compartir el testimonio de un sobreviviente. Pensó en historias que unas veces se cuentan desde el morbo y otras adquieren dimensiones heroicas.
Goyo intenta explicarse, no despertar compasión. Cuando llega a sus momentos más dolorosos, suele eludirlos con bromas, minimizarlos o volverlos anécdota. Sáenz procura no indicar al público qué debe sentir. “Mi trabajo no es subrayar su dolor ni pedir al espectador que se conmueva. La herida ya está en lo que cuenta”.
Tampoco narra su vida con intención de hacer reír. “Creo que el límite está en que Gregorio no sabe que es gracioso”, añadió el actor. No busca “un remate” ni persigue la risa. El humor nace de cómo Goyo mira el mundo y enfrenta ciertas cosas.
Según Sáenz, quizá Goyo necesita convencerse de que lo terrible quedó atrás y que ahora está bien. Resta importancia a sus pérdidas, antepone un “creo” a sus recuerdos, hace una broma o cambia de tema antes de admitir cuánto lo han marcado.
La obra nació de “Santo es el Señor”, cuento de Pterocles Arenarius, que Sáenz compartió con el dramaturgo. El original se concentraba en la agresión. Al llevarlo a teatro, Montero dio antecedentes y mayor complejidad al personaje.
Durante casi 10 meses de escritura, el autor revisó cuándo hablaba Goyo y cuándo se imponía la voz del director; en esos casos, retiraba el contenido del libreto.
Montero buscó mostrarlo “como un ciudadano más”. Campesino, albañil, aprendiz de carnicero y después dueño de un pequeño negocio, Goyo creció en la pobreza, con un padre violento, una madre que decidió irse ante las agresiones del esposo y una abuela que asumió su crianza. También cuidó no exotizarlo ni revictimizarlo.
La pieza aborda desde ese entorno la construcción de la masculinidad y la necesidad de reconocimiento. Su aspiración no se limita a sobrevivir: desea sobresalir y dejar de permanecer a la sombra de los demás.
El reparto del viacrucis revela la medida de esa búsqueda. Goyo recibe el papel del único soldado romano con parlamento y lo considera valioso pese a su carácter secundario. “Es un personaje que se siente derrotado”, sostuvo Montero, y esas líneas le abren “un espacio y un lugar para ser visto”.
El dramaturgo eligió el oficio de carnicero a partir de una experiencia anterior. Mientras realizaba grabaciones para otro montaje en un mercado, llamaron su atención los golpes contra la carne y el cuchillo al rebanar bisteces. Cuando comenzó a escribir, recuperó aquel paisaje sonoro. “El hilo conductor tiene que ver con la sangre, con el golpe, con la violencia, con la hostilidad, con la religión”.
La agresión sufrida durante aquella representación fue apenas el último episodio de un daño mucho más antiguo. “Su viacrucis no comenzó el día que lo golpeó la multitud. Él mismo dice que empezó a los 12 años”, concluyó el actor.
Romano: Carne de mi carne, creación de Travesía Teatro y Córvido Teatro, producida por Miguel Romero, ofrece funciones en la sala CCB Nancy Cárdenas (Reforma y Campo Marte) los jueves y viernes a las 20 horas, y sábados a las 19 y domingos a las 18. Los boletos cuestan 80 pesos; los jueves, 45 pesos. La temporada concluirá el 27 de septiembre.







