Luis Ricardo Guerrero Romero
Podemos, por ejemplo −dijo con voz animada y esperanzadora−, jugar escaleras y serpientes al estiló sufí, o como se conoce antiguamente: shatranj irfani. Por aquí tengo guardada una tabla del juego, aunque somos cuatro, podemos dividir los turnos para hacerlo en parejas. Incrementaremos el desafío no sólo apostando unas monedas, sino que, cada vez que alguna se alce en la virtud, o sea con la escalera, recibirá un elogio, y cada vez que una caiga en el vicio, es decir en la serpiente, habremos de decirle sus errores. −Aunque conservaba mis dudas sobre la propuesta de Nubia, mis amigas y yo decidimos jugar, pero en el fondo sabíamos que un juego de apuestas entre chicas es bueno, pero un juego de apuestas más sinceridad desnuda ante lo bueno y malo de cada una, no resultaría satisfactorio−.
Así que comenzamos, era una tabla rara con inscripciones poco entendibles, y a diferencia del occidental juego homólogo, éste no tenía las ilustraciones a las cuales estaba habituada. Fui la primera en caer, a la primera que le llovieron dinamitas, las resistí con temple, lo que me alentaba era subir por la escalera y escuchar que también tengo aspectos positivos en mi vida. Era verano, un verano pandémico, que nos hizo dejar los antros y el cine, las reuniones multitudinarias y el alcohol a cascadas. Era el inicio estival del año, y la inauguración de una amistad lacerada por el resto de nuestra historia. Le llegó el turno a la especialista Cartica (la uróloga del grupo), ya su nombre “teibolero” anticipaba el ataque de las diplomáticas áreas de oportunidad. Luego de escuchar lo malo que pensábamos de ella, abandonó el juego, la casa, la amistad. Hay gente que no tolera saber que es una puta sin paga. Incómodas casi abandonábamos el juego, pero como faltaba Nubia de ser cruelmente criticada, el orgullo nos empujó a continuar.
La anfitriona se puso de pie, y antes de tirar al azar, nos desafió inyectándonos pentotal, todas médicas con ética laboral, pero con ganas de distraernos en nuestro día de descanso fuimos presas y presidiarias del “suero de la verdad”. Nos convertimos el resto del juego en las Erinias del 2020. Así reinicio nuestra estival amistad, heridas por la verdad, sin contagios de Covid-19, pero vulnerables moralmente.
Todos sabemos que los profesionales de la salud a quien tanto debemos en este siglo son personas tan comunes. Se embriagan, cogen licenciosamente, se especializan cada día, se molestan, tienen desatinos y juegan, porque la vida es así, y ellos sin dados arrojan un diagnóstico a cada casilla, a cada persona. Pues el relato anterior además de reflejarnos lo sensible que es la humanidad cuando se turna al azar, también como en otras ocasiones nos da para divagar sobre una palabra: estival.
Estival tiene que ver con una mujer ecuánime, como lo son las médicas del relato al estar jugando, pues según la mitología Hestia (Εστια) es la diosa del hogar, la virgen del Olimpo. A ella le debemos antiquísimamente el calor de una familia. Pasiva siempre, pero activa el fuego de una familia, un calor veraniego cada día. Lo estival, ya sin nuestra /h/, es lo caluroso, lo que además de todo ayuda a la generación de los frutos, que antiguamente fueron la paga de los trabajadores, así por ejemplo, esta misma voz y nombre helénico dieron vida al famoso estipendio (paga dada a la milicia en verano) el latín lo indica como stimpendium, mientras que en el griego lo encontramos como εστιασις [estiasis] o sea, la comida, el festín que en verano luego de una paga mayor congregaba a la familia en el fuego del hogar y en un verano estival, así, al calor del amor se convidara el pan y la sal, y como le sucedió a las médicas del relato, reinaugurar otro tipo de amistad luego de sacar lo peor y mejor de cada persona.
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